Daniel Bernal Moreno
El panteón ardía al rojo vivo. Los difuntos bailaban frenéticos con sus cuerpos agusanados y mutilados. Escuchaban ¿Quién pompó?, con la música en vivo y en directo de Chico Che. Una muerta se puso pálida cuando, de modo vivaz, la invité a bailar. Se negó avergonzada. La naturaleza le había robado las hermosas piernas que algún día lució, con sus medias de raya, por los portales de la ciudad. Después de convencerla, la tomé entre mis brazos y me dirigí con ella hacia la pista. A mi lado un niño bailaba en un pie, sostenía el cuello roto de su hermanita: un maldito microbús los trajo a la fiesta. Al calor de Los nenes con los nenes traté de acomodar a mi simpática pareja. Sin querer, la tomé de una nalga, tan aguada y podrida como el resto de los invitados. La huesuda mano de mi compañera de baile arrancó mi quijada con certero bofetón. Me acusó furiosa de intentar pasarme de vivo.
El cura corría como si el Diablo lo correteara. Cada que podía, manoseaba a los asistentes, sin importarle mostrar lo amoratado de su cuello. Eran las huellas de las manos de su hijo, quien gozó al verlo morir. La fiesta ha durado días. ¿Qué festejamos? Mi entrada al reino de los muertos. Pues dicen, los que llevan aquí un buen tiempo, que no hay mejor lugar para vivir.









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