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¿Es el Nuevo Periodismo realmente nuevo?

· mayo 19, 2018

Tom Wolfe

Ésta por lo general no es más que una pregunta retórica que se contesta: Claro que no. Nunca he visto a nadie que esperase una respuesta. De todas formas, intentaré proporcionar una:

La pregunta se parece mucho a la pregunta que los eruditos se plantearon una vez acerca de si se puede decir o no que la novela realista tiene su origen en el siglo XVIII con Richardson y Fielding (o Defoe, Richardson y Fielding). Existen varias demostraciones convincentes de su deuda para con Cervantes, Rabelais, el román francés, The Unfortunate Traveller de Thomas Nashe, e incluso con una serie de novelistas poco conocidos tales como Thomas Deloney, Francis Kirkman, Mary de la Rivière Manley y Eliza Haywood. Aun así, en cuanto se lee a estos prenovelistas, se puede apreciar que sencillamente no han hecho lo que Richardson y Fielding hicieron. No han reflejado personajes, lenguaje, ambiente y costumbre con un realismo detallado y “cotidiano”. Igualmente en el caso del Nuevo Periodismo. La persona que pregunta si el Nuevo Periodismo es realmente nuevo suele dar nombres de escritores que a su juicio ya lo hicieron todo años atrás, décadas atrás, incluso siglos atrás. La debida inspección descubre que estos escritores acostumbran a pertenecer a una de esas cuatro categorías: 1) no escribían no-ficción en absoluto —como en el caso de Defoe; y de Addison y Steel en los “Sir Roger de Coverley Papers”—; 2) eran ensayistas tradicionales, que apenas recogían material “vivo” y empleaban pocas, si es que lo hacían, de las técnicas del Nuevo Periodismo: tales como Murray Kempton, I. F. Stone, y Baldwin, en el caso frecuentemente citado de The Fire Next Time; 3) autobiógrafos; 4) Caballeros Literatos con un Asiento en la Tribuna. Las dos últimas categorías merecen alguna ampliación:

AUTOBIOGRAFÍA. La palabra “autobiografía” data de fines del siglo XVII. Es la única forma de no-ficción que ha tenido siempre en mayor grado los poderes de la novela. El problema técnico del punto de vista está resuelto desde el principio, porque el auto-biógrafo presenta cada escena desde el mismo punto de vista, id est, el suyo propio. En las mejores autobiografías esto funciona perfectamente, porque el protagonista —el propio autor— se hallaba en el centro de la acción. No ha actuado como un reportero; ha vivido sencillamente su historia y presumiblemente la conoce al detalle; al autobiógrafo, por convención, se le permite presentar diálogos del pasado con extenso detalle sobre la base de que estaba allí y puede recordarlo. La línea va desde las Confesions of an English Opium-Eater de De Quincey hasta Life on the Mississippi de Mark Twain, Hommage to Catalonia de Orwell, o Manchild in the Promised Land de Claude Brown, y como forma permanece hoy tan poderosa como lo fue siempre.

Muchos reporteros que practican el Nuevo Periodismo emplean un marco autobiográfico —“Yo estaba allí y así es como influyó en mí”— precisamente porque esto parece resolver tantos problemas técnicos. El Nuevo Periodismo se ha definido muchas veces como un “periodismo subjetivo” por esa precisa razón; verbigracia, Richard Schickel, en Commentary, lo definió como “una fórmula en la cual se entiende que el escritor se mantiene en todo momento en primer término”. El caso es que la mayoría de los mejores logros en la materia se han conseguido con narración en tercera persona, en la que el autor se mantiene completamente invisible, tales como las obras de Capote, Talese, el Breslin de la primera época, Sack, John Gregory Dunne, Joe McGinniss.

