Karel Kosik
El conflicto entre “un gran intelectual checo del siglo XV y el concilio” al que me referí en el congreso de los escritores checos de 1967 es una situación paradigmática que, en diversas variantes, se repite una y otra vez en la historia. La cuestión consiste en cómo se comporta el individuo en este conflicto: si retrocede y se rinde o si lo arriesga todo, incluidos el puesto que desempeña, las responsabilidades que ejerce y hasta la vida. El escritor Milan Uhde me echó más tarde en cara, amistosamente, que había exagerado en exceso el conflicto, pero en lo esencial estábamos entonces de acuerdo: la conciencia y la decencia no son elementos adicionales de la existencia humana sino principios constitutivos de la misma. Quien no los posee y además carece de sentido del humor se empobrece y mutila su humanidad.
La filosofía es incompatible con cualquier ideología. Mientras el ideólogo está preso de las opiniones, las frases y los eslóganes sin atreverse él someterlos a la crítica, el pensamiento se pregunta qué es lo que en realidad está ocurriendo, qué es lo que revelan sobre la situación las consignas del momento, la jerga, el argot. La lengua es insobornable y nadie consigue avasallarla y ponerla al servicio de sus propios fines. En la primavera de 1968 puse de manifiesto que los gobernantes en realidad no sabían lo que estaban diciendo sobre sí mismos en sus intervenciones y sus discursos, que su idioma los denunciaba y los traicionaba. ¿Qué revelaría sobre la época actual un análisis del idioma de los políticos de hoy, democráticamente elegidos, y un análisis del idioma de los medios de comunicación?
En agosto de 1968, el doctor Frantisek Kriegel se negó a firmar la rendición de Moscú. Su heroico gesto tiene un significado perdurable, equiparable al del valeroso combate de Max Brod en favor del reconocimiento de la música de Janacek y la obra de Hasek. La admiración de Max Brod por la cultura checa no era una ocurrencia del momento sino una componente duradera de su vida, como él mismo subraya: “Durante largos años me he ocupado de los protagonistas y las corrientes espirituales de la cultura checa que me siguen subyugando hasta el día de hoy.”*
Yo no me dedico a hacer pronósticos, simplemente intento describir la esencia de la época moderna y llego a la conclusión de que la profunda crisis de nuestros días no puede ser superada con arreglos ni reformas parciales de ningún tipo: requiere una transformación fundamental capaz de definir de una manera nueva la relación del hombre con todo lo que es: con la naturaleza, con la historia, con el tiempo y también consigo mismo. Grandes pensadores del siglo XX como Martin Heidegger, Emmanuel Levinas y en su libro más reciente también Jacques Derrida advierten del peligro mortal que amenaza a toda la humanidad si el hombre no se libera de su actitud agresiva y explotadora hacia la realidad. Pero ¿quién se toma en serio este peligro en nuestro país? Y ¿quién tiene el coraje de reír en público de las repetidas canciones de cuna sobre el mañana feliz al que esta vez nos acercamos portando las banderas del mercado, señor omnipotente y omnisciente, del dinero y de la arrogancia del lucro?
1993
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* En una carta desde Tel Aviv del 30 de marzo de 1963, Max Brod puntualiza: “Su libro Ceshá rodihální demokracie (La democracia radical checa, Praga, 1958) me ha interesado sobremanera ya que trata de los mismos seres humanos, opiniones y tendencias intelectuales de los que me he ocupado durante años y me siguen cautivando. […] En mi libro Streitbares Leberi (Una vida dispuesta a dar batalla) va a encontrar mis recuerdos de Kafka, Werfel, Hasek, Masaryk, Janacek, Praga, etcétera.”









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