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Entre ver y mirar: el mundo como espectáculo

· noviembre 17, 2018

Antonio Bello Quiroz

El cuerpo es un enigma. Sólo es posible conocerlo de manera parcial. En ese universo que es el cuerpo, entre los órganos y funciones más complejos se encuentran el ojo y la mirada. El ojo es parte del cuerpo y al mismo tiempo sede de la función de la mirada que, sin embargo, escapa a lo biológico del cuerpo. Se impone aquí una interrogación que planteo para dejarla al margen por el momento: ¿Será entonces que sea posible “mirar” con otro órgano que no sea el ojo? Freud sostenía que los niños espiaban a los padres con las orejas, veían con las orejas.

Sigmund Freud en su fundamental trabajo de 1905 Tres ensayos para una teoría sexual definía a la pulsión (Trieb) como concepto límite entre lo anímico y lo corporal. En el ojo y la mirada se cumple a cabalidad con este criterio que otorga carácter a la pulsión: pulsión escópica (la satisfacción en la mirada). Jacques Lacan al abordar la cuestión de la mirada, partiendo de un comentario que hace al texto de Marleu-Ponty “Lo visible e invisible”, va a establecer una clara y radical diferencia entre lo que llama pulsión escópica, centrada en la mirada (constituida de manera subjetivante) y la función fisiológica de ver. La mirada se posa sobre el detalle de lo que se ve. Ver es la acción de captar el mundo por medio de la vista. “Del ojo a su puesta en acto por la mirada hay sin duda, si puede decirse así, un momento oscuro y vertiginoso en el cual localizaríamos gustosos el objeto de la mirada, a la vez evanescente y activo”, escribe Paul-Laurent Assoun en La mirada y la voz.

El ojo nace con la cualidad fisiológica de ver, pero no viene dotado con la función de mirar, y no se adquiere por simple evolución; se requiere la mirada del Otro (la madre o quien hace su función) para que la mirada propia se ponga en operación, así, de manera análoga a como ocurre con el deseo: la mirada es la mirada del Otro. La madre, al mirar al infante le introduce la imagen de su propio cuerpo como unificado. El niño se convierte en sujeto en la medida en que hay alguien que le dirige una mirada que opera como sostén (aunque hay que señalar que esto no es definitivo en su constitución, faltará la palabra) del deseo. En el niño se reconocerá en la mirada del Otro, más tarde surgirá un deseo de ser mirado, y sólo después vendrá el deseo de mirar él mismo. La mirada entonces, como todo en el sujeto, tiene carácter de realidad secundaria. Es la mirada del Otro la que nos introduce en el mundo del deseo, el Otro nos hace al hablarnos y, al mismo tiempo, nos convoca a desear. Pero la mirada del Otro tendrá que tener límites; de lo contrario deviene angustiante en tanto que se revela el hecho de que si el Otro me hace, también me amenaza con deshacerme. Conocemos la experiencia fenoménica de sentirse incómodo ante una mirada persistente.

Somos mirados permanentemente y esa intuición resulta angustiante. Posiblemente la angustia radica en que somos mirados, pero no sabemos qué se nos mira. La reacción es esconderse (incluso desear que la tierra nos trague) de la mirada omnipresente del Otro, por ello el niño incluye entre sus juegos más frecuentes el evadirse de la mirada que le inquieta: juega a esconderse. La mentira infantil también podría obedecer a esta lógica: el niño requiere tener un espacio de saber privado de la mirada omnipotente del Otro. El juego esencial del niño es mirar-ser mirado.

En Proverbios y cantares el poeta Antonio Machado lo dice de esta manera: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.” En el mismo sentido encontramos que Albert Einstein recurre a la ilusión óptica para sostener su idea de la no-dualidad. Señala: “nuestra separación de los demás es una ilusión óptica de la consciencia”.

La oftalmología, la ciencia de la óptica ligada a la función de la visión, hunde sus raíces hasta el año 3500 a.C., con los antiguos egipcios, que ya producían ojos artificiales para “dotar” de ojos a las momias. Tenían su dios Duau y su contraparte, Mechenti-Irti, dios de la ceguera. También conocemos que el ojo de Horus, el ojo wedjat (ojo mitad humano, mitad halcón) es uno de los más propagados amuletos del antiguo Egipto; simboliza la salud, la prosperidad, la indestructibilidad del cuerpo y la capacidad de renacer.

Hipócrates, padre de la medicina, dividió al ojo en tres partes: la exterior gruesa, la media interna y la chorius centro de la visión y de donde van las sensaciones visuales al cerebro. Es Aristóteles, quien planteó por vez primera la idea de que la visión no estaba determinada por el ojo ni por el objeto, sino por el medio entre ambos.

En la mitología griega conocemos el mito de Argos, el gigante vigilante que, según las diversas versiones, poseía cuatro ojos, dos que miran hacia adelante y dos que miran hacia atrás, o en otra versión poseía cien ojos y mientras dormía con unos ojos los demás permanecían despiertos, lo que le otorgaba la monstruosa facultad de vigilarlo todo.

Desde que George Orwell en su novela 1984 construye la ficción de una sociedad futura donde todo está vigilado por el Gran Hermano, siempre omnipresente, tenemos una civilización que se ha venido convirtiendo en una sociedad hecha desde y para el espectáculo. Somos mirados permanentemente, como sostiene Gérard Wajcman en su libro El ojo absoluto. La ciencia y la tecnología vinieron a sofisticar las formas de la vigilancia y control de los ciudadanos.

Ver todo se convierte en un mandato posible de realizar. La apuesta del discurso del capital y el mercado es eliminar todo espacio privado en tanto que el espacio privado es un espacio de resistencia al consumo. Justamente éste es el punto a destacar: la amenaza a lo íntimo, a lo singular, a lo diferente, prolifera y se recrudece. El lugar donde el sujeto pueda sustraerse de la mirada del Otro le ha sido arrebatado. El exceso de la mirada pone a la vida interior en peligro de extinción. El espacio interior, el inconsciente, se silencian para que los mecanismos del discurso de nuestra época operen. El ideal del discurso del amo contemporáneo apunta a que, una vez puesto en suspenso el inconsciente, el mercado nos proporcionará la información abundante y necesaria de lo que tendríamos que ver y consumir para ser. El mercado se propone como aquel que sabe anticiparse y proponernos todos los objetos que colmen nuestros deseos. Nos hace ver (inhibiendo la mirada que apela a lo singular) para poder vender la idea de que Todo es posible.

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