A finales de los sesenta la noción de “subjetividad” reapareció de otro modo muy distinto. El término de Nuevo Periodismo empezó a ser confundido con el “periodismo de tendencia”. Con el auge de la Nueva Izquierda se empezaron a ver con mayor frecuencia periodistas de la especie más pasada de moda técnicamente, como Jack Newfield de The Village Voice, que se titulaban a sí mismos Nuevos Periodistas. Creo que la atracción residía en la palabra nuevo. “Si soy un periodista de la Nueva Izquierda… entonces tengo que ser un Nuevo Periodista.” Por fortuna esta fase parece ya superada; hasta Newfield ha abandonado la posición. Pero creo que cuando terminó de veras fue la tercera vez que Newfield se agrupó a sí mismo con Jimmy Breslin como Nosotros Dos Nuevos Periodistas. Esto debe de haberle hecho temblar las carnes a Breslin.

LOS CABALLEROS LITERATOS CON UN ASIENTO EN LA TRIBUNA. Éste es un anciano y honorable tipo de ensayista cuyo trabajo difiere del Nuevo Periodismo en la cuestión crucial de cómo recoge su información. Por lo general no trabaja lo bastante de cerca, ni del modo adecuado, como para emplear los procedimientos en los que se basa el nuevo género.

William Hazlitt es citado con frecuencia como “alguien que estaba practicando vuestro ‘nuevo’ periodismo hace 150 años”, y la Prueba Número Uno es su famoso trabajo “The Fight”, concerniente a un combate de boxeo sin guantes entre Bill Neates y el Hombre del Gas. Lo que se encuentra en este artículo son unos cuantos pasajes gráficos sobre los golpes que se intercambiaron, las muecas del rostro de los boxeadores, etcétera… y eso es todo. No hay nada que no hubiese podido observar fácilmente (aunque tal vez no tan bien descrito) cualquier otro Caballero en la Tribuna, o entre la gente al lado del ring en este caso. Estoy convencido de que Hazlitt debió de sentirse demasiado caballero, o demasiado tímido, para acercarse más al tema, lo que le habría permitido meter al lector no simplemente dentro del ring, sino dentro del punto de vista de los propios boxeadores, que es como decir dentro de sus vidas… a base de seguirles a lo largo de su entrenamiento, de ir a sus casas, de hablar con sus hijos, sus mujeres, sus amigos, como hizo, por ejemplo, Gay Talese en un artículo sobre Floyd Patterson.

Algún estudioso emprendedor podría escribir una bonita monografía sobre el tema de “El Código del Caballero del Siglo XVII tal como se ha Conservado en los Mundos Literarios de Inglaterra y los Estados Unidos”. La hipótesis sería la de que la experiencia del literato como (en sentido completamente literal) huésped personal de la aristocracia en el siglo XVII ha creado ciertas actitudes sociales con relación al comportamiento literario, y que estas actitudes han permanecido hasta la actualidad, se han conservado a través de revoluciones, guerras, depresiones, bohemias, pantalones acampanados y camisetas cortas, y convulsiones de todas clases, de modo que un cierto protocolo social sigue aún en activo.

La tradición caballeresca en la no-ficción se resume en la frase “el ensayo refinado”. Utilizar las piernas, “escarbar”, recoger material, sobre todo el que se airea en los vestuarios de caballeros, está… bueno, por debajo de la dignidad de uno. Coloca al escritor en una postura tan embarazosa… No sólo ha de introducirse en la mayordomía de las personas sobre las que escribe, se convierte también en un esclavo de sus horarios. Recoger ese material puede ser tedioso, embrollado, sucio físicamente, fastidioso, peligroso incluso. Pero lo peor de todo, desde el punto de vista caballeresco, es la continua postura de humillación. El reportero parte sobre la base de hacer suposiciones acerca de la intimidad de alguien, formulando preguntas a las que no tiene derecho de esperar respuesta… y apenas se ha rebajado a este extremo se ha convertido en un pedigüeño que levanta su tapa, que espera información o que algo ocurra, que confía en ser tolerado el tiempo suficiente para conseguir lo que necesita, que adapta su personalidad a la situación, que es obsequioso, complaciente, encantador, cualquier cosa que parezca exigírsele, que soporta sarcasmos, insultos, hasta violencias ocasionales en el eterno afán por “la noticia”… Un comportamiento que se acerca al servilismo e incluso a la mezquindad.

