Gregorio Cervantes Mejía
Como a muchos otros tal vez, mi primer contacto con Erasmo de Rotterdam fue el Elogio de la Locura. Durante algún tiempo, lo vi sólo como una obra que se limitaba a satirizar el espectro de la conducta humana, en particular de la época del autor.
Fue a partir de un par de estudios biográficos y de una recopilación de textos del autor sobre educación, editada por la Secretaría de Educación Pública, que empecé a dimensionar el trabajo de Erasmo no sólo como difusor del humanismo renacentista, sino también como defensor de la libertad de conciencia y del espíritu crítico.
Atrapado entre las pugnas religiosas desatadas en Europa por la Reforma luterana, Erasmo se empeñó hasta donde le fue posible en mediar entre los dos bandos: la autoridad papal y la rebeldía de Lutero —con quien llevaba una fuerte y longeva amistad.
Crítico de los excesos y falencias de la Iglesia católica, pero también del radicalismo de los seguidores de Lutero, Erasmo mantuvo durante mucho tiempo una actitud mesurada con la intención de mediar en el conflicto y evitar el rompimiento definitivo entre ambos bandos. Al final, presionado por el papa, Erasmo terminó tomando partido por el catolicismo, sin abandonar su actitud crítica hacia éste.
Y la separación definitiva entre Lutero y el papa trajo como consecuencia las guerras religiosas en Europa, los asesinatos masivos por parte de los seguidores de uno y otro bando, las persecuciones y el exilio de grupos protestantes hacia el norte del continente americano.
Durante los últimos años he sentido una gran necesidad por releer a Erasmo, quien seguramente puede ser visto, en nuestros días, como un autor menor y que poco, si no es que nada, aporta a nuestra época: más allá del Elogio de la Locura, el resto de su obra es poco concurrida: textos con un sesgo más bien teológico en torno al libre albedrío, o manuales y programas para la educación humanística centrada en la lectura de los clásicos grecolatinos y la enseñanza del griego y el latín, discursos sobre la necesidad de una educación cristiana de los príncipes (nota al margen: ¿en qué momento la filosofía dejó de preocuparse por la educación de los gobernantes?), recopilaciones de máximas de los autores clásicos…
Sí, en apariencia, nada que pueda resultarnos de interés a nosotros, en este momento donde el cristianismo, además parece estar en decadencia. ¿Por qué volver a Erasmo entonces? ¿Y desde qué perspectiva?
El fanatismo y la superstición son los adversarios principales en los textos erasmianos. Las convulsiones religiosas y sociales de su época son, desde su mirada, resultado de la falta de racionalidad entre las personas. Por eso también su empeño por difundir la educación humanista, donde la lógica y la razón son herramientas primordiales para afinar el juicio y evitar que la mente se extravié en prejuicios e ideas radicales y sin sustento. De ahí también su labor como editor y difusor de las ideas, su intenso contacto con otros espíritus afines a él, como Tomás Moro o Aldo Manucio.
Ahora, cuando vemos resurgir a nuestro alrededor viejas y nuevas supersticiones, ideologías que parecían ya superadas —o por lo menos olvidadas— y nuevas creencias cuyo radicalismo no le pide nada a la ferocidad de la Inquisición católica, buena falta nos hacen espíritus lúcidos y mesurados como el de Erasmo.









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