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Emmanuel Lévinas: la muerte, el humanismo y la responsabilidad

· diciembre 30, 2015

Emmanuel Lévinas: la muerte, el humanismo y la responsabilidad

Antonio Bello Quiroz

El 25 de diciembre se celebra en el mundo la Navidad; el filósofo Emmanuel Lévinas murió el mismo día. Si bien es cierto que la casualidad o la contingencia juegan su papel en esta coincidencia de fechas, no deja de ser significativo que el día de la muerte del más trascendente de los pensadores judeocristianos sea justamente en la celebración del nacimiento de Jesús (por lo menos cuando se ha acordado celebrarlo, pues es bien sabido que se desconoce la fecha precisa de su nacimiento).

Emmanuel Lévinas es un filósofo lituano-francés que hace de la ética la filosofía primera. Lector profundo de la Biblia, frente a la cual toma dos posiciones: por un lado, la del fiel judío que en su lectura se apega a la tradición hebrea, la Torá y su dimensión talmúdica, y por otro lado, la del filósofo que desde la fenomenología lee el Libro buscando una razón sobre la existencia del hombre, quien es definido, esencialmente, como el ser que ama a su prójimo, lo ama y es responsable de él.

Lévinas nace el 30 de diciembre de 1905 en Lituania, que entonces pertenecía a Rusia. Fue descendiente de una familia judía con tradición rabínica. Su formación está desde el inicio marcada por las lecturas talmúdicas, además de leer a muy temprana edad a los clásicos rusos: Dostoievski, Gogol, Tolstoi y Pushkin.

Es en 1923 cuando se traslada a Francia para iniciar sus estudios sistemáticos de la filosofía en Estrasburgo. Dos fueron sus principales influencias para su pensamiento y su vida: los encuentros con Maurice Blanchot y con Husserl y su fenomenología. Más tarde se va a trasladar a Friburgo para encontrarse personalmente con Husserl, pero éste se está jubilando y con quien se encontrará es con Martin Heidegger, lo que será determinante en su propia filosofía. Lévinas se encuentra con Heidegger para ir de la ontología hacia la ética, un pasaje del ser al Otro como fundamento de su filosofía primera.

El filósofo fue testigo de las dos grandes guerras, la primera siendo muy niño; más tarde su vida estuvo fuertemente marcada por la Segunda Guerra Mundial y muy en especial, por su condición de judío, por la Shoah nazi.

Ante la muerte de Emmanuel Lévinas el filósofo francés Jacques Derrida se ve llevado a decirle adiós en una alocución pronunciada en el cementerio de Pantin; es el adiós a un maestro, pero también a quien considera un amigo y al más influyente continuador de la filosofía después y en la línea de Hegel, pasando por Husserl y el propio Heidegger. “¿A quién nos dirigimos en semejante momento?”, se pregunta Derrida. Quienes hablan en el cementerio, nos comenta, con frecuencia terminan por dirigirse directamente a aquel a quien ya no está, ya no está vivo, que ya no responderá más. De él, de Lévinas, Derrida destaca el valor que le da a la rectitud, base de esa axiológica que enseña el filósofo lituano en sus Cuatro lecciones talmúdicas, hablando de Jacob, a quien considera el más íntegro de los hombres; la rectitud, que “es más fuerte que la muerte”, no implica ingenuidad en tanto que el hombre recto está al corriente del mal. La rectitud ofrece un sí incondicionado a la vida, incondicionado pero nunca se trata de un sí ingenuo que, en todo caso, “estaría indefenso ante el no y ante las tentaciones de las tentaciones” que serían la vía tortuosa que lleva a la ruina. En un texto llamado De Dios que viene a la idea, Lévinas dirá que la rectitud extrema del rostro del prójimo es una rectitud de exposición a la muerte, sin defensa. Quizás en esta vía de pensamientos sea posible articular el sentido de una radical expresión levinasiana que indica que la rectitud en el amar sería hacerse rehén del otro; así lo dice en un bello aforismo: “amar es hacerse rehén voluntario del otro”.

Derrida señala en su alocución que uno de los temas a los que nos despierta el pensamiento de Emmanuel Lévinas es el de la responsabilidad. Se trata de una responsabilidad “ilimitada”, que desbordaría y precedería a la propia libertad, una libertad más allá de mí. Sin embargo, la responsabilidad también se muestra limitándose; así lo escribe el propio Lévinas al final de la segunda de sus lecciones talmúdicas: “Es verdad que mi responsabilidad por todos también puede manifestarse limitándose: el yo, en nombre de esa responsabilidad ilimitada, puede ser también llamado a preocuparse de sí.”

Lévinas orienta sus reflexiones filosóficas a temas torales de la convivencia humana, tales como la justicia, el Estado, la responsabilidad, la libertad y, de manera relevante, la ética y la muerte (a la que define como lo absolutamente radical, o bien habla de la muerte como “paciencia del tiempo”, “la sin-respuesta”). No obstante, su pensamiento toma relevancia en tanto que permite pensar desde una arista muy particular el humanismo, el “humanismo del otro hombre”, como él le llama.

Su propuesta de humanismo se revela como importante en estos tiempos de violencia y guerra, reivindica una ética de la diferencia, que se sostiene en la alteridad como alma del pacto social, su garante y posibilidad. Se trata, en su pensar, de ir más allá de lo Mismo y el Uno que hunde sus raíces en la Grecia clásica y su filosofía para dar cabida a una filosofía, incluso como forma de vivir, que le da cabida a la otredad. Desde luego, para Lévinas, esta ética de la otredad estaría asentada en el judaísmo, en la tradición hebrea, dado que sólo ahí se puede sostener una relación fundante ante el Otro. Helí Morales en su libro Psicoanálisis con arte, Lenguaje, goce y topología, señala que para el filósofo lituano lo Mismo es impensable sin el Otro. Para Lévinas el Otro sería el Todo-Otro (el Absoluto-Otro), una anterioridad fundante sin la cual, en una derivación lógica, nada sería posible. Sin duda, el Absoluto-Otro es Dios, quien podría nombrar lo innombrable; sería el fundamento de este humanismo del otro hombre, uno que se encuentre ligado, desde ese vínculo fundante, con el rostro del semejante que sería la otredad inmediata y la compasión como vehículo.

Derrida habla en las exequias de Lévinas, en el momento de su muerte, pero el propio filósofo lituano nacionalizado francés se preguntó muchas veces sobre la muerte. ¿Qué sabemos de la muerte?, pregunta en varias ocasiones a sus alumnos. Para él la muerte es irremediable separación, la no respuesta como fin, que tiene como proximidad o antelación el sufrimiento y el dolor. La muerte es el enfrentamiento con lo Absolutamente-Otro, el misterio; así nos lo hace saber en su texto Dios, la muerte y el tiempo. En Lévinas la cuestión de la muerte no se puede desligar del tiempo, pero no se trata del tiempo lineal, cronológico, sino de la relación con un tiempo originario que llama con la expresión duración, que es un devenir en el que cada instante está cargado de pasado y constituido por todo el futuro. El tiempo así entonces viene del futuro, pero el futuro no es muerte, sino que la relación con el futuro se realiza en el “cara a cara” con el Otro, con el prójimo, lo que implica la realización misma del tiempo.

El humanismo de Lévinas tiene el valor de sustentarse en la muerte, la muerte del Otro; la muerte es tal porque se trata de la muerte de alguien, lo que no está presente en el que muere sino en el superviviente, quien está frente a la muerte como responsable. La muerte es así afectación del Otro en el Mismo, quizá ésta sea la limitación de esta concepción de la humanidad de un filósofo que moría el 25 de diciembre de 1995, cuando se celebra el nacimiento de Jesús.

 

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