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02 El Pana.
Narrativa 0

En ese espejo no te has de mirar

· mayo 25, 2016

José Alberto Vázquez Benítez

 

Todo el pueblo lo miraba hacer el pan cotidiano;

pan de dulce, pan de nubes, con azúcar,

cuernos de luna con sal. Miguel N. Lira

Era en una cantina en esa población milenaria que tenía un célebre bar con una barra de caoba finamente labrada, a la que le hacía juego otro trabajo también muy fino que enmarcaba un antiguo espejo. En ese entramado de manchas, grietas y cuarteaduras del fondo, de tonos de color plomo como trampantojos, el Pana trataba de mirarse echando para atrás el sombrero de palma con copa de cuatro pedradas, entrecerrando los ojos y arqueando las cejas con afán de ver mejor la borrosa imagen de Rodolfo Rodríguez, para reclamarle: “Pa’ qué me empujates al ruedo si bien sabías que ya estaba yo firme en el cartel”.

Pelotero fue un novillo extraordinario, que hizo salida contraria y antes de llegar al primer burladero “de aviso”, la expectación del público centró su atención en el salto al ruedo de un sujeto al parecer escapado de una novela de Luis Spota, del mismo Vicente Blasco Ibáñez o de una pintura de maletilla como las que inmortalizara Pancho Flores. El chaval parecía salir de las páginas de “Más cornadas da el hambre” o del “Currito de la Cruz”, de Alejandro Pérez Lugin; con gorra de pana, camisa a cuadros anudada a la cintura y zapatos tenis de lona. Le pegó con la descolorida muleta dos o tres afarolados de rodillas a Pelotero, que era uno de esos toros que salen una vez en la vida; y después, así como de un salto apareció en el ruedo, así desapareció también por las escalas del tendido de donde saltó. Después a Pelotero lo entendió a la perfección el Capitán; la faena aún perdura en el recuerdo de todos. Y en días recientes, a más de treinta años de distancia el historiador Xavier González Fisher recuerda los hechos. Luego se supo que el maletilla se llamaba Rodolfo Rodríguez, de oficio panadero. Andaba en la guerra saliéndole al toro en las fiesto-pachangas llamadas chonadas por el rumbo del sur, donde era conocido como el Pana y se sumaba a la cuadrilla de Jesús González, llamado el Indio, que actuaba junto con su esposa, la torera Leonor Rivera, cuadrilla que perdió de forma dramática a otro integrante, Jaime Sánchez, por muy seria cornada que le dio en el cuello uno de aquellos pregonaos, toros de media casta, bravos, sí, pero sin casta ni clase alguna, que por esos rumbos toreaban.

Era un domingo 22 de octubre: Rodolfo Rodríguez empujó de forma intempestiva al Pana desde el tendido de sol; en uno de esos arranques que le caracterizaban, lo aventó al ruedo para hacer el reclamo de una oportunidad para torear, haciéndolo arrodillarse delante del palco de la empresa. Por aquel entonces, ni Rodolfo ni el Pana reconocían la biexistencia de ambos o el desdoblamiento de uno mismo. En un abrir y cerrar de ojos agentes policiales de la Delegación cayeron sobre él, mejor dicho quisieron caerle y echarle mano pues él, vestido a su usanza, de pantalón vaquero de mezclilla, paliacate al cuello y alba camisa recogida por arriba de la cintura y anudada sobre el ombligo, ejecutando torerísimos quiebres y recortes dejó a sus perseguidores asombrados y con la lengua hasta el cuello. Después de alborotar a la concurrencia se escabulló momentáneamente trepando al tendido, para luego ser atrapado por los justicias y remitido a la Delegación, transportado enjaulado en la peculiar julia. Intercedieron por él matadores y periodistas, y el mismo juez de plaza de aquella tarde; matador en retiro, muy toreramente también pidió su exculpa.

Su muy ansiada y esperada presentación en la gran plaza se anunció para el domingo 6 de agosto de 1978, acartelado y difundido en la prensa y hasta en los carteles “de mano”, como el espontáneo que se le tiró al Capitán, cosa que el tal Pana acostumbraba realizar con cierta frecuencia, buscando más llamar la atención que oportunidades muy difíciles de llegar, pues bien se sabía y era del conocimiento de todos que el Pana solía hacer con frecuencia el numerito del espontáneo y muchos otros con la mira única de llamar la atención. También se sabía que el arrojarse de espontáneo era, según el rito en la religión del toreo vigente esos días, y lo sigue siendo, una especie de sacrilegio: pecado mortal que sin duda mantendría al panadero alejado de toda posibilidad de ver su nombre en algún cartel de la gran plaza. Pena que compartían también algunos novilleros que, aparte del peregrinaje a las oficinas de la empresa, realizaban algunas otras acciones, como huelgas de hambre o de ayuno frente a la puerta principal de la plaza.

De lo ocurrido la tarde de domingo en la esperada presentación, los recuerdos y la prensa hablaron bastante sobre Rodolfo Rodríguez el Pana, que así se anunciaba —nos dice el historiador González Fisher— en un cartel de oportunidad para él y otros cinco, de los que dos eran de los ayunantes y huelgadehambres. La tarde, con toros de la ganadería de Santa María de Guadalupe, propiedad del médico y ganadero poblano Alfonso Castro, fue la tarde, decíamos del Pana, quien logró capturar la atención de la concurrencia desde el momento de partir plaza.

