Ivonne Vira
Hace días me encontrado una convocatoria. El tema parece ser simple, pero yo encuentro una amenaza: Escribir una carta a un escritor del pasado. Mi librero está lleno de autores contemporáneos, personas que sigo en las redes sociales y a quienes leo. No siempre tienen algo que decir, y eso también, está bien.
Ellos, a los que llaman autores del pasado, se me imaginan seres rígidos, expuestos en una vitrina con una clara nota: Admírese y tema. Prefiero sólo pensar en el asunto de las cartas; he de confesarlo, siempre he querido mandar cartas a alguien. A quien sea.
Hace años conocí, quizás como el resto del mundo, a un amigo en internet. Ambos teníamos doce años y nos encantaba hablar sin fin de nuestro mal sino amoroso. También hablábamos de otras cosas, pero en ese tiempo se nos daba bien sufrir y lo hacíamos con el rigor necesario. Nunca intentamos ser parte de una obra de teatro, pero estoy casi segura que de haberlo intentado lo hubiésemos hecho de maravilla.
Al principio escribíamos correos electrónicos breves. Nos poníamos al día de cómo iban las cosas en la escuela, si fulana lo vio y sólo le sonrió o si yo, por fin, le sonreí a fulano y le hablé. Visto a la distancia éramos súper cursis. El mundo se nos venía encima en un instante y por cualquier cosa.
Con el paso del tiempo los correos comenzaron a ser cada vez más largos. Se presentaron grandes dudas, grandes confesiones. Había un vínculo que ninguno de los dos habíamos podido establecer con nadie más.
Extrañé demasiado cuando nuestros horarios coincidieron y podíamos hablar. La bandeja de entrada dejó de estar llena de nuestros correos. Hubo periodos de silencio. Días que creíamos que no había nada que decir y era mejor no escribir ni un hola.
Yo nunca había sido consejera y mucho menos había pensado en contar todos, o la mayoría, de mis secretos. Quizás la distancia fue el mejor de los aliados.
Cada vez que uno de los dos sale o no puede hacer una actividad por no tener un aliado nos lamentamos; entonces nos escribimos: Hoy estaba en la calle y tuve ganas de gritar una tontería, pero estaba solo y no puede decir nada. Me hubiera gustado que estuvieras aquí.
En el momento lo lamentamos, sufrimos lo necesario. Pero después de haberlo pensado mucho confirmamos que la distancia está bien. Que nuestra amistad se ha mantenido por eso, por los grandes huecos, por los días de silencios. Ambos sabemos lo que es ir perdiendo amigos, pero nosotros aún nos buscamos, nos reímos de la simpleza de nuestras quejas.
Quizás no escriba cartas. Quizás nunca reciba una postal. Quizás nunca compre estampillas ni escriba la dirección de alguien en un sobre, pero sí tengo un amigo con el que intercambio palabras de alivio, dolor e inquietud. Tengo un cómplice que no conoce mi voz, pero sabe reconocer cuáles son mis frases favoritas.
No quiero escribirle a un autor del pasado, porque no obtendré respuesta. Prefiero reservar esas palabras para alguien que conoce mis días, alguien que elegirá las suyas para contarme lo que sea.









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