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Entre escombros y grietas

· octubre 6, 2017

 

Fabiola Morales Gasca

 

Algo de nosotros se fracturó el martes 19 de septiembre después de las 13:14 horas. Días antes abundaba el descontento y la desconfianza. Nadie se sentía con ánimos de celebrar nuestra fiesta de independencia.

Haciendo explícita referencia a las fotos que habían circulado unos días anteriores sobre tres jóvenes, casi niños ejecutados con un balazo en la cabeza, el periodista Javier Risco en su artículo de El Financiero del 15 de septiembre señaló que hay una generación perdida. Aquellos jóvenes que nacieron a finales de los noventa y otros iniciando este siglo han sólo consumido desde los cinco años violencia a rajatabla. Continuaba explicando: “Hemos marcado a una generación que ha crecido en medio de una violencia que sólo les hereda destinos de miseria, de una muerte temprana y la indolencia de aquellos que sean testigos de la forma en que terminan sus vidas.” Lo más triste de la imagen no son los dos adolescentes recargados entre ellos, sino el tercero con la cabeza recargada en la pared y vestido con la camiseta de la Selección Mexicana de futbol, con la sangre corriendo entre las letras de México. El asesinato de Mara Fernanda Castillo, sumándose a la larga lista de feminicidios que han azotado al país causó también el descontento colectivo.

¿Cómo gritar Viva México en pleno mes patrio si lloramos los miles de muertos, los desaparecidos de Ayotzinapa, el alza de gasolina, los salarios injustos y una devaluación galopante? ¿Cómo celebrar septiembre si cada día salimos y tememos ser asaltados en el transporte, si le tememos al ejército, a la policía, a los políticos, a los migrantes centroamericanos que se detienen a pedirnos unas monedas y pensamos si realmente llegarán a alcanzar su dream americano? ¿Cómo celebrar en medio del narcotráfico, balaceras, opresión, feminicidios, explotación, contaminación, saqueos y asesinatos?

Tanta violencia, el pan nuestro de cada día, ya no era suficiente para indignar. Nos habíamos hecho casi imperturbables. La indiferencia del gobierno y la mansedumbre de nosotros como civiles se habían aliado para ser nuestra normalidad.

¿Cómo celebrar septiembre si se creía todo muerto? La vida diaria en el país, la normalidad, aquella que nos hace perder la humanidad nos hacía ver como ciudadanos con una camiseta verde y ensangrentada.

Pero, por fortuna algo se fracturó el martes 19 de septiembre. No sólo colapsaron algunos edificios de las delegaciones Álvaro Obregón, Benito Juárez, Coyoacán, Iztapalapa o de las colonias Roma y Condesa. No sólo cayeron las humilde casas de San Francisco Xochiteopan (municipio de Atzitzihuacán), Tehuitzingo (perteneciente a Izúcar de Matamoros), Tochimilco (en Atlixco); Huajuapan de León, Juchitán de Zaragoza, San José El Paraíso, Santa María Tlahuitoltepec y Tepuxtepec en Oaxaca. También cayó la incredulidad de ese territorio que llamamos Patria. Colapsó el escepticismo, la falta de fe mexicana en la magnitud correcta.

Ver la mirada de los otros pasando cubetas de escombro, tocar las manos frías de alguien más pasando cajas o bolsas de víveres; movilizar y organizarnos en las calles con estudiantes y amas de casa para apoyar a lejanas comunidades que perdieron todo, permitió descubrir de nuevo nuestra propia identidad. Saltar a una realidad cruel entre escombros nos permitió reconocernos como pares.

Los jóvenes de hoy nunca volverán a ser iguales. Así como una generación de mexicanos sobrevivientes al sismo de 1985 creó cambios después de recoger escombros, una nueva generación de jóvenes que sólo han sido marcados por la violencia y la indiferencia, podrá ver al país con distintos ojos. Estos hombres y mujeres que han caminado entre las polvorientas calles llenos de incertidumbre, que ayudaron a remover piedras y varillas torcidas, aquellos que prepararon alimentos y se desvelaron acomodando víveres y aquellos que manejaron varias horas para llegar a pequeñas comunidades en plena sierra ahora ven un México más real, más humano. Los mexicanos hemos cambiado. No es que el Estado cambió, ni los partidos y los políticos cambien, no es que los hechos cotidianos cambien; lo que cambia después del sismo es la conciencia, la manera de visualizar la vida. Una empatía y solidaridad adormecidas se despertaron tras el dolor. Un despertar de la otredad fue posible a través del desastre natural. Compartir cascos, palas, picos, pasar comida enlatada, botellas de agua, cargar o descargar tráileres de ayuda, nos ha permitido ver directamente a los ojos, descubrir a los otros y, por ende, a nosotros mismos. Ese algo que se fracturó y que impedía ver al otro es el perfecto detonante de la reflexión y de la acción sobre el país y nuestro potencial.

Es el momento correcto para dirigirnos como sociedad hacia otras metas. Debemos elegir los métodos precisos para conducirnos de manera organizada y reclamar al gobierno lo que es justo para el pueblo en todos los ámbitos. Que ese algo que se rompió tras el sismo y que impedía ver más allá sea devorado por las grietas, sea enterrado en el escombro. Que la indiferencia, la ignorancia, el desconocimiento de nuestro potencial sea cosa del pasado. No debemos ser los mismos de antes ni volver a la normalidad que estábamos acostumbrados. Lo que hoy emerge en el espíritu de millones de mexicanos pide a gritos cambiar.

 

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