Hasta los más viejos concurrentes al llamado “embudo de Insurgentes”, aquellos veteranos del tendido que se reunían en el Balcón 2 de Sol decían no recordar algún novillero que despertara tal expectación para la tarde de su presentación. Y algunos, los que se decían más sabihondos o sabelotodo, relataban los orígenes del Pana y su gran gusto, primero por conocer y luego recrear las suertes antiguas y muchas caídas en desuso que aparecían en las multicolores láminas de libros y almanaques.

Esa la tarde de su debut, Rodolfo Rodríguez salió de la plaza con las dos orejas de Reyezuelo, el toro que le tocó. Triunfo que le valió ser llamado para el cartel de la siguiente tarde, pero ahoya ya en tercia, con dos alternantes más. Y aunque desde aquellas primeras tardes mucho se dijo de que sin duda tenía todo para llegar a ser gran figura, y aunque aún ni Rodríguez ni el Pana, persistían sin enterarse del desdoblamiento de su personalidad que prácticamente dividía la vida de ambos en dos o la de uno en la mitad de la del otro.

El Pana logró desde sus primeros triunfos hacer lo que muchas grandes figuras no logran: dividir a la opinión. Ya antes el gran monstruo don Lorenzo Garza, a propósito de su paisano y ahijado de alternativa Manolo Martínez, había dicho que le faltaba algo para ser figura: ¡Que no dividía! Cosa que nuestro personaje logró desde su presentación. Desde la primera tarde captó la atención de los aficionados y obtuvo el gran placer de la “división de opiniones”, placer con grato olor a triunfo que sólo los que lo alcanzan disfrutan; pues lo mismo era elogiado a grandes alturas y expresiones, que era menospreciado. La prensa, con la crónica en la pluma de don Francisco Lazo a la cabeza, se encargaba de criticarle hasta con cierta sorna, pues este escritor del diario impreso en tinta color sepia, llegó a decir que si Rodolfo tenía alguna aspiración debía unirse al espectáculo, casi circense que entonces tenía el torero bufo llamado el Brujo Zepeda, muy popular y conocido como Los Cuatro Siglos del Toreo, mismo que hacía alusión a los entonces cuatrocientos años que la fiesta y la gran influencia tenían en la cultura y el regocijo de los mexicanos, después de la Conquista e Independencia. Para eso, y no para otra cosa, decían que serviría el torero nacido en Apizaco, Tlaxcala.

Y en el otro lado de la balanza, a favor de su popularidad, gran éxito y fama, que es de justicia mencionar, en esa temporada, la de 1978, el torero ocupó lugar en el paseíllo, vio su nombre en esos carteles por doce veces, de veintiún tardes en las que hubo festejo; es decir, en las novilladas de ese año él participó en un poco más de la mitad. Convirtiéndose, por tanto y gracias a su controvertida forma de ser, su trato desigual incluso con la prensa, en eje primordial de la fiesta y de esa temporada. Además se adueñó del escenario taurino dentro y fuera del ruedo, acaparado no sólo flashazos en una figura novilleril que tenía ya el derecho ganado, sino también, según la regla que no aparece escrita en ningún lado, pero que es generalmente aceptada, de que el novillero triunfador de la temporada novilleril, automáticamente se colgaba de algún cartel de la temporada grande. El titular de la empresa, doctor Alfonso Gaona, se encontraba en la disyuntiva, el verdadero vericueto de organizar o no en la plaza que él regenteaba la muy protocolaria ceremonia de alternativa, para recibir como protagonista, con el papel de toricantano a el Pana. Pero la intención de organizar la alternativa del controvertido torero, chocaba y mucho con las declaraciones del panadero, su lengua montaraz y verborreica le quitaba de oportunidades que sus gestores y simpatizantes con cierto poder obtenían para él: Que si había tenido que emigrar a España dado que en ésta, su tierra, ninguno de los integrantes de las filas de novilleros era rival digno y a su altura. Que el todopoderoso y mandón de la fiesta por esos días, Manolo Martínez, no le servía “ni para darle un abrazo”. Siendo así que él mismo cerraba las puertas que gracias a su manera de interpretar el toreo y las valiosas intervenciones de otras amistades le abrían.

La logística taurina del momento dictaba que la alternativa del novillero puntero debía dar inicio o arrancar temporada grande; para dar lugar a que si el nuevo triunfo o la corroboración de su posibilidades permitiera que los carteles de abono giraran en torno, no sólo a las figuras consolidadas del momento, sino también de las combinaciones y confrontamientos con quien parecía ser la esperada figura de México. Pero dada la peculiar y conflictiva manera de ser del aspirante al doctorado en tauromaquia y sobre todo la falta de control sobre su florida lengua, hicieron postergar el festejo de alternativa hasta el número doce, de diecisiete que constó aquella temporada.

