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Entrevista con Alain Badiou*

· febrero 27, 2015

Nicolas Truong /

 

Para terminar quisiera volver a ese amor que debe reinventarse y defenderse. En De quoi Sarkozy est-il le nom? usted sostiene que la reinvención del amor es uno de los puntos posibles para resistir la obscenidad mercantilista y el actual desbande político de la izquierda. ¿Cómo puede el amor constituir una resistencia de algún tipo en un mundo del cual, según usted, el presidente francés es un símbolo?

 

Creo que es muy importante entender que Francia es al mismo tiempo el país de las revoluciones y una tierra muy propicia para la reacción. Es un elemento dialéctico para la comprensión de lo que es Francia. A menudo discuto con mis amigos extranjeros porque ellos todavía hoy cultivan la mitología de una Francia maravillosa, siempre en la brecha de las invenciones revolucionarias. Por esta razón, lógicamente se sorprendieron bastante con la elección de Sarkozy, que no se inscribe para nada en ese registro… Yo les respondo que hacen una historia de Francia en la que se suceden los filósofos iluministas, Rousseau, la Revolución Francesa, Junio del 48, la Comuna de París, el Frente Popular, la Resistencia, la Liberación y Mayo del 68. Excelente. El problema es que también existe otra historia: la Restauración de 1815, los Versalleses, la Sagrada Unión durante la guerra del 14, Pétain, las horribles guerras coloniales… y Sarkozy. Hay, entonces, dos historias de Francia, mezcladas. Allí donde, en efecto, las grandiosas histerias revolucionarias se dan vía libre, las reacciones obsesivas le responden. Desde este punto de vista, pienso que el amor también está en juego. Además, siempre estuvo muy ligado a los acontecimientos históricos. El romanticismo amoroso está ligado a las revoluciones del siglo XIX. André Bretón también es el Frente Popular, la Resistencia, la lucha antifascista. Mayo del 68 fue una gran explosión de nuevas concepciones de la sexualidad y el amor. Pero cuando el contexto es depresivo y reaccionario, lo que tratamos de poner al orden del día es la identidad. Esto puede adoptar diferentes formas, pero siempre se trata de la identidad. Y Sarkozy no es una excepción. Objetivo número uno: los obreros de proveniencia extranjera. Instrumento: feroces legislaciones represivas. Ya se había ejercitado en eso cuando fue Ministro del Interior. El discurso en vigor mezcla identidad francesa e identidad occidental. No duda en hacer un numerito colonial acerca del “hombre africano”. La propuesta reaccionaria siempre tiene que ver con defender “nuestros valores” y acomodarnos en el molde general del capitalismo mundial como única identidad posible. La temática de la reacción siempre es una brutal problemática identitaria, sea cual sea la forma que adopte. Ahora bien, cuando es la lógica de la identidad la que predomina, por definición, el amor se ve amenazado. Se cuestionará su atracción por la diferencia, su dimensión asocial, su costado salvaje, eventualmente violento. Se hará propaganda de un “amor” seguro, en perfecta coherencia con el resto de las gestiones aseguradoras. Por esto, defender el amor en lo que tiene de transgresor y heterogéneo respecto de la ley es tarea de este momento histórico. En el amor, mínimamente, se confía en la diferencia, en lugar de sospecharla. Y en la Reacción, se sospecha siempre de la diferencia en nombre de la identidad: es su máxima filosófica general. Si queremos, por el contrario, abrirnos a la diferencia y a lo que ella implica, es decir, que el colectivo sea el mundo entero, uno de los puntos de experiencia individual que puede practicarse es la defensa del amor. Al culto identitario de la repetición hay que oponer el amor de lo que difiere, es único, no repite, es errático y extraño. En 1982, escribí en Théorie du sujet [Teoría del sujeto]: “Amen lo que jamás verán dos veces.”

 

Es, por otra parte, en este sentido que Elogio del amor, el largometraje de Jean-Luc Godard, obra cinematográfica en forma de cantata que ha inspirado el título de este diálogo, establece un acercamiento, una correspondencia entre amor y Resistencia…

 

¡Exactamente! Godard siempre incluyó en sus películas, momento histórico tras momento histórico, lo que él consideraba puntos de resistencia, puntos de creación también y, en términos más generales, todo aquello que mereciera —a sus ojos— ingresar en la composición de una imagen. En lo que respecta al amor, esencial para él, creo que lo distribuye entre una concepción de la sexualidad, a la vez fuerte y puritana, y una tensión específicamente amorosa, de las cuales las mujeres son depositarias principales, al punto de que alcanzarlas, o aceptar su autoridad sobre este punto es para cualquier hombre un desafío. Hace poco trabajé con él en lo que será su próxima película, en la que tal vez tenga una aparición como filósofo-conferencista en un crucero de lujo, o tal vez no, porque ¿quién sabe qué hará este artista, finalmente, con todo lo que se ha filmado? Admiré de cerca su exactitud, su exigencia, única. Y casi siempre se trata del amor. Sin embargo, la diferencia que advierto entre él y yo acerca de la conexión entre el amor y la resistencia tiene que ver con la melancolía que en Godard colorea todo. Yo me encuentro incurablemente alejado de esa tonalidad subjetiva, incluido todo lo que tenga que ver con el amor.

