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Espuma de los días, Opinión 0

Esa dama cantante de blues

· abril 8, 2015

Jesús Bonilla Fernández

 

La voz del jazz, la extraordinaria Billie Holiday, recordaba en alguna ocasión lo que muchas veces le dijeron: que nadie cantaba como ella la palabra hambre y la palabra amor. Es cierto, pensé en su tiempo y lo hago ahora que se cumplen cien años del nacimiento de Eleanora Fagan Gough, mejor conocida como Billie Holiday o Lady Day. Ella decía: “Tal vez yo recuerde lo que quieren decir esas palabras.”

El saxofonista Lester Young y ella estaban arruinados, como siempre sucedía con los jazzistas de aquella mágica y oscura época, cuando conocieron a Norman Granz, entonces un joven andrajoso con quien hablaban, soñaban y compartían su dinero para comer. Eran los tiempos en que Billie cambió una canción por un vestido de trecientos dólares para regalar a la entonces principiante Sarah Vaughan, quien cantaba en la orquesta de Billie Ekstine. Comenta la hambrienta y amorosa Lady Day: “en cuanto se lo puso tuvo aspecto de alguien que llegaría. Y llegó, lo que me puso muy contenta”.

Estas referencias quizá vengan al caso porque en mi particular conmemoración del nacimiento de Billie Holiday, desempolvando lugares y encuentros, escucho otra vez —obseso yo, confieso— el Duke Ellington song book one, si no el mejor, uno de los más llamativos discos grabados por la Vaughan, producido por Norman Granz en 1980 para la firma Pablo, construida por él posteriormente a sus fructíferas producciones para Verve Jazz, empresa que consideramos imprescindible los adictos al jazz. La referencia, sin embargo, no la hago sólo por ello. Uno de mis momentos extáticos escuchando a Billie Holiday es cuando interpreta “Solitude”, la triste pieza de Ellington, De Lange y Mills, que el primero aseguró haber compuesto en menos de veinte minutos. Es obvio, para aclarar un poco más el asunto que me ocupa, que no es únicamente el hecho de que la Vaughan incluyera “Solitude” en el disco mencionado el motivo de mi relato, sino que interpretara también esa canción de manera magistral, como la misma Lady Day lo hizo. Es decir, para explicarme, las dos cantantes hacen sentir pequeños, si comparamos, los esfuerzos de multitud de intérpretes, pongamos por caso a Johnny Mathis o a Ernestine Anderson, entre muchos otros.

Sarah Vaughan fue considerada por la crítica como alguien excepcional. De hecho, si la voz de Billie era comparada en el jazz sólo con la de Louis Armstrong, no faltaba quien hablara de la “posible excepción” de la Vaughan. El estilo de esta última se encuentra ligado al bebop de Charlie Parker y Dizzy Gillespie, con quienes trabajó en la década de los cuarenta del siglo pasado. Por otra parte, es difícil concebir el sentimiento (feeling) de Billie Holiday junto a la intelectualidad de la música de Ellington, de la misma manera que es extraño escuchar el vibrato de Sarah Vaughan y su fraseo bebop con la sofisticación de la misma música. De cualquier manera, aunque quizá no con la misma animosidad de Ella Fitzgerald, ellas cantaron sus canciones con éxito evidente.

En lo particular, me abstengo de elección posible, hablando en palabras de amor, al comparar las dos versiones de “Solitude” o las de “Sophisticated Lady”. Estoy seguro, o casi, que la versión que Lady Day hace de “Do nothing till you her from me”, que desconozco con la Vaughan, es insuperable, lo mismo que “I didn’t know about you”, de la que ignoro si Billie hiciera grabación. Asimismo, me abstengo entre los músicos que las acompañaron, por ejemplo, Teddy Wilson u Oscar Peterson, Harry Edison o Waymon Reed, Bud Johnson o Frank Wess.

Mi actitud podría parecer salomónica, pero no lo es. Sucede que el jazz es algo vivo y no hay mejor forma de saberlo que escuchando a estas dos extraordinarias mujeres, aunque ella estén muertas. Ahora sobre todo, en este aniversario, a Billie Holiday.

Canciones de amor eran las de Duke Ellington, baladas. Voces de amor de las mujeres negras. ¿Qué otra cosa podrían hacer? “Una música así —escribió hace muchos años Blaise Cendrards— no es sólo una nueva forma de arte, sino una nueva razón de vivir.” A mi entender, aún ahora, el Song book one de Sarah Vaughan es una muy lograda muestra de su arte. Pero Billie Holiday encanta, cautiva, su hambre y su amor son tan grandiosos como el humo azul de su cigarrillo o la gardenia que adornaba su cabello.

¿Qué más puedo decir de la dama? ¿Que su voz es de azúcar y melaza, como dijo Ralph J. Gleason? ¿Qué es tensa y vibrante, como dijo Philip Larkin? Desde la primera vez que la escuché me enamoré de su tono y, con el tiempo, gracias a esas maravillosas portadas de los long plays —producidos muchos por Norman Granz—, de su silueta, de su indócil cabello atado en una coleta, de su ya mentado humo azul, de su tristeza, de su sensualidad, su sexualidad, su animalidad. En su voz hay jazz, y hay blues efectivamente, y gozo su música, la cual para mí no tiene nada que ver con la biografía de Billie Holiday, con la niña violada, con la adicta a la heroína de voz cascada, con la mujer traicionada por los hombres malditos, sino con esa alegría indecible que subyace en las desventuras que nos narra esa voz, ese blues, esa neurosis que decía Lennie Tristano.

 

Alcoholes

Los verdaderos conquistadores son los que saben hacer leyes. Su poderío es estable; los otros son torrentes que pasan. Voltaire

 

Una idea que no sea peligrosa no merece llamarse idea. Oscar Wilde

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