Parte del éxito del panadero-novillero era realizar suertes de las que ya no se hacían. Ver al Pana gozar de la presencia de su figura desde el paseíllo: habano-puro en mano y terminado el variopinto desfile de los toreros, salir a saludar al tercio y recibir el cariño de su público era todo un espectáculo, y ya armado tanto de capotillo y muleta, intentándolo todo, brindando un repertorio digno de compilarse, reproducirse en videos y obligar a los jóvenes toreanderos de hoy a tomar clase y nutrirse de su inspirado toreo. Como ejemplo de ello recordemos las crónicas:

En su segundo: antes de abrirse de capa, simuló llevar el percal en torno al cuerpo, como quien se pone garbosamente un sarape de Saltillo, a la vez que giraba en contrasentido al viaje del toro y luego cadenciosamente, con mucha calicatencia —palabreja salida también del ingenio de nuestro personaje— desplegarlo para dar el lance que él bautizó como la tlaxcalteca. No faltaron las verónicas, las ajustadas chicuelinas, las espeluznantes tafalleras, llevando el burel al caballo por mandiles muy bajos. En el tercio de banderillas, se le veía colocar los garapullos con singular estilo, dejándose ver mucho, tanto por el toro cómo por el público entusiasta en los tendidos que la mayoría de las veces, batiendo rítmicas palmas le obligaba tomar los garapullos que ponía en pares de los que salía siempre muy jarifo y garboso. Y en la faena de muleta de su primero, un desplante de lo que ya no se ve: el farol, ejecutado con la roja muleta, para al rematarlo dejarse caer, ir cayendo de hinojos, de espalda frente al toro, en estampa de tiempos idos, mientras embrazaba muleta y ayudado, como si de un triangular cucurucho se tratara. Todo en una muestra de condición física excelente, para levantarse y salir con un andar muy jarifo, muleta al brazo. Nada de aventar al aire los avíos, nada de actuares aspavientosos, sin faltar el escándalo o estruendo que se armaba cuando surgía en un momento de casi celestial inspiración el trincherazo a nivel “monstruosidad”. Estampas éstas, todas ellas salidas del álbum de los recuerdos del buen torear de antaño.

Logró Rodolfo, panadero de oficio, además de alarife, aprendiz de boxeador, vende-todo, después de múltiples juntamientos placenteros incluida aquella codiciada prostituta conocida como la Rompecatres, cumplir su ardiente deseo de calenturiento mozalbete de ensabanarse con una rubia de enormes pechos rosados, como aquellas que veía adornar los multicolores almanaques, colgados en las descascaradas paredes de los talleres, donde también se desempeñó de aprendiz de mecánico.

La esperada oportunidad de su reaparición llegó. En los andurriales de la gran plaza se arremolinaba el público, mezclándose con el pueblo los cronistas chipén y de abolengo, todos con la vista fija al final de la avenida por donde había de aparecer Rodolfo Rodríguez vestido de torero, de Pana, que esa vez no venía en calesa, o berlina, tampoco montado en una bicicleta con tremendo canasto de pan guardando el equilibrio sobre su cabeza, cuyo lacio peinado remataba una auténtica trenza, exornada con negro moño de seda. Esa vez tocó llegar al acceso de la puerta de cuadrillas en una combi, furgoneta Volkswagen conocida como pesera, transporte público con costo —ya histórico— de un peso.

Momentos antes, el espejo del cuarto del hotel había contemplado la transformación de Rodolfo Rodríguez en el torero que, ya vestido de luces, sonreía despidiéndose de la imagen borrosa de Rodolfo, preguntándose si el propietario de aquella cara, que le veía desde el espejo, se quedaría ahí o iría con él a la plaza. En el tendido ya le esperaba su fan número uno, doña Nieves, con su infaltable ramo de rojos claveles entre las manos, para arrojarlos a su torero en la vuelta al ruedo, recordando que, con triunfo o sin él, daría al menos un par de vueltas, bajo cualquier pretexto; un par de banderillas al estilo Calafia, par que lleva ese nombre por haberlo realizado por primera vez el Pana en la plaza Calafia de la Baja California, colocando los palitroques a la media vuelta, en escorzo, pasándolos por sobre de la cabeza, a diferencia del par del Violín, donde pasan las banderillas por sobre el brazo. Eso o cualquier otra ocurrencia sería suficiente. El gran sueño de verse nuevamente en “La México” era realidad y por eso, el Pana ejecutó su lance del sueño, recibiendo a Chocolatero (así se llamó su enemigo), enhilado a tablas, cambiando por delante una punta de capote a la mano derecha, para luego pasarlo por arriba el hombro; lo hizo un par de veces, para continuar toreando a la verónica, de manera increíble por la lentitud, entusiasmo e inspiración que puso al ejecutar tan bella suerte. El remate fue una revolera y luego a paso veloz, en medio de tremendo alboroto realizó aquello que él rebautizó como panaderinas, un quite combinado de chicuelinas con tafalleras. Nada nuevo, pero en sus manos y su porte, todo un invento de genial realización. Brindó a aquel otro personaje de novela, extraídos los dos del terreno de la leyenda, aquel que había servido de inspiración para la novela Más cornadas da el hambre. El mítico Ciego Muñoz, quien recibió el brindis desde las alturas, en la fila 23 del tendido de sol, el texto del ofrecimiento: “¡Va por usté, viejo precioso, por lo mucho que me ha ayudado!” Los chavales de la prensa, al día siguiente se deshicieron en elogios. Rezaban los titulares: “¡El Pana” hizo el milagro! ¡Como en los viejos tiempos, cortó una oreja y salió a hombros! Eso y más escribieron sus entusiastas plumas. Murrieta confesó: “Yo no sabía si aquello había sido arrancado del realismo mágico de Arreola o de historias de García Márquez”. El cronista, llamado por aquellos años el Joven, confesó que llegó a sufrir alucinaciones por las noches, en las que veía al Pana charlando en la puerta de cuadrillas de “La México” con Fernando de los Reyes, el Callao, torero de los años cincuenta y paisano del panadero. Doña Nieves, cubierta de elogios y enhoragüenas por lo hecho por su torero fue convertida en verdadera reina de la fiesta.

