Antonio Bello Quiroz
En México se celebra el 1 y el 2 de noviembre los días de muertos o Todos Santos. Se conmemora a los muertos y la celebración prepara y detiene a un país por dos días de convivencia entre los vivos y los muertos que “vuelven”. De la muerte se hace fiesta en México, cierto, se hace fiesta dos días quizá para autorizarse a no hablar de ella durante todo el año. No se habla de ella, aunque su presencia no deja de ser constante; no hay descanso y no puede haberlo para la muerte. ¿Qué es la muerte?
El psicoanalista Jacques Lacan, en el Seminario 7, La ética del psicoanálisis, hará un abordaje de la tragedia de Antígona de Sófocles para referirse a esa posición subjetiva singular que denomina como el entre-dos-muertes. En tanto que se trata de un estado de suplicio, el entre dos muertes no lo “viven” los muertos sino los vivos.
En la tragedia de Sófocles se trata esencialmente del enfrentamiento de una sola persona a las leyes del Estado que pone en cuestión la justicia y fundamentación de las leyes. La historia de Antígona inicia después de que sus hermanos Eteocles y Polinices se dan muerte mutuamente, uno defendiendo la ciudad y el otro atacándola.
Creonte, rey de Tebas, decreta que uno de ellos, Eteocles sea enterrado con todos los honores y ritos sagrados, mientras que el otro, Polinices, sea privado de tales honores y sea dejado su cuerpo expuesto para ser devorado por los animales. Antígona se rebela contra esta imposición.
Antígona desafía a la ley, mientras que su hermana Ismene se opone a su decisión de robar el cadáver y darle sepultura. Ella, Antígona, le dice: “Yo lo enterraré. Hermoso será morir haciéndolo. Yaceré con él al que amo y me ama.”
Se enfrenta al rey Creonte y confiesa su acto: “Sí, yo lo hice, y no lo niego… No creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para permitir que sólo un hombre pueda saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables, de los dioses: su vigencia no es la de hoy ni la de ayer, sino de siempre”.
Creonte reacciona ante la afrenta y hace enterrar viva a Antígona para que, dice, “pueda darse cuenta de que es un trabajo superfluo respetar a un muerto”. De esta manera, por su acto, Antígona se encuentra en esa posición “entre-dos-muertes”, en suplicio, enterrada antes de estar muerta: es sepultada viva por defender que su hermano amado sea sepultado. Se decreta la muerte con la palabra, una muerte simbólica.
Es condenada a quedar suspendida entre la vida y la muerte, sin estar aún muerta ya está tachada del mundo de los vivos. Creonte le decreta la “segunda muerte”, una muerte simbólica.
Ya en su tumba de no-muerta, Antígona se suicida ahorcándose. Ante esta muerte real, Hemón, hijo de Creonte y prometido de Antígona, se suicida también. También lo hace Eurídice, esposa de Creonte. Quizá con sus actos, Antígona y Hemón nos muestran lo que dice Lacan al respecto del suicidio visto como “el único acto sin fracaso”.
Antígona es la voz, en el decir de María Zambrano, de las personas a quienes se les ha condenado a sufrir un suplicio en vida por no poder enterrar a sus seres amados.
En Antígona vemos con claridad el poder de la pura pérdida, puesto que sería pérdida de nada. Antígona encarna la figura del poder de la pura pérdida, aquella que elige la muerte al desafiar la condena de Creonte y dar sepultura a su amado hermano muerto: pérdida que por lo irremediable e irreductible la coloca entre-dos-muertes. De manera radical, Antígona nos muestra que la transmisión de la ley del deseo no puede hacerse sobre el olvido de los crímenes y de los muertos.
Los funerales son un acto simbólico que separa a los vivos de los muertos y permiten a los vivos vivir sin ser obsesionados por sus fantasmas.
Se sabe que en México se vive una crisis humanitaria en muchos sentidos; el síntoma mayor es la enorme cantidad de desaparecidos, más, muchos más que en otros países donde han operado dictaduras militares.
Las prácticas de violencia extrema, secuestro, tortura son cada vez más frecuentes y constituyen hechos traumáticos para los sujetos sometidos a esas prácticas, pero también para sus familiares. La figura del desaparecido es introducida de manera violenta en la realidad nacional y nos obliga a poner en cuestión la noción de duelo.
Hay que otorgarle sentido a la desaparición y para ello se constituyen estas brigadas de buscadores. Auténticas y auténticos antígonas. La desaparición inunda de angustia y desesperación a los familiares y seres queridos de los desaparecidos, condenados a quedar sin sepultura. Ante el hecho, ya nada sería igual: una falla en lo simbólico introduce la imposibilidad de que sea historizada una vida. Es un corte súbito en el proceso de historización: un trauma en todos los sentidos.
Un duelo imposibilitado es el saldo de la desaparición forzada y conduce a los familiares al final de la carrera, a quedar exhaustos.
Aquí es donde surgen estas antígonas modernas. Buscan los cuerpos pero también historizar una vida, dotarla de memoria, verdad y justicia, que son pilares y nudos simbólicos del lazo social.
Ante la inexistencia de una tumba, el duelo se vuelve un proceso imposible de tramitar frente a una muerte negada.
Freud sitúa el concepto de duelo como la “añoranza de lo perdido”, ocupando un tiempo eterno en el que todo el pensamiento está ocupado por el ser querido que no está. Ante esto, ¿cómo realizar el trabajo del duelo, ese lento y doloroso proceso que implica retirar, asumir, pieza por pieza, el examen de la realidad ante el hecho evidente de la incertidumbre?
Freud sostiene que el amor permanente por el objeto no se puede resignar en la medida en que el objeto de amor mismo no se puede resignar. El duelo queda suspendido, latente, en la medida en que la ausencia derivada de la desaparición implica la ausencia del cuerpo y por lo tanto la ausencia de los ritos culturales que se inscriben en torno a la muerte. Dejar el duelo inconcluso es la forma más radical de condenar a los vivos al suplicio del entre muertes.








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