UBÚ
Ismael Ledesma Mateos
Si el Padre Ubú leyera La distinción. Criterio y bases sociales del gusto de Pierre Bourdieu (Taurus 2012) y conociera la sociología de la imitación y de la moda, de Gabriel Tarde, caería seguramente en colapso al percatarse de cómo la ciencia social puede descifrar la realidad humana, que rebasa su bajeza y su maldad…
En mi reciente artículo acerca de esa monstruosidad llamada “banda” mencioné ese lugar común de que “en gustos se rompen géneros”, que mucha gente repite cotidianamente. Conversando con un amigo al respecto, me vino a la mente el libro de Bourdieu La distinción… En esta obra el autor —que, por cierto, no es santo de mi devoción— maneja de una manera magistral la estratificación social de los gustos, sus variantes y su enclasamiento social.
El gusto implica la dimensión estética, la valoración de algo como bello, feo, bonito, agradable, espantoso, monstruoso, aberrante excelso, que, en función del momento histórico en que se vive, puede ser muy diferente. Desde mi perspectiva, cabe remarcar que lo cultural rebasa lo social y de ahí la necesidad de un enfoque socioantropológico para explicar este y otros fenómenos asociados, como la moda y el consumo. En términos sencillos, el gusto no sólo es producto de la clase social sino de la formación cultural adquirida de forma particular por cada individuo. Entonces, “los gustos no se rompen en géneros” sino por determinaciones dadas por la vivencia, y la clase… Como escribe Bourdieu, “existen pocos casos en los que la sociología se parezca tanto a un psicoanálisis social como aquel en que se enfrenta a un objeto como el gusto, una de las apuestas más vitales que tienen lugar en el campo de la clase dominante y en el campo de la producción cultural.”
El asunto me lleva a pensar en Lenin, quien dijo que detrás de cada gesto, de cada acto, se expresa una “posición de clase”. En el gusto por la ostentación, se revela una condición que con seguridad no corresponde a un origen de clase, y mucho menos a una posición de clase. Un ejemplo sería el viaje de Peña Nieto con su prole y su “corte” al Reino Unido, donde su esposa e hijas exhibieron atuendos de una clase a la que no pertenecen, es decir, queriendo simular ser parte de la realeza: ¿dónde quedaron el maquillaje y el estilo Televisa?
Como dije, Bourdieu no es uno de mis autores preferidos, aunque en México particularmente ha sido endiosado. Sin embargo, este libro es realmente un referente crucial para la comprensión de las sociedades de consumo, donde aborda desde los gustos musicales, teatrales, pictóricos hasta los hábitos alimenticios y culinarios. Para muestra un botón: en cuanto a los alimentos, señala que el grupo que denomina como los “industriales” consume alimentos “caros y selectos” y de la cocina tradicional, en tanto que el de los profesores, más ricos en capital cultural que en capital económico, prefieren la originalidad al menor costo, como la cocina china o italiana. Yo agrego: alguien con seguridad de clase, no teme comer una “guajolota” (torta de tamal): no pierde nada; pero alguien que intenta parecer lo que no es, diría: “¡Qué espanto!”
El sociólogo nos hace reflexionar acerca de todo lo que marca la “distinción en una red social donde nos encontramos con esas “clases y enclasamientos” (aclaro que él no usaría el término “red social”) Sin embargo, discrepando con Bourdieu, más allá del fenómeno “el enclasamiento”, tenemos que repensar en la vieja sociología, en Marx, en Weber, y en alguien muy olvidado, Gabriel Tarde, cuyas “leyes de la imitación” son determinantes para el entendimiento de lo que hemos abordado. El “efecto de moda” derivado de ello es realmente determinante para entender la denigración cultural de México, independientemente de las clases sociales donde se dan estos fenómenos.









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