Entre altibajos aparecían los triunfos. El garbo, la personalidad ante todo. Pero al final de temporada, la conclusión fue muy clara: el Pana, de espontáneo a figura de los novilleros, el año 1977. Temporada que dejó algunos momentos que se guardarían por siempre en la historia de la tauromaquia mexicana. Se destacó la figura del matador Jorge Gutiérrez como triunfador indiscutible y nuevo consentido de la gran plaza.

Para el domingo 18 de marzo del año de 1979, aparecieron en las carteleras de la plaza y en las esquinas acostumbradas los carteles que rezaban: “A las cuatro de la tarde en punto, y previo permiso de la autoridad que presida, partirán plaza para lidiar toros de: 1 Heriberto Rodríguez 1, para el caballero en plaza Gastón Santos, padre y en la lidia de a pie 6 Campo Alegre 6, para Mariano Ramos, que actuaría de padrino del doctorado, y el entonces jovencito Curro Leal de testigo y Rodolfo Rodríguez”.

Cuentan los que lo vieron y lo vivieron, que el Pana llegó aquella tarde a la plaza en calesa y fumando un tremendo puro. Doña Nieves, aquel personaje del primer tendido de sol, que con el tiempo ganaría gran celebridad con su grito, entonces estereofónico, que aumentaba en decibeles con las manos en la boca haciendo de bocina: ¡Arriba el Pana! Este grito se escucharía, desde entonces en cada corrida, domingo a domingo, estuviera o no en el cartel el torero de doña Nieves, y ya desde las doce horas del día, durante el sorteo, los altos muros de los corrales de la plaza hacían eco al grito, que llegara a ser popular y mucho se escuchaba, convirtiéndose en grito de guerra, incluso si no estuviera en el ruedo el de Apizaco. ¡Arriba el Pana!

¡Divide a la prensa la tarde de su doctorado! Ésa fue la concluyente manifestación escrita de la prensa. Comentarios y reseñas resultaron encontrados y contrastantes, como la vida hasta entonces y mucho tiempo después del torero apizaquense y con franca división de opiniones, aquel domingo de inicio de primavera. El ya arriba mencionado Francisco Pancho Lazo, con la titulación de su crónica “Curro Leal merece más oportunidad”, se cargó contra el debutante matador resaltando el hecho de que Leal haya cortado una oreja y a la vez restando importancia a la actuación del neo torero, de quien dijo no tener las facultades necesarias para ser torero y que, esa su alternativa había llegado a ser a empujones. Según su punto de vista, el Pana había desperdiciado sin aprovechar los dos toros que le tocaron esa tarde, intentando torear más al público y actuando más que toreando.

El muy creativo y tildado de genial escritor, Carlos León, afirmó que el de Apizaco “tiene grandes cualidades, pero que su estilo es, de suyo, dispar”. Incluso, y dentro de su genialidad narrativa, y haciendo alusión a los antecedentes de tahonero, a propósito del pan y su elaboración manual, cosa a la que el Pana se dedicaba, dijo: “Que el diestro a veces puede ser un pastel de bodas y a veces un vulgar mendrugo”. El colmo de la disparidad crítica vino cuando uno escribió aseverando que el Pana “Pegó uno de los petardos más estrepitosos de las últimas temporadas”. Mientras los otros afirmaban: “El Pana llenó la plaza”, destacando el gran poder de convocatoria de quien con los años desarrollara una gran personalidad, llegando a ser llamado y obtener el título, casi nobiliario en estas tierras de Brujo de Apizaco. Sin duda una gran personalidad, pero, por aquellos años, último cuarto del siglo que terminó, Rodolfo Rodríguez y el Pana, eran, como dice la canción: “uno mismo”. El desdoblamiento, su magia, la tragedia vendría, con los albores del presente siglo. El evidente alcoholismo le hacía presa y desesperante resultaba acudir a una plaza y temer lo que frecuentemente ocurría: el Pana no llegaba al patio de cuadrillas pero si lo hacía, era en situación deplorable. Rápidamente en los tendidos se esparcía la noticia que no era ya una novedad: sucumbió a la terrible enfermedad que le hacía fácil presa. La expresión de todos para lamentar lo ocurrido era la misma: “¡Es una pena!”

Nuevamente acudimos a los baúles de los recuerdos y leemos las crónicas en las páginas amarillentas de los diarios de esos días, a las notas y apuntamientos que nos permiten conocerlo a fondo.

Con las primeras gotas de lluvia que cayeron les brillaban a los toros las puntas de los diamantes de los pitones, como las gotas de rocío al amanecer. Escampó, en la faena del segundo dos tandas de derechazos con un mando de maestro para terminar con sanjuaneras, que pidieron pincel, paleta de colores y lienzo de pintar. No debieron haber permitido entrar a la plaza con cámaras, videos y dejar tomar fotografías, pues con las fotos se pueden robar pedazos del alma del último de los toreros gitanos. Además, lo que esa tarde hizo el Pana, no puede, ni debe retenerse en trozos de papel impreso; eso, de la retina debe de ir directo a grabarse al disco duro del cerebro.

