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En busca de un padre

· enero 19, 2017

 

Antonio Bello Quiroz

 

En México se vive una larguísima transición a la democracia, tan larga que parece ya un estancamiento en donde se empoderan los intentos de privación de todos los recursos naturales, los pocos que aún quedan, y todas las formas de hacer política. Los intentos de privatización vía reformas estructurales han hecho que, sin embargo, surjan aquí y allá expresiones de ira social, de enojo ante el cinismo e impunidad con que se comportan la clase política y los poderes fácticos.

Es cierto, son expresiones sociales aún desarticuladas pero las más legítimas de los últimos años, esto en tanto que no están lideradas por los partidos políticos que son, en casi todos los casos, vistos como parte del problema. Es cierto, aún falta mucho para que sea un movimiento que pueda reconocerse como tal. Tampoco se podría comparar ni de lejos con la Primavera Árabe o el Movimiento de los Indignados en España, pero ahí está el horizonte. Por ahora, es visible, se han incorporado a las expresiones de “mal humor social” núcleos de población que hasta hace poco se mostraban indiferentes.

Desde luego que estos movimientos sociales tendrán que ser analizados por sociólogos, economistas, psicólogos sociales y otros profesionales similares (creo que un poco menos por los periodistas); sin embargo, tendríamos que preguntar si es factible decir algo al respecto desde el psicoanálisis, quizá atendiendo a la recomendación de Jacques Lacan en el sentido de que el psicoanalista deberá estar a la altura de su época.

Sigmund Freud jamás se desentendió de revisar los fenómenos de su tiempo; produjo desde ahí textos invaluables para pensar incluso los aspectos clínicos. Estableció de entrada que no hay distancia entre lo individual y lo social, entre el yo y el Otro, sino una continuidad que, con Lacan, es posible pensarla en términos topológicos (más allá de los habituales términos intuitivos e imaginarios), es decir, en términos de proximidad espacial.

En 1921 el inventor del psicoanálisis escribe Psicología de las masas y análisis del yo. Es justamente ahí donde diluye las diferencias entre el yo y el mundo exterior. Escribe: “La relación del individuo con sus padres y hermanos, con su objeto de amor, con su maestro, con su médico, vale decir, todos los vínculos que han sido hasta ahora indagados preferentemente por el psicoanálisis, tienen derecho a reclamar que se los considere fenómenos sociales. Así, entran en oposición con ciertos otros procesos, que hemos llamados narcisistas, en los cuales la satisfacción pulsional se sustrae del influjo de otras personas o renuncia a éstas. Por lo tanto, la oposición entre actos anímicos sociales y narcisistas cae íntegramente dentro del campo de la psicología individual y no habilita a divorciar a esta última de una psicología social o de las masas.” Pero además, siguiendo a Le Bon, establece algunas condiciones en la psicología de las masas que vale la pena tener presentes en la emergencia de las expresiones de descontento social (me reservo llamarle “movimiento”). Se trata de: a) Sentimiento de poder invencible: esto permite que en masa el individuo se pueda entregar a pulsiones que, de estar solo, habría reprimido. En masa el sujeto se vuelve anónimo, con lo que el sentimiento de responsabilidad que de ordinario le frena se ve anulado; b) Contagio: en la vida anímica de los sujetos (en particular de los neuróticos) todo es contagioso, y en la masa lo es a grado tal que el individuo fácilmente sacrifica su interés personal en beneficio del interés colectivo; c) Sugestión: Freud le compara con el estado hipnótico donde se pierde la personalidad consciente y así seguir las sugestiones impuestas por la persona del hipnotizador, que en este caso se representa por la masa o quien funge como líder o conductor.

Pero el interés del psicoanálisis por dar cuenta de los fenómenos sociales no se queda ahí: en 1927 Freud realiza otros importantes aportes en El porvenir de una ilusión, donde analiza en particular la institución de la Iglesia, y más tarde en sus reflexiones plasmadas en su texto El porqué la Guerra de 1933, texto que desde luego no podría alcanzar el nivel de profundidad si no antes Freud hubiese realizado su crucial análisis titulado El malestar en la civilización, o en la cultura, como se conoce, de 1930, donde termina de reconocer que en la vida anímica del sujeto hay una fuerza más poderosa que el principio del placer y que lleva el comando: le llama pulsión de muerte, heredera de la compulsión de la repetición. Esta poderosa pulsión se expresa como pulsión de destrucción o de dominio. En fin, el interés por los fenómenos sociales ha estado presente a lo largo de obra del maestro vienés. Quizá los trabajos que nos legó contengan más aportaciones que las ciencias sociales harían bien en no perder de vista.

Después de lo mencionado, es necesario destacar que el texto donde Freud inicia propiamente su análisis de lo social es de 1913-1914. Se trata del emblemático Tótem y Tabú. Ahí se propone que la constitución psíquica del sujeto se puede asimilar a una propuesta de constitución social en los hombres primitivos, es decir, al origen de las sociedades humanas. Se trata de un mito que es necesario para que, como todo mito, tengamos un punto de partida para pensar el origen de lo social y lo anímico o psíquico. Freud le llama “deducción histórico-conjetural” a lo que le permite comparar el totemismo con el desarrollo de la humanidad.

Nos ha costado pensar en lo que se mueve en la identidad en los mexicanos que hoy se expresan de manera cada vez más cuantiosa ante lo que les parece injusto, lo mismo en qué había impedido la manifestación ante tanta indignación. Avancemos un poco en este punto.

Muchos son los factores que podrían encontrarse en los motivos que subyacen a cada manifestante; sin duda uno de estos motivos (quizá inconscientes) bien puede ser la hostilidad que despierta la disparidad económica entre la clase política y la gran mayoría de la sociedad. Es decir, se reproduce lo planteado en Tótem y Tabú, como ya veremos, donde Uno (unos en este caso) gozan de todo y Otros, los más, de nada.

El planteamiento freudiano del mito de Tótem y Tabú puede resumirse en que en un momento determinado los hermanos, cansados del padre tirano, se reúnen y le dan muerte, devoran el cadáver y realizan una fiesta conocida como comida totémica; sin embargo, sin nadie que garantice el orden la fiesta deviene en desorden y destrucción, por lo que se ven llevados a establecer una efigie o Tótem que garantice la convivencia social.

Freud, deliberadamente, va a extrapolar al crimen primordial (el asesinato del padre de la horda primitiva) como el origen y desarrollo de la cultura. Es decir, y permítaseme hacer otra extrapolación, la situación que vive México reclama la reunión de los hermanos para “matar” al padre (derrocar el sistema de opresión) y, así, erigiendo un nuevo padre (garante de orden) posibilitar una transformación social. Esto no es sin un gran riesgo debido a que, muerto el padre, las prohibiciones, y entre ellas la más poderosa de todas, la prohibición del incesto, quedan en suspenso, quedando de esta manera liberada la poderosísima pulsión de muerte.

Quizá valga el riesgo construir una Revolución ciudadana como la que encabeza Rafael Correa en Ecuador desde hace una década, quizá valga ir más allá del miedo.

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