 

La fascinación hacia las peoples,* esas nuevas divinidades de un Olimpo televisado, ¿evidencia, según usted, sólo un engaño político o testimonia una atracción por las historias de amor que pone de manifiesto un saber popular de la intensidad amorosa?

 

Ese fenómeno puede ser leído de dos maneras diferentes. En la grilla política, rápidamente concluiría que se trata de una impostura. Se entretiene a la gente, se la fascina con estas historias y eso los distrae completamente del asunto de fondo. En política, ¿qué interés puede tener el hecho de que Carla suceda a Cécilia?**

Ninguno, evidentemente. Pero se podría intentar leer de otra manera la difusión de ese episodio, preguntándonos: ¿por qué funciona? Porque hay un interés genérico por las historias de amor. Desde siempre vimos que las historias de amor de la gente que está arriba se ponen en escena para la gente de abajo. ¿Por qué? La respuesta aquí nuevamente es doble. Podemos alegar directamente la universalidad del amor. Incluso Sarkozy puede sufrir, esperar desesperadamente un mensaje que no llega. El enemigo político, si cambiamos de escala, si pasamos de las verdades políticas a las amorosas, termina por parecerse a usted mismo, cosa que no es tal vez gloriosa, pero sí tranquilizadora. Que un rey pueda sufrir por amor lo pone, de alguna manera, lo comunica, con cualquier hombre o mujer de a pie.

En esta escala, el hombre común y corriente también es rey. Es el costado novelesco de la cuestión: el amor está siempre en todos lados. Pero —y aquí, la segunda lectura posible— esta comunidad aparente en el terreno de la pasión también demuestra que no tienen nada más extraordinario que eso. Ni el rey, ni el Presidente, ni el Führer, ni el Padre de los pueblos. También ellos pueden ser cornudos. Y por lo tanto no existe razón, en esencia, que justifique que se los venere o se les tema. Y aquí nos encontramos de nuevo con la política, o por lo menos con su sustrato subjetivo elemental. En política, como ya he dicho, hay enemigos, por lo tanto no vamos a preocuparnos por sus sufrimientos amorosos. ¡Que no me vengan con ésas!, si me permiten la expresión. Si uno es lúcido políticamente, dirá que el hecho de que Sarkozy fuera —o no— engañado por su mujer, francamente, no es problema nuestro. Pero en otro registro, el de un saber difuso que tiene que ver con las virtudes del amor, registro que por otra parte fue cimentado por el cristianismo, debemos reconocer que la visibilidad del amor nos interesa. Y, en último lugar, esa visibilidad forma parte del campo ilimitado en el que se moldea, a partir de materiales innobles, el coraje político, que siempre parte del hecho de que los enemigos no poseen ninguna significación sobrenatural ni fuerza trascendental.

Pienso —para no quedarnos con la mediocridad sarkoziana— en un ejemplo de amor intenso, sublime, de nuestra historia: el que, en tiempos de la Fronda, unió a la regente Anne d’Autriche a ese político genial, corrupto y retorcido que fue Mazarin. Desde la perspectiva de los amotinados, ese amor fue un obstáculo terrible (jamás dejó la regente a su hombre) y a la vez también un alimento esencial para la polémica popular, que representaba a Mazarin como un cerdo perverso. Lo máximo que se puede decir es que entre política y amor sólo existen relaciones ambiguas, una suerte de distancia porosa, o pasaje prohibido, que únicamente el teatro puede volver razonable. ¿Comedia? ¿Tragedia? Las dos. Amar es estar, más allá de cualquier soledad, conectado con todo aquello que anima la existencia del mundo. En ese mundo veo, directamente, la fuente de felicidad que me depara estar con el otro. “Te amo” se vuelve, entonces: existe en el mundo la fuente —vos— de mi existencia. En su agua, veo nuestra alegría; la tuya en primer lugar. Veo, como en el poema de Mallarmé: “En la ola que te has vuelto / tu júbilo desenvuelto”.

———

* Ésta entrevista es la parte final de Elogio del amor, Trad. Ana Ojeda, Paidós, Argentina, 2012.

** En inglés en el original. Alude a las celebridades faranduleras. [N. de T.]

*** Se refiere a Carla Bruni, esposa actual de Nicolas Sarkozy, casado en primeras nupcias con Cécilia Ciganer-Albeniz. [N. de T.]

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