En entrevistas posteriores, cuando se le preguntó sobre sus oficios, que aclarara si era o había sido tahonero o panadero, al referirse al pan de que tanto hablaba, cuestionándole:

—¿A qué pan se refiere, al partido político, Partido Acción Nacional, o al haber sido panadero o tahonero.

—A ambos tres —respondió.

Aclarando que tahonero lo fue, pues con sus morenas manos y abundante sudor, el que muchas veces, imitando la costumbre de sus colegas de oficio de secar el sudor de su frente, rostro y hasta brazos con el amasijo de la masa. Panadero, como tal lo fue, pues vendía, despachaba en la panadería, repartía y mercaba en las calles, montado en bicicleta y con el canasto equilibrado en la cabeza. Y la otra, concluye, también soy miembro activo de mi partido bicolor azul y blanco, el PAN. ¡El bolillo!

El también llamado Torero de Plata nunca jamás viste de luces con bordados en oro, usual entre matadores, argumentando: “¡No todo lo que brilla es oro!” Prefirió siempre vestir con bordados en plata: “¡Es más auténtica, más mexicana!” Esto lo dice afirmando con el puño enérgicamente cerrado. Se explaya, diciendo que le gusta más la seda en colores pastel y con bordados en pasamanería, por ser ésta más ligera. O si de metal se trata: como queda dicho, la plata”. 

Y solía expresar: “¿Pa’ qué quiero más? Si nomás partiendo plaza, los acabo”, les decía en su cara, hasta al mismo Zotoluco. Y continuando con sus audaces y puntiagudas críticas a este torero y a pregunta específica, responde: “Es un buen obrero de la tauromaquia. Hace muy bien su trabajo”. Y, hablando de otros compañeros de profesión o de oficio, sus dicharachos al respecto de la música en las plazas de toros, al inicio y durante las faenas decía: “Debieran que en vez de que les toquen la banda de música, ¡que les toquen el cilindro!”

Durante toda la tienta de una de aquellas a las que con frecuencia era invitado, fue tanto lo que se dedicaron a molestarse ambos toreros, el Pana y Villanueva. Toreros aquellos de los que el ganadero afirmó: “Que para ser torero de esa catadura se necesita pasar primero por el siquiatra”; o lo que es lo mismo: para ser torero de éstos hace falta estar loco. Tanto molestaron los dos al Porris, que era un chaval, gritándole:

“Más erguido. No agaches la cabeza. Los pies quietos. Quítate la mano de la cintura. No dobles las rodillas”.

Y el remate vino cuando el Pana sentenció:

“Andas como andan nuestro toreros de hoy, Rafael Ortega de rodillas y el Zotoluco en cuclillas”.

En esa misma tienta, de Alfonso Zamora, el maestro, Pana reconoció sus buenas maneras, pero dijo: “Lástima que tiene dinero y no tiene hambre de ser torero”. Lo mejor de la tarde de esa campera tienta vino cuando el R.P. Juan, el presbítero del templo de Santa Anita Nopalucan, encomendado y encargado por el obispo de Tlaxcala para organizar la corrida del domingo siguiente a beneficio de Cáritas-Tlaxcala, convirtiéndose por tanto el tal padre en “comisionado taurino del Obispado de Tlaxcala” y a la vez gerente de la empresa. Pues ante el fragor de la tienta el padre se animó y se lanzó al ruedo para torear al alimón con el matador Villanueva. Después de dos lances la vaca, que a esas alturas ya había desarrollado sentido, se fue directa sobre el padre, dándole una marometa de tal forma que, cayendo doblándose sobre sí mismo, nos hizo temer por una grave lesión. Fue al momento de la caída, al contraerse su cuerpo de forma aparatosa que ¡salieron de él como mil demonios!, exclamó el Pana. Y lanzó la reflexión: “Tuve la impresión de que era algo semejante a lo que a mí me pasaba cuando un demonio interior que me había estado castigado dentro de mí salía rugiendo”.

Momentos antes, cuando se acercaba a la vaquilla, le dijo:

“¡Vamos, padre! Para que pague todas las penitencias que deja”.

Después de la primera caída, el reverendo se levantó y sacando la casta, citó garboso a la cárdena, que al embestirle le dio nuevo arropón, provocándole nueva caída. El padre, todo maltrecho, arrastrándose y a gatas, como pudo llegó al burladero, donde el Pana casi le obligó a salir del refugio empujándolo:

“Vamos, padre, levántese y acuérdese que de Jesucristo fueron tres caídas. Falta una caída, según el Evangelio tienen que ser tres. ¡Aproveche y ofrezca su penitencia al Señor de las Tres Caídas!”

De todo lo antes dicho, cuando el padre manifestó su decisión de torear, el Pana sentenció lo más verdadero y cierto que ahí se dijo:

“¡Venga, padre, que esto de torear es como oficiar misa!”

Acudieron también a la tienta al conjuro del maestro Pana invitado de tentador y al pasarse la voz en todo el pueblo, Azael Piedras el Huesos, Martín López el Capulín, Joaquín Angelino el Porris, Muriel Ortega el Tequililla, todos bautizados con esos sobrenombres por el Pana, quien desde el tiempo en que comenzó a destacar se distinguió por esa manía llena de ingenio por sustantivar las cosas y apelativar a las personas. A quien fuera su rival y con quien armó un buen final de temporada de novilladas, dando lugar a que uno de los dos diera el gran paso a la alternativa fue César Pastor, a quien hizo llamar el Borreguero, y al empresario que había de darle sus mejores tardes y llevarlo a recibir la borla de matador, ganando buenos pesos le llamó Doctor Ganona.

