Antonio Bello Quiroz
Para Marx la historia de la humanidad es una historia del desarrollo creciente del hombre y, al mismo tiempo, de su creciente enajenación. La historia de la humanidad sería así una permanente dialéctica entre la acción, la productividad, y su contrario, la negación de la acción, la enajena-acción, la interrupción de la productividad. Los días que corren son tiempos de enajenación.
Las fiestas decembrinas son para el mundo occidental (en mayor medida cristiano-católico), y en particular para México, motivo de enajenación y fanatismo en muchos sentidos: el Maratón Guadalupe-Reyes es la forma popular de referirse a estas fiestas. Enajenación económica y fanatismo religioso se conjugan en estas fechas.
Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, enajenar proviene del latín medieval inalienare, y éste también del latín in– y alienāre, en-ajenar, que significa “sacar a alguien fuera de sí, entorpecerle o turbarle el uso de la razón o de los sentidos”, y en otra acepción menciona que enajenar es: “Extasiar, embelesar, producir asombro o admiración”. Hay, sin embargo, una acepción más que llama la atención: el diccionario mencionado se refiere a la enajenación como un verbo transitivo que alude a cuestiones económicas. Así, enajenar es “vender o ceder la propiedad de algo u otros derechos”. De esta manera, la enajenación moral y la económica están entrelazadas. La realización personal o la vuelta a sí mismo implicaría la emancipación de la enajenación que es un extrañamiento de sí mismo.
Aunque no tienen igual significado, la enajenación se vincula muy directamente con el fanatismo y la idolatría, se confunde con frecuencia con la fe; así lo podemos constatar en las hordas humanas que peregrinan, lo mismo a la Meca que a la Villa de Guadalupe o a los centros comerciales en el “Viernes negro” en Estados Unidos o el “Buen fin” en México.
La gravedad de estar “enajenado” es que, por la vía de la idolatría, el sujeto eleva las cosas o las “situaciones impuestas” a la calidad de la Cosa, es decir, se transforma en adorador de las cosas o situaciones que crea y al hacerlo se transforma en cosa o en “guadalupano” o en “navideño”, perdiéndose a sí mismo. Por un momento, un largo tiempo en este caso, sólo estará en contacto consigo mismo a través del culto a lo que idolatra o le mantiene enajenado. En procurarse esta posición hay una ganancia secundaria, como enseña Freud, que hace que la enajenación pase desapercibida e incluso sea bien recibida: el sujeto experimenta por un momento la ausencia de responsabilidad de su vitalidad, por un momento queda “exento” de la responsabilidad de sí para sumirse en la enajenación al ídolo. Pero, la forma en que se expresa la “bondad”, la generosidad de la que se hace alarde en el “espíritu navideño” de una manera tan generalizada, es demasiada como para suponer que en la enajenación se juega algo más que la simple ganancia secundaria.
La enajenación vinculada con la idolatría hace pensar que hay un “contacto” con la divinidad que representan. La enajenación es como una investidura de divinidad que hace que, por algún tiempo, las miserias humanas se pongan en suspenso; ésa es la satisfacción que produce que las masas se entreguen a ella. En nuestro mundo, la enajenación se ha centrado en las cosas materiales que son elevadas a la dignidad de la Cosa y, como dice Hegel en La filosofía de la historia: “siente orgullo y satisfacción de esa enajenación de su propia esencia”.
Por su parte el fanatismo, también según el diccionario de la Real Academia, proviene del latín fanatĭcus y se refiere al “que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas”, pero la segunda acepción es mejor: “adj. Preocupado o entusiasmado ciegamente por algo”.
Jacques Lacan, el psicoanalista francés que planteó un retorno a Freud, nos habla de tres pasiones del ser: amor, odio e ignorancia. Para pensar el fanatismo propongo hacerlo por la vía de la tercera pasión, la ignorancia. Así, en el Seminario 11, Los cuatro conceptos del psicoanálisis, Lacan va a proponer a la ignorancia como el vel (el velo, también podríamos decir: el factor) alienante entre el ser y el sentido, es decir: la ignorancia se juega entre el sentido, sufriendo la “falta en ser”, del lado de la neurosis, y el ser del lado de la insensatez en la psicosis. El fanatismo, ligado a la ignorancia, se jugaría entre estas dos dimensiones y estructuras: la falta en ser y el ser, la neurosis y las psicosis.
Podemos distinguir dos rostros del fanatismo, uno que da lugar a un “ser sin falta”, donde se juega su pasión plena, y otro sujeto que ocasionalmente ocupa una posición fanática sin que se juegue en ello todo su ser, es decir: se vive desde la “falta en ser”. Hay algunos discursos, como los religiosos o políticos, incluso deportivos, que instan a que se borre esta diferencia y exaltan las posiciones puras, sin conocer el peligro que esto conlleva.
Estas posturas puras o radicales son las que pretenden que, por ejemplo, “todos” los mexicanos somos católicos. Son discursos que suelen engendrar el odio al diferente y promueven acciones de discriminación. Se promueve que el diferente es de alguna manera un traidor al ideal, un infiel en el sentido en que algunas religiones designan al diferente. El fanático radical no soporta la diferencia y utiliza la violencia, por la vía de la persuasión o el terror, para someter a todos a su ideal, ya sea para sumarlos a su causa o para rechazarlos si se oponen. El fanatismo radical desconoce las diferencias y se empeña en mantener una fusión intimidante de sus ideales: el fanático se muestra sin fallas en sus argumentos que presenta como la verdad universal e infinita.
En el fanatismo religioso la “Ley” adquiere carácter de absoluta, se presenta como una ley “Natural”, inamovible. En estas posiciones no hay negación de la Ley sino negación de la dialéctica de la ley, negación de su carácter simbólico para imponerse como absoluta, sin lugar a las fallas. En su manejo del discurso se pone en evidencia que se rige por el principio de eternidad: “la siempre virgen”, “el dios eterno”. Se anuncian en el discurso con un siempre o nunca en términos del tiempo o en un todos o todo en relación con la existencia.
Estos discursos cargados de fanatismo son los que imperan en estos tiempos corrientes. Si no eres guadalupano, si no festejas la navidad, no eres.








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