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En mis narices

· junio 11, 2015

Andrea Tovar Bonilla

 

En agosto de 1979 me mudé con Damián. Lo conocí un par de meses antes pero me enamoré de él desde el principio. Cuando lo vi me llamó la atención la seguridad que proyectaba. Era alto, de cabello oscuro y lacio, complexión delgada, ojos cafés y barba. Daba la impresión de ser un hombre culto y en seguida comencé a imaginar que conocía sobre cualquier tema.

Todo sucedió muy rápido: yo tenía veintisiete años, pero me sentía como una adolescente cuando estaba con él; en cuanto me preguntó si viviría con él inmediatamente dije sí.

A unos meses de vivir juntos, comencé a sentirme insegura; sentía que Damián se comportaba distante, que no le interesaba nada sobre mí, y cada día mi ansiedad iba en aumento. Intentaba imaginar que su frialdad hacia mí era natural.

Hasta que una noche me llegó de golpe: ya lo entendía. Su indiferencia, que yo siempre justifiqué diciendo es su forma de ser, en realidad era porque no me amaba. Ahí empezó mi calvario.

No dije nada, pero mi revelación me obsesionaba; pensé que seguramente, si no me amaba, era porque amaba a alguien más. En ese entonces yo creía que era imposible que existiera alguien que no amara a nadie, así que mi obsesión creció.

Cuando me encontraba sola en casa, me pasaba horas buscando en el estudio de Damián; buscaba cualquier cosa, una evidencia de quien era su amor, una foto, una carta, un recuerdo, lo que fuera. La verdad, nunca encontré nada, pero eso no disminuyó en mi esos pensamientos, los avivó más.

Decidí seguirlo al trabajo y adonde pudiera. Cada día mi malestar crecía, necesitaba saber de quién estaba enamorado. Lo seguí durante meses; siempre revisaba sus cajones, imaginaba dónde podría tener guardado el secreto, pero nunca vi nada.

En 1981, nació nuestra hija Florencia. Damián y yo nos casamos en cuanto supimos que estaba embarazada. Es verdad que él no expresó ninguna alegría por el asunto, pero tampoco expresó ningún rechazo y, para ese entonces, eso era suficiente para mí. Mientras yo me quedaba en casa cuidando a nuestra hija, pasaba mucho tiempo en su estudio; me gustaba ver sus libros y papeles, me hacían sentir que lo tenía cerca.

La tarde de un día especialmente pesado, pues la niña había llorado todo el tiempo, hasta que finalmente se quedó dormida, mientras me reconfortaba en el estudio de Damián encontré un libro de poemas en un cajón de su escritorio, muy atesorado. El libro estaba marcado por un separador. A mi parecer el poema marcado era bastante cursi, pero distinguí claramente que se trataba de él. Eso lo explicaba todo: la persona que ocupaba el corazón de Damián era la autora del poema. Ya sabía por qué Damián no podía amarme. Me tranquilizaba el hecho de que ese amor era parte del pasado, y no volví a pensar en ello.

Cuando Florencia cumplió cinco años tuvo un accidente y se fracturó el brazo; fuimos inmediatamente al hospital, a urgencias. Mientras revisaban a la niña Damián y yo estábamos en una sala de espera, y noté una rara expresión en él. Al principio pensé que era la preocupación, que estaba tan asustado como yo, así que le puse mi mano en su hombro y le dije: “No te preocupes, todo va a estar bien.” En eso, soltó un profundo suspiro y me dijo que se iba, que no se le daba eso de ser padre y hombre de familia. Yo me quedé callada de la impresión; no entendía bien qué pasaba, no pude decir nada. En cuanto me dijo eso, el rostro le cambió, se veía relajado y hasta esbozaba una pequeña sonrisa que claramente trataba de disimular. Sólo se levantó y salió del hospital. Yo nunca dije nada. Al llegar a casa esa noche no se encontraba. Él ya no estaba, simplemente se fue.

Sólo una vez lo volví a ver después del divorcio. No se desentendió de la pensión de Florencia, pero tan sólo consistía en un depósito mensual que siempre estuvo puntual hasta que ella alcanzó su independencia. Nunca hubo contacto físico de ninguna índole, ni siquiera por teléfono.

Esa mañana había quedado de verme con Florencia y con mi nieto Alberto. Iríamos de compras al centro de la ciudad, compraríamos cosas para la fiesta de cumpleaños del niño, quien cumplía cinco años ese fin de semana. Yo llegué temprano y los esperaba en un pequeño café al aire libre, con vista a la catedral. Pedí un capuchino y disfrutaba de la soleada mañana. Fue cuando lo vi, a lo lejos: atravesaba la calle junto con una multitud, se veía prácticamente igual salvo por las canas y que ya no tenía barba, llevaba unos pequeños anteojos y un traje gris.

De golpe me volvió a llegar, como aquella noche. Damián no amaba a ninguna poeta, ni a mí, ni a su hija. No, la única persona que él podía amar siempre estuvo en mis narices. Damián sólo era capaz de amarse a sí.

Mientras estaba inmersa en mi nueva revelación llegaron Florencia y Alberto.

—¿Cómo estás, abuela? —me preguntó Alberto.

—Bien, hijo, estoy feliz.

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