Las agresiones verbales, los dimes y diretes entre los dos matantes dieron comienzo cuando el Pana en su primera vaca, al inicio de la faena de muleta se fue a poner de rodillas, citando muy pegado, no a tablas, sino al muro de mampostería de la placita de tientas. De inmediato Villanueva le gritó: “Pero si no te vas a poder alevantar y te vas a ver complicado”.

Vinieron los tres lances de rigor aguantando y comprometido en esa posición y ya después, cuando Villanueva bregaba, don Pana, agitado y casi sin aire, correspondió al grito anterior de esta manera:

“Si ya no puedes, si ya te cansates, quítate y deja al joven”, señalando a quien por mal nombre llevaba el de Porris, que venía puesto detrás de Villanueva. La cosa no quedó ahí, todavía remató: “Pareces subalterno de los de hoy, bueno para nada”.

La tienta continuó: las vacas resultaron extraordinarias, yendo al caballo desde lejos por tres veces, destacando la tercera, una ensabanada que contrastaba con las cárdenas claras, ésta de cornamenta más apretada, y continuaron las expresiones como aquella del Pana a Miguel Villanueva: “Pareces madre de cantaora, collona y en buen lugar”.

En terminando la tienta, toreanderos, ganaderos e invitados hicieron el paseíllo al comedor de la hacienda. Nuestro personaje, al ver los suculentos platillos y lo bien servido de la mesa, ya con plato en mano, exclamó: “¡Atásquense, ahora que hay lodo!”

El Vende-Loros, aquel célebre y bienquiso ganadero. El Águila Negra, nombre muy peculiar y descriptivo tocó a otro ganadero también de apellido Rodríguez. Vendaval y Virus a los hermanos García-Méndez, ganaderos de bravo a quienes también hizo llamar los García Liendres. Son éstos algunos de los nombres que el genio creativo del tahonero inventó, siendo algunos otros, el Niño del Bar, a aquel jovencito banderillero que el paso de los años hizo llamar el Señor de la Cantina; el Chupacabras, al matador Jerónimo, cuando empezaba sus presentaciones; pues “Chupacabras”, nombre muy esotérico y mitológico junto con el unicornio, el ave fénix, el centauro, el hipogrifo, el minotauro, todo ese animalario e imaginario que todo mundo tiene en mente, pero que en realidad nadie ha visto alguno. El apodo venía bien al caso por aquello que de Jerónimo se decía: “Que era un monstruo, pero nadie había podido verle”. Otros sobrenombres de célebres personajes, nombres de su creación que deja para el recuerdo: Demonio de Tasmania, para el empresario Rafael Herrerías; Pánfilo Ganso, al matador en retiro, apoderado y hoy en retiro de todo: José Manuel Espinosa. Hijo de Blancanieves le decía al matador Cavazos, Panzolo Martínez al difunto Manolo Martínez. El Coruco al entonces novillero Jesús Luján, y el Fierrero a quien se despeñaba como empleado de cierta ferretería, el Pausao al también matador Guillermo Veloz, en alusión no sólo a su apellido sino que, al torear, de pausado no tenía nada. Rifao, Cascabel, Pipo, Joronguito, Malasombra y Muégano son otros de los apelativos con los que llama y hace llamar a gente de coleta. Pero sin duda su ingenio se manifestó al máximo cuando en una asamblea de la Asociación de Matadores, Eulalio López le reclamó enérgicamente y ante toda la concurrencia, el porqué le había puesto el mote de la Changa. Serio, sereno, con temple, parsimonioso, el Pana le respondió: “¿Ay matador, pues que en su casa no hay espejos?”

Y es que el torero panadero es, como bien dijo Carlos Monsiváis al referirse a nuestros políticos: “No son de ideas, son de ocurrencias”. Pero en este caso ocurrencias que rayan en genialidades de embrujo, agregamos. Y para muestra una crónica de época:

El broncón, de aquellos que ya no se ven en las plazas vino en el cuarto. Ya antes, en el lidiado en tercer lugar, que resultó bravo y agresivo cumpliendo con la sentencia gitana: ¡Que no te salga un toro bravo! Codicioso al caballo, al estar el Pana fuera del burladero de matadores durante el tercio de banderillas, desprotegido, sin capichuela, el toro hizo por él de fea manera, lastimándole un tobillo al arrollarle. De este toro que hablamos, el cuarto, su toro, el maestro panadero no quiso saber nada, salió el toro agresivo y bravo como su anterior hermano, provocando tumbos y el Pana de manera tan sorpresiva como improcedente, solicitó que se cambiara el toro, simplemente, porque a él no le agradó. El tercio de caballos fue una masacre. El matante refugiado en tablas quejándose del tobillo y los de a caballo ensañándose con el de Monte Cristo le dieron duro, le pegaron así de puyazos aquí y acullá y lo dejaron como a un iraquí después de bombardeo. El cambio de tercio sonó por tres veces y la escandalera impedía que los matadores de a caballo se enteraran de la ordenanza dada por el clarín. Los baños de cerveza fresca y filtrada por riñón que recibieron los de castoreño les dejaron los sombreros para lavado de tintorería. Sólo así entendieron que debieran retirarse del ruedo y así lo hicieron. Durante el tercio de banderillas el Pana continuó oculto en el burladero de donde salió al tocar el clarín de muerte para saludar en el tercio y con el índice de la mano derecha en alto, anunciar un toro más de regalo por su cuenta; para proceder a liquidar sin mayor esfuerzo, sin el mínimo lucimiento y con la bronca inteligente y engañosamente ya controlada con el anuncio del regalo. Y así mató a ese cuarto de la tarde. Pasándola a mal pasar. Como pudo, mató al verdadero enemigo de su quehacer taurino y después se retiró de la plaza dejando a su público engañado y con un palmo de narices. Ya que, por supuesto, nunca hubo regalo alguno.

