Juan Daniel Flores
Hace cuatro años por estas fechas veía la luz Espiral Urbana. Un sueño sencillo de quien ama lo urbano y el anonimato, combinar la observación, el análisis, la crítica y la palabra fotográfica de la ciudad.
Los cronistas son otros, a veces son mudos, a veces sordos. Los relatores están en las gradas de más arriba. Los que revisan y publican nos miran a todos desde la cabina; cada vez es más difícil que alguno baje a conversar con lo anónimo.
La Espiral sólo lee, describe, señala e imagina. No sé bien dónde se comenzó a gestar. Tal vez en las aburridas clases de sociología urbana de la universidad, mientras en mi cabeza sólo sonaba el Rancho electrónico y Benny More. Aunque más bien la Espiral nació 20 años antes al ir en el asiento trasero de un Datsun negro. Sólo observaba la ciudad.
La ciudad entonces no era tan mamona. No adorábamos la estridencia, el estatus ni a la muerte.
La Espiral Urbana ha caminado cuatro años hasta hoy como cápsula de radio y también como intento de ir tejiendo palabras, imaginarios y argumentos. Escribir a tientas, intentando, escribiendo, intentando. Compartir el pan que uno escribe.
Me estoy quedando dormido. Pienso en los “unos cuantos” que alguna vez se han topado con mis letras. Pienso en aquel año 2015, en aquella primera vez que me escucho Alicia, mi primera radio oyente. Unos oídos atentos nutren más que las instituciones sin alma.
La Espiral Urbana, un deseo inmarcesible que comenzó a publicarse un verano de hace unos años con el deseo de girar como el rehilete, de subirse al diario movimiento que implica ser citadino.
Poco más cansino, sin exagerar, pienso que los personajes, hábitos, espacios, lenguajes e imaginarios de esta ciudad, ya los relataron mejor, pero no como Juan Daniel.
Espiral Urbana, cuatro años girando…
El día que llegamos al bendito lugar, no llovió. Tampoco el día siguiente.
Miré todo el lugar desde una especie de balcón gigante. La dinámica de la gente en la plaza, el templo y el palacio de gobierno me dejaron profundamente sorprendido. No sé por qué me acorde de Ben-Hur.
Mientras caminaba, tuve que calmarme un poco, contener la emoción de ver un territorio que me ofrecía pescado, miel, tamales, chiltepín, plátanos, perones, anafres, sombreros, cuarzos, licor, medallas, carnitas, pan, morrales y un sinfín de cultivos del campo. Era día de plaza. Calmé mi agitación, no sea que se dieran cuenta que era fuereño, de Pipopelandia pa’cabar pronto.
Nunca vi propaganda política. En cambio vi un cielo azul, un río noble y el respeto por los perros. Aquí la comida es barata. En los restaurantes, cafés y fondas siempre hay un producto de la región. La nobleza de las fondas al cobrar lo justo, me hizo recordar lo encajosos que son allá en las fondas de la 6 Norte.
En los días que pasé ahí, jamás deje de ver a alguien que no vendiera algo en las calles, niño, joven o anciano, mujer u hombre. Todos comerciaban algo.
Tres cosas me resultaron obvias: todos trabajan (no vi limosneros), siempre hay de comer en las calles, sea de día o de noche y la gente está acostumbrada a ver gente que no vive ahí.
Me di cuenta, quizá desde mi torpe percepción humana, de que las veces que llegaba a escapar cierta pedantería del turista, era más de un nacional que de un extranjero. El mexicano citadino hace todo lo posible por no parecerse al indio. Se sube al segundo piso del bar, pide la mejor mesa y se pone a hablar de sus grados. Como casi siempre, la identidad nacional se mueve pendular entre el origen y el alter ego.
Allá el maíz sigue siendo la base de nuestra cultura material y simbólica. Por todos lados hay algo que se elabora con maíz. Es una región inocente, un lugar remoto aún. Aunque ya manoseado por la velocidad del automóvil de lujo.
Me despedí días después de ahí. Mientras el autobús se alejaba me preguntaba: ¿qué hemos hecho tan mal en la ciudad que ya no salimos de noche a caminar? ¿En qué o en quién hemos depositado nuestra confianza, que consumimos plástico, procesados, alcohol adulterado, cigarrillos piratas y pagamos chicles con tarjeta de crédito? ¿Fue el terremoto, el entubamiento del río o la armadora de autos la que determinó la pésima planeación urbana de la ciudad? ¿En qué momento la flojera se volvió determinante para dejar de hacer, ser y estar?
No puedo dejar de pensar en su agua, en todo su verde, en la comida y las noches.
Volver a Puebla da gusto: es una ciudad simpática, con ángeles dormidos y crímenes sin resolver. Mientras el chofer ve a una mujer desnuda en su celular, recargada en el volante, camino por el pasillo del autobús rumbo a la salida y bajo para irme a sentar nuevamente entre gente que va y viene de todos lados.
Aquí en la Central, todos venden cosas que no fabricaron, casi todos trabajamos para alguien y hay que caminar rápido de la Central a la Fayuca.
Aquí siempre estamos girando, a prisa, entre las raíces y el alter ego.
… porque sólo con palabras construimos al mundo y sin ellas no hay ciudad.









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