El Caballero Literato en la Tribuna ni hace suposiciones ni mendiga; ni, en muchos casos, saca siquiera el cuenco del mendigo, que es la agenda. Asume una postura caballeresca en la tribuna… igual que muchos de los novelistas que escribieron no-ficción dotada de “conciencia social” en los años treinta (exempli gratia, “The Anacostia Fíats”, de John Dos Passos). Raras veces emplean punto de vista o diálogo como no sea del modo más superficial. En su mayor parte proporcionan “descripción gráfica” más sentimiento. La descripción que hace D. H. Lawrence de una danza de la serpiente de los indios hopi en Nuevo México es poco más que eso, a pesar de la iniciativa mostrada al trasladarse allí en primer lugar. Resulta evidente que consideraba lo que estaba haciendo como una forma secundaria de literatura y no recurrió a ninguno de los sofisticados procedimientos que hubiera empleado en una escena de alguno de sus relatos.

Tras todo el entusiasmo con que vi recibir a los críticos Let Us Now Praise Famous Men, de James Agee —un libro sobre las pobres gentes de los Apalaches durante la Depresión—, su lectura significó una gran decepción. Agee demostró un espíritu bastante emprendedor, al ir a las montañas y vivir por corto tiempo con una familia de montañeses. Leyendo entre líneas, yo diría que su problema fue una extrema timidez personal. Su relación abunda en descripciones “poéticas” y es muy parca en diálogo. No emplea otro punto de vista que el suyo propio. Leyendo entre líneas se obtiene la imagen de un hombre cultivado y extremadamente retraído… demasiado cortés, demasiado tímido para hacerle preguntas a esas gentes humildes o siquiera inducirles a hablar. Hasta la obra de Mailer peca de ese mismo curioso defecto, la misma repugnancia a sacar el cuaderno de notas y franquear la línea refinada y atravesar las puertas donde pone Prohibido el Paso. Hay muy poco tanto en Miami and the Siege of Chicago y Of a Fire in the Moon que no pudiese haber observado cualquier otro Caballero Literato en la Tribuna. Tal vez el más retraído de todos haya sido Murray Kempton. Kempton nunca ha sido capaz de bajarse de la tribuna. Sigue ahí arriba hasta el momento, tejiendo su fantástica imitación de los Ensayos Británicos en la que reinan pasmosas y elegantes tautologías tales como “La señora Jessie McNab Dennis, conservadora adjunta del Departamento de Artes Europeas Occidentales, asistió a la audiencia en calidad de observadora, ya que no sólo sus sentimientos hacia el plan sino su expresión de los mismos no eran del grado de docilidad que su Director consideraría provechoso en un testigo.”

CANDIDATOS NO DEL TODO MALOS. A pesar de esto, se puede retroceder en la historia de la literatura y hallar ejemplos de no-ficción escritos por reporteros, y no autobiógrafos o caballeros literatos en la tribuna, que muestran muchas características del Nuevo Periodismo. Para empezar, Boswell. Una cosa que me gusta de Boswell es la forma con que intentó realmente empujar a Johnson a situaciones de las que podía dar parte, conseguir el diálogo, ridiculizar las costumbres; como la vez que engañó a Johnson haciéndole ir a cenar a casa de su enemigo literario, John Wilkes. … Sketches by Boz de Dickens; descripciones de las rondas cotidianas de típicas siluetas londinenses, acreedores, alguaciles, cocheros, etc., escritas para el Morning Chronicle y otros periódicos, una fórmula que emplean muy a menudo Nuevos Periodistas de hoy… London Labour and the London Poor, de Henry Mayhew, notable fundamentalmente por el interés, de Mayhew en descubrir a las clases más bajas del East End londinense y por la habilidad con que captó su lenguaje… Innocents Abroad, de Mark Twain; al contrario de la autobiográfica Life in the Mississippi, en este caso adoptó la actitud de un reportero dispuesto a recoger escenas y diálogos… El curioso libro de Chejov Un viaje a Sajalín; el gran dramaturgo y autor de cuentos..James Boswell (1740-1795), abogado y escritor, autor de una famosa biografía de Samuel Johnson (1791).

De navío…. Down and Out in Paris and London, de Orwell, un caso en el cual, si no me equivoco, Orwell pasó por la experiencia expresamente para escribir sobre ella (id est, se la planteó como reportero)… La escuela de “reportaje” de los años treinta, que se centró en la revista New Masses; teóricos tales como Joseph North tenían en mente un pero buena parte de su trabajo degeneró en propaganda de no muy elaborada especie; me divierte que North se quejara de que los profesionales literarios tacharan el nuevo periodismo de sus chicos de “forma bastarda”… Algo (pero no mucho) de los “reportajes” de Hemingway por la misma época… Varios de los artículos de John Hersey a comienzos de los años cuarenta, tales como un apunte titulado “Joe ya está ahora en casa” (Life, 3 julio 1944); aquí empezamos a encontrarnos ya con el antecedente directo del Nuevo Periodismo de nuestros días… Hiroshima, de Hersey; muy novelístico, llenó un número entero de The New Yorker en 1946, influyó de modo considerable en otros escritores de la revista, tales como Truman Capote y Lillian Ross… El perfil de Capote sobre Marión Brando y su relación del viaje de intercambio cultural norteamericano a Rusia de una compañía; el perfil de A. J. Liebling de un viejo columnista del National Enquirer titulado “Colonel Stingo”; el famoso destripamiento de Ernest Hemingway llevado visita, en la cúspide de su fama, una colonia penal en una isla de la costa rusa del Pacífico con el fin de poner al descubierto sus condiciones de vida; desigual, didáctico, lleno de disquisiciones y estadísticas, pero incluye algunas escenas notables (en especial “Los cerdos”)… Los bosquejos de Stephen Crane sobre el Bowery para Press de Nueva York; en su mayor parte “descripciones gráficas”, no obstante, y muy poca penetración de las vidas de sus personajes; simples ejercicios de calentamiento para novelas… Diez días que sacudieron el mundo, de John Reed; algunos fragmentos en cualquier caso, en especial la escena donde los proletarios desafían la autoridad del oficial nuevo periodismo tan compacto como al que me he estado refiriendo, a cabo por Lillian Ross (“¿Cómo lo quieren ahora, caballeros?”)… Varios colaboradores de True, en particular Al Stump, autor de una extraordinaria crónica sobre los últimos días de Ty Cobb… (Y, tal como John F. Szwed y Carol Anne Parssinen, de la Universidad de Pensilvania, me han señalado, algunos de los artículos de Lafcadio Hearn para periódicos de Cincinnati a partir de 1870; exempli gratia, “Inanición lenta”, Enquirer de Cincinnati, 15 febrero 1874. )

Un nuevo periodismo estaba fraguándose en los años cincuenta, y puede haber nacido de la labor de The New Yorker o True, si se exceptúa un detalle: durante los cincuenta la novela lanzaba sus últimas llamaradas como sancta sanctorum. El culto de la novela como forma sagrada alcanza su límite en esa década para de improviso empezar a extinguirse cuando se hace evidente que no va a producirse un Periodo de Oro de la Posguerra en la novela. A comienzos de los sesenta una forma más espectacular de nuevo periodismo —más espectacular en términos de estilo— había arrancado en Esquire, y, poco después, en New York. Pero si alguien desea sostener que la actual tradición se inicia con The New Yorker y True, yo no me opondré. Hubo también unos cuantos escritores independientes tales como el fallecido Richard Gehman que, durante los años cincuenta, recubrieron en una ocasión u otra a muchas de las técnicas a que me he referido.

——

Texto tomado del “Apéndice” de la primera parte del libro de Tom Wolf, El nuevo periodismo (Anagrama, Barcelona, 1976).

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