(Primera parte)
Marco Julio Robles
Para el que conoce el mar, no interesan los afluentes.
Alejandro Jodorovski, Donde mejor canta un pájaro
Recuerdo que cuando iba en primer grado de secundaria se armó un alboroto porque en el siguiente ciclo escolar, por fin, llegarían las computadoras: habría un nuevo taller de aprendizaje. Seguramente las máquinas de escribir temblaron porque ya llegaba el reemplazo. Máquinas voluminosas, es cierto, pero con ventajas: no gastaban papel y brillaban en la oscuridad, lo que uno escribía quedaba almacenado en la memoria y los escritos se verían libres del oprobio de volverse papeles amarillentos, desgastados y llenos de polvo… A salvo, pues, de la vejez y del error, porque si uno se equivocaba, estaba esa maravillosa función que te permitía borrar sin necesidad de usar aquellas láminas blancas que servían como corrector en las viejas máquinas de escribir.
En no pocas ocasiones, a uno como alumno se le olvidaba su disco de 3 ½, entonces la crisis académica llegaba a su clímax porque ya era el momento el final de la clase y tenías que guardar los ejercicios realizados. Algún buen samaritano te podía prestar su disco; pero la capacidad era tan pequeña que a veces no cabía todo. Entonces a correr detrás de otro que ya había guardado el suyo en una lapicera llena de dulces, gomas y basura. Era eso o de plano perder la información generada.
A veces no somos conscientes de los cambios que se operan a nuestro alrededor o de la relevancia que tendrán en el futuro. No hay que crear artefactos –prevenía Hannah Arendt en La condición humana– cuyas repercusiones no seamos capaces de prever. Todavía me acuerdo de cómo intentaron que la maestra Consuelo, del taller de taquimecanografía, impartiera el de computación, porque ¿para qué más, aparte de escribir sobre papeles invisibles, podrían servir esos aparatos?
Aún estábamos lejos de saber que aquellos aparatos se convertirían en apéndices nuestros y que cumplirían funciones variadas y complejas. Tantas funciones son capaces de realizar que se han transformado en nuestros secuaces, nuestros amigos fieles o nuestros perseguidores. Me ha tocado observar la cara de pena y horror que ponen ciertos jóvenes cuando se dan cuenta que han olvidado el celular o, peor aún, el cargador. Y lo mucho que sufren porque tienen, ahora sí, por obligación o por hastío, que interactuar con los demás. Lo incómodos que parecen y cómo la palabra, el diálogo, es cada vez menos natural y más extraña. Hasta parece que los dispositivos electrónicos se han convertido en una parte más de nuestros cuerpos. Muchas veces sustituyen nuestra lengua. Es la memoria que almacena los datos, las cuentas del banco, las claves, hasta tenemos llaveros virtuales y recordatorios. Ya no es necesario sufrir por olvidar el cumpleaños de un amigo o el aniversario de un gato. Libros, fotografías, notas de voz, información encriptada. Ya no necesitamos diarios, ni libros de cocina, ni tampoco estar conscientes de nuestro propio cuerpo.
¿No duerme usted bien? Relax and Calm es la aplicación que necesita, esa aplicación es su reloj biológico fuera de su cuerpo. Una aplicación que es parte de su naturaleza, pero más allá de ella, y más fiable porque no está sujeta al error que entre los humanos es tan habitual y despreciable.
Ahora el acento del autocuidado no es la precaución que yo tengo de mi propia corporalidad y mi autoconocimiento, sino la maquinaria que la mide y la comparte con otras empresas, de suerte tal que mi insomnio entra en el juego comercial a gran escala. Por eso nos llegan, de un modo silencioso e impersonal, nuevas ofertas: calmantes o clínicas de sueño, terapias cuyos efectos ni se miden ni se controlan. Peligrosa época en la que los supuestos “saberes” están en manos de cualquier emisor que los comparte, sin tomar en cuenta el posible riesgo que implican. De