Antonio Bello Quiroz
La sexualidad, el erotismo que es lo propio de la sexualidad humana, lo sabemos, es uno de los pantanos en los que se resbala una y otra vez. Freud mismo, en una carta a Jones, le confiaba: “Quien quiera que prometa a la humanidad liberarla de los infortunios del sexo, será recibido como un héroe.” Para Georges Bataille, quizá el filósofo que más se ha ocupado del erotismo —el cual es, dice, “la apropiación de la vida hasta la muerte”— son los hombres la única especie que ha hecho de la vida sexual una actividad erótica, que es esencialmente una exuberancia de la vida y no es extraño a la muerte misma. Si, como señala el francés, somos seres discontinuos, el erotismo ligado a la muerte tiene el sentido de proporcionar ilusoriamente la continuidad del ser.
En las primeras páginas de ese revelador libro que es El erotismo (Tusquets, 2008), Bataille hace una afirmación que quisiera retomar para desarrollar brevemente la relación entre erotismo y filosofía mediante un acercamiento a la forma compleja en que estos dos significantes se anudan en la vida de Immanuel Kant. Hablando de dos tipos de vivencia del erotismo, Bataille afirma: “El erotismo de los cuerpos tiene dos maneras de algo pesado, algo siniestro. Preserva la discontinuidad individual y siempre actúa en el sentido de un egoísmo cínico. El erotismo de los corazones es más libre. Si bien se distancia aparentemente de la materialidad de los cuerpos, procede de él por el hecho de que a menudo es sólo uno de los aspectos estabilizado por la afección recíproca de los amantes.”
Ante esto, y tomando noticia sobre la vida sexual de Immanuel Kant, propongo intentar responder a la cuestión sobre qué forma de vínculo con la sexualidad, que es uno de los rostros del erotismo (el otro es la muerte) vive el filósofo de Königsberg.
Jean-Baptiste Botul, filósofo francés de la tradición oral del felibrismo, pronuncia en 1946 una serie de conferencias que serían publicadas hasta 1999 en torno a la vida sexual de Immanuel Kant. Lo primero que se pregunta en esta serie de charlas es sobre si tiene o no relevancia la vida de un filósofo en relación con su propia filosofía. Los neokantianos, que fueron sus maestros, sostenían que la vida del filósofo poco tiene de relevancia con respecto a su propuesta filosófica. Botul, sin embargo, piensa que la individualidad de un pensador se entrelaza y se funde firmemente con su obra, por lo que no desestima conocer una vertiente de su obra desde el punto de vista de su vida misma.
La obra de Kant, incluso lo más conocido y repetido por el gran público, está cruzada por su Imperativo Categórico que reza: “Obra de modo tal que la máxima de tu acción pueda convertirse por tu voluntad en ley universal.” Siendo así, valdría preguntarse si la sabida castidad y celibato de Kant pueden o deberían tomarse como imperativo universal.
Es conocida la forma tan peculiar que tenía Kant de utilizar el tiempo y su forma de vida sedentaria al extremo de que nunca le permitieron salir de su natal Königsberg: todos los días, su empleado Lampe lo despertaba cinco minutos antes de las cinco de la mañana, a las cinco en punto estaba sentado a la mesa, bebía té y preparaba toda la mañana, hasta las doce cuarenta y cinco, los cursos que impartiría. Tomaba entonces un vaso de vino y se sentaba a la una en punto a la mesa para la comida. Salía después a la fortaleza de Friedrichsburg, siempre utilizando el mismo camino. Como siempre hacía ese paseo a la misma hora, los habitantes de Königsberg lo tomaban como referencia para conocer la hora. Por las noches realizaba un elaborado ritual para poder dormir completamente tapado en su habitación, que permanecía cerrada y oscura todo el tiempo.
Según Botul, Kant fue un absoluto asexuado. Podría decirse que practicaba un erotismo de los corazones, más libre, según vimos con Bataille. Sin embargo, no es el caso tampoco de Kant, quien jamás se enamoró, toda su vida permaneció célibe, nunca tuvo ni amante ni esposa. Nunca hubo una mujer en casa de Kant, ni siquiera una sirvienta.
Ese alejamiento de la vida sexual, erótica, incluso en su vertiente tierna o amorosa, dispensada para las mujeres, no es exclusiva de este filósofo; muchos otros cultivadores del amor a la sabiduría practicaron, en diversos grados, un celibato que bien puede tomarse como paradigma de la filosofía. La lista es rica en nombres: Malebranche, Hobbes, Pascal, Descartes, Spinoza, Newton, Leibniz, Hume, Voltaire, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche… testimoniaron que el fin último de la humanidad no es reproducirse, por lo menos no en la materialidad de los cuerpos.
Kant fue filósofo y célibe en extremo, al grado de llegar a sostener que un filósofo digno de ese nombre no se casa. Fue célibe pero no asceta, vivió una vida en relación con su tiempo: de joven frecuentaba las tabernas y siempre disfrutó de la comida, muchas veces con invitados en su casa. Para la sociedad de Königsberg era considerado como “amable compañero”. Quizá Kant no conoció la sexualidad en otro cuerpo que el suyo, pero sí conocía la sensualidad, sobre todo de la comida: era de muy buen paladar. Y aunque no poseía un físico seductor, con una estatura de apenas un metro cincuenta (su madre lo llamaba hombrecito), su cuerpo no le avergonzaba en absoluto.
Kant, pues, no es ni un ermitaño ni un anacoreta; ensalza el placer, así lo dice en su Antropología: “el puritanismo del cínico y la castidad del anacoreta, que se privan de los placeres de la sociedad, son deformaciones de la virtud que no invitan a practicarla”.
En su Fundamentación de la metafísica de las costumbres Kant propone que “no existe órgano para un fin que no sea, al mismo tiempo, el más apropiado y adaptado para dicho fin”. Siendo así, esto sin duda tendría que aplicar para los órganos sexuales del filósofo, pero, si él no los usaba, ¿de qué se trata entonces? De alguien que rechaza el matrimonio después de haberlo analizado profundamente. Él sabe que el comercio sexual del matrimonio no alcanza a explicar ese desgaste vital que implica. Para el filósofo el matrimonio es un lento suicidio, y la vida marital, sexual, un lastre que consume el tiempo que el filósofo ha comprometido a la filosofía.
Kant es filósofo y hace de esa actividad su imperativo categórico, su alejamiento de las mujeres y de lo sexual son un acto de virtud para preservar el tiempo necesario para la filosofía. En el mismo sentido se defiende esos dos enemigos de la filosofía que son el sueño profundo y la somnolencia, a la que llama “torpeza de la tarde”. Después de comer, ante esta torpeza se “cura” con el paseo que es visto como un ejercicio de recuperación de las fuerzas mentales.
El sueño era para Kant un “gran vacío del pensamiento”, al que hay que entrar y salir con mucha vigilancia: al entrar evitaba perderse en los pensamientos desordenados, por lo que repetía la palabra Cicerón como un mantra; para despertar, había que cortar con el sueño como con una mala hierba. Salía del sueño de un salto, a la voz de Lampe, a las cinco para las cinco.








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