Gregorio Cervantes Mejía
Desconozco cómo fue que empezó todo. Sé que había libros en casa, que mi padre tuvo el buen tino de adquirirlos antes de que yo empezara incluso a caminar. Así se convirtieron en parte del entorno doméstico desde el inicio.
Y se les tenía respeto. Antes incluso de poder leerlos, sabía ya que necesitaban cuidados, que no debía maltratarlos ni dejarlos tirados en cualquier parte, sabía de la importancia de sacudirlos cada tanto.
No fue literatura con lo que mi padre inició la biblioteca familiar, sino enciclopedias. Primero, un Pequeño Larousse Ilustrado, que se convirtió con los años en mi primera ventana al mundo exterior, mi primera base de datos. Después, una colección de diez o doce volúmenes monográficos de Time-Life, de gran formato y en pasta dura, con muy buenas ilustraciones. Mis intereses científicos, sin duda, surgieron de esas lecturas.
Debí esperar varios años para tener un contacto más consciente con la literatura. Porque a lo largo de mi vida escolar, esa palabra evocaba el contenido de unos cursos terriblemente aburridos e incomprensibles.
Más afín, durante mi infancia y mi adolescencia, a las ciencias (para las cuales tenía bastante facilidad), me resultaba difícil encontrar alguna utilidad práctica —y por tanto interés— en los cursos donde la gramática y el análisis literario se confundían al extremo de extirparnos el interés por ellos.
La lectura (ahora sí puedo usar esa palabra) fue siempre una acción más bien doméstica, ejercida en el ámbito familiar, en esa pequeña casa de dos habitaciones y un patio inmenso donde transcurrió buena parte de mi infancia, donde junto con mis hermanos inventábamos nuestros propios juegos, extraídos muchas veces de nuestras lecturas.
Así llené de garabatos las macetas de mi tía Raquel tratando de emular las pinturas rupestres que yo había visto en los volúmenes de la enciclopedia citada atrás. O armaba cascos y escudos de cartón para reconstruir, junto con mis hermanos, la Ilíada o las Guerras Médicas.
Grecia y Roma, ahora lo recuerdo, me fueron regaladas en esas lecturas infantiles y no en los cursos de historia, donde todo se reducía a un fárrago de datos, nombres y fechas.
Tal vez no leí demasiados títulos en esos años. Mi padre llegó a adquirir para nosotros adaptaciones infantiles de Stevenson, Verne, Dumas. Así pude asomarme a La isla del tesoro, Viaje al centro de la tierra y Los tres mosqueteros.
Más tarde, una novela de ciencia-ficción de Glen Larson, Battlestar. Cuando años más tarde me asomé a la serie de televisión, resulté decepcionado: mis recuerdos del libro eran mucho más vívidos y ricos que lo ofrecido en pantalla. Con el tiempo aprendí que se trataba de dos lenguajes distintos.
A esos títulos se sumaban los fragmentos rescatados en los libros de texto, ignorados casi siempre en clase porque los profesores se centraban en los ejercicios de gramática, comprensión de lectura, ortografía, etcétera.
Gracias a esos fragmentos, leídos al margen de las exigencias escolares, empecé a llenarme la cabeza de historias. Y ahí también fue donde también tuve mi primer contacto real con la literatura.
Nunca puse atención a quién o quiénes eran los autores de los textos; eso no importaba tanto como lo que contenían: las andanzas de los personajes, los mundos donde transcurría la historia, el sonido de las palabras. Aún ahora recuerdo con claridad las imágenes que aquellos textos me producían.
Años más tarde, reparé en que durante mis años escolares había leído y releído, sin darme cuenta, a Kafka, García Márquez, María Elena Walsh, Rafael Alberti, Amado Nervo, Ray Bradbury, Homero, Dante, Quiroga, Cervantes, además de las obras anónimas (Las mil y una noches, El cantar del Mío Cid, el Popol Vuh, El Lazarillo de Tormes, el Mahabharatta…).
No sabía de quiénes se trataba, ignoraba por completo el aura gloriosa que rodea tanto a los autores como a sus obras. Pero me hacían soñar con tortugas gigantes que salvaban hombres en la selva, con extrañas cruzas de gatos y corderos, con gotas de lluvia aferradas al marco de una ventana, con alienígenas viviendo en casas de cristal, con gitanos arrastrando enormes imanes por las calles de un pueblo perdido, con un hombre barbudo y enjuto que perdió una mano peleando contra los turcos…
Sí, mi mundo ha sido rico y maravilloso desde entonces. No soy un lector erudito. Ni siquiera puedo decir que sea sistemático. Creo que, más bien, sigo leyendo de la misma manera en que lo hacía ese niño que a los cinco años empezó a hojear los libros comprados por su padre. No entendía aún su contenido, no era consciente de su importancia, pero estaba sorprendido de que todo eso se encontrara ahí, en un rincón de su casa, formando parte de su mundo cotidiano.
Porque la lectura, para mí, ha sido siempre eso: la posibilidad de estar codo a codo con Héctor para defender juntos a Troya con escudos de cartón.









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