Pablo Manuel Rojas Aguilar
La mujer es antigua.
Fue aquella que propició la prematura muerte de Héctor, y la cálida chispa de las espadas que consumiera los impenetrables muros troyanos. La misma que, resonante sobre la altura, eligiera a los muertos, la mujer resuelta que cabalgaba sobre la tierra… poderosa mujer. La misma que, con una mirada, concluyó con la vocación celestial de Romualdo, aquella que con hierbas y magia convirtiera en hidromiel a los náufragos hijos de Ulises, y la musa en el aire que incitara a Tartini a perpetrar su trino…
En el alba del tiempo, fue quien comiera el fruto del árbol prohibido, el espíritu nocturno que rigiera la generación de los hombres, el ángel oscuro que instara la concepción de Caín, la seda emergida de las llagas abiertas de Job, y la pecadora que vertiera lágrimas tibias sobre el madero de la Cruz…
La transmigración pitagórica la arrastró hasta nuestros días para que siguiera consumiéndonos con belleza… Fue la dulce Escila, la pérfida Biondetta y la insaciable Cleopatra, antes de que los armónicos rasgos de su rostro se convirtieran en la mujer arquetípica que en este momento preciso revela mi debilidad… La infinita doncella que lunece mis ojos, que me guarda entre los muros de su cárcel como en el dulce sabor de una pesadilla.
(Nada cambia, Heráclito, tu río es sólo una ilusión con la que Dios nos engaña.)
Y seguirá transmigrando en rostros que ni siquiera imaginamos ahora y que podrán concluir con los hombres y con su prodigioso y frágil destino.









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