Siempre se ha dicho que la “Monumental” de su tierra sólo se llena al conjuro del anuncio de su nombre, que luego habría de llevar de manera oficial; pero la entrada de ese domingo, no llegó a un cuarto de su cupo, sin saberse cuál iba a ser la actitud de esa tarde del mentado Torero Brujo, quien les hizo la gran faena a sus seguidores, dejándolos plantados en la plaza de toros, quienes precisamente a las cuatro de la tarde en punto gritaban: “Queremos ver al Pana”, “Tan siquiera verle partir plaza”, pues muchos de sus fanáticos y admiradores con eso se conformaban. Y, como si cantara Sabina: nos dieron las 4:15, las 4:30, las 5 menos veinte y las 5. Los otros dos alternantes hicieron el paseíllo entre el griterío que exigía la presencia del matador panadero, surgiendo entonces un nuevo clamor, pidiendo que fuera sustituido por otro coletudo de ahí, de Apizaco, el llamado Pausao, quien de “pura casualidad” desde las cuatro en punto ya se encontraba en el patio de cuadrillas con la ropa de torear y listo para vestirse en cinco minutos. Ahí queda la duda de cómo se enteró de que Rodolfo Rodríguez les iba a hacer el desaire a sus paisanos. Lo cierto es que él, de coleta natural y trenzada se había cuidado durante dos largas semanas de no ingerir ni una gota de neutle. Muchos testigos le vieron en faenas de tienta, en casi perfectas condiciones. Y el guarda-plaza afirmó a la prensa que por veinte días fue religiosamente a entrenar y a diario subir el cerro cercano para mantenerse en forma. Cronistas de re-nombre llegados de la capital, incrédulos ante la evidencia de su ausencia, fueron a visitarle a su casa y asombrados corroboraron que el llamado Brujo de Apizaco dormía entre ronquidos, con albos y espesos babeos de pulque, despidiendo el santo olor de la pulquería.

Situación similar se repitió en tarde de corrida de feria en la plaza de Huamantla. El Pana estaba anunciado para el día siguiente en Apizaco, pero esa tarde se vio a Rodolfo Rodríguez pañoleta de paliacate al cuello, primero visiblemente briago, luego al bajar del tendido al atender el llamado de su vejiga rodó por las escaleras, para volver a aparecer ya completamente alcoholizado. A la salida fue preocupante verle conservar con dificultad el equilibrio mientras el chiquillo torero que le acompañaba, preocupado trataba de llevárselo lejos de quienes pretendían hacerle seguir bebiendo, entre ellos Rodolfo Rodríguez y el Rifaó, que sonreían mefistofélicamente. Si Rodolfo lograba tumbar al Pana, el Rifaó haría el paseíllo sustituyéndole. Ésa no sería la primera vez que el Pana terminara un festejo tirado en el suelo, orinado, como un fardo rebosante de inmundicias.

Pero la película viviente que vimos el domingo de la supuesta despedida, contenía estampas de Rodolfo Gaona, Rafael el Gallo, Lorenzo Garza y Silverio, que ahí quedaron. La imagen del Pana con esa su cara de litografía antigua, al inicio de sus faenas, mismas que realiza, como debe ser, con el acero toledano en mano y no con el ayudado o espadita de palo. Fue muy clara la advertencia a los compañeros de tendido, que se afianzasen bien de las coderas que dividen los asientos en la Plaza México: “Esto va a dar la vuelta totalmente al primer trincherazo”.

Y así fue, y así quedó registrado en las crónicas. La plaza dio un vuelco total. Las fotos que ilustraron las notas de los diarios, aunque a colores, parecían viejos y bellos daguerrotipos, y así ocurrió, la locura en la plaza nada más viéndole hacer el paseíllo, con tremendo puro en la boca y capote de seda sin liar al hombro, arrastrando los pies, dejando a cada metro amargos momentos. A medio recorrido hubo de detenerse, aspirando el puro; y exhalando el humo volteó la mirada, separó los pies. Bien disimuló el golpe que sintió en el estómago, aquel vacío que luego recorrió su cuerpo como un escalofrío, y sus ojos mestizos miraban hacía atrás. El Pana veía ansioso: buscaba si Rodolfo Rodríguez se había quedado o venía siguiéndole.

Al salir del pase aquel de trinchera, el Pana, vestido de torero en rosa, bordados en plata y remates y cabos en blanco, convulsionó, contorsionándose, permitiendo salir a Rodolfo Rodríguez al desdoblarse su cuerpo, revelándonos su otra cara, la que salía de un profundo pozo, asomándose a la esperanza, dejando constancia de la presencia de ese doble ser, fenómeno de soledad y multitudes que le hacen ser solo uno. Inconfundible. Días después de la inolvidable corrida, en entrevista con el muy popular Carlos, le comentó que el presidente de la republica había visto la corrida por la tele con su gachí al lado. La señora presidenta, quien confesó que mucho se había emocionado por el inusitado brindis a las buñis, suripantas, meretrices, rameras, jacarandas, a las coimas con las que algunas veces se había ensabanado. La verdad, al verlo torear como esa tarde estuvo venía a la mente el pensamiento que canta la zarzuela: “¡Nadie sabe de dónde saca, tanto cuanto destaca!”

Y entre tantos comentarios y elogios, hasta la voz agitanada se escuchó: ¡Joder Mare Santísima, mire usté, que lo que ha hecho er Pana con tanta sabencía taurina, que ha armado er escándalo y ha revoloteado er cotarro. Enhoragüena Pana!

Y así transcurrieron los años, desde que anduvo maletilla al hombro, hasta llegar a ser lo que nunca fue, y se iniciaron las “despedidas”, múltiples, repetitivas, casi cotidianas. En la plaza de Huamantla, la más cercana a su casa en Apizaco, sonaron los 3 avisos 3 en su primer toro que fue devuelto vivo a corrales, habiéndose dado una tolerancia extra de más de tres minutos para que sonara el tercero. Y en su segundo toro, supuestamente el de despedida, los relojes se detuvieron hasta cuatro minutos, sin hacer sonar el clarín, para que no se le fueran sus dos toros vivos. La salida en esa plaza, al igual que el acceso, es por un pintoresco callejón que da a la calle principal de ese pueblo con título oficial de “Mágico”. Salen y entran por ahí, matadores, actuantes cuadrillas, el público todo, vendedores y trabajadores de plaza, por lo que al salir el matador el Pana se encontró de pronto, frente a frente con quien esto escribe y quien aquella tarde presidió el festejo, por lo que sin bajar la vista pero sí con una cara muy compungida y apesadumbrada dijo:

—Disculpe, usía. Los toreros somos como los toros, a veces funcionan, y a veces ¡no funcionamos!

Dejó huella enorme al intentar despedirse como figura del toreo. Fue aquella tarde que surgieron las inolvidables faenas a Rey Mago y Conquistador, toros para una tarde mágica como el nombre de su primer toro. Tarde irrepetible que ni siquiera por vagos barruntos debe buscar vivir y hacernos vivir de nuevo. Después de este fallido, bien pensado y anunciado intento de despedida, los cronistas enterados escribieron que, por favor ya debe retirarse y no tratar de reaparecer en la gran plaza. Quizá la delgada o casi vacía billetera le orille a torear algunas cuantas tardes más en provincia y levantar algo de efectivo pa’ los tiempos que vienen, ya que ha despilfarrado el dinero con mayor rapidez que con la que lo gana, gastando en parrandas, alcohol, en antros y prostíbulos y malgastándolo en el diario vivir con los suyos.

En ésas anda y cuando Rodolfo Rodríguez junto con el alcohol, el pulque y las bebidas espirituosas ganan la pelea, el Pana sufre la derrota y vienen los internamientos, los ingresos a los anexos de AA, algunas veces con trato médico, otras verdaderas reclusiones medievales, donde con el tormento de la privación del alcohol el Pana se desquita de las malandanzas de Rodolfo Rodríguez.

Y al estar mirándose al espejo, con los dedos, y luego con la palma de la mano, como queriendo embadurnar el espejo de una sustancia invisible, tratando de difuminar la imagen de Rodolfo Rodríguez que tanto le atosiga y poder salir, huir de ese galimatías. Para nosotros quedará vivo y por siempre el recuerdo de su cordial, respetuoso y sincero saludo, tocándose con el índice el ala de su sombrero. “¿Cómo está su menda?”

Después de lo ocurrido el 7 de enero, el Pana miró fijamente al espejo y escuchó la voz de Rodolfo Rodríguez, que le dijo:

—No vayas a escupirle la cara a Dios, llevándote a la boca una copa de vino.

Cosa que afirma al hablar de su promesa de mantenerse alejado del alcohol. Aunque no se le aprecian sentimientos religiosos profundos, siempre se manifiesta creyente y respetuoso. Al hablar, hace referencia: Mi Dios y que todo viene de allá arriba, más ahora que Dios le ha dado todo esto y le ha puesto la mesa. Sin embargo, y al contrario en la mayoría de los toreros, él no acostumbra tener imágenes religiosas en los capotes de paseo y prefiere las que van bordadas de rosas o flores sobre tonos oscuros en la seda de liarse para los paseíllos.

Y de nuevo vino el plantón, la ausencia, la plaza ahora semivacía que se quedó esperándole. Y de vuelta su nombre en los carteles. El Pana reconoce: ¡Que no sé qué me pasó?

A él o a Rodolfo, o ¿Rodolfo le ha hecho sufrir una nueva mala trastada? El caso es que: ¡Cuando me di cuenta, ya estaba tomado! Y hablaba Rodolfo Rodríguez:

—Creo que el Pana y su menda van a estar bien y confío que pueda triunfar el domingo.

Hoy, Rodolfo está apoyando el final de la carrera del Pana. Aunque a veces no deja de jugarle trastadas. Rodolfo Rodríguez está en paz con el Pana, al menos le sonríe, quien sabe si burlonamente, cuando se encuentran en el espejo. Ya luego vendrán las justificaciones: ¡Ni modos, nosotros, también somos como los toros: ¡A veces funcionan y a veces no funcionamos!

 02 El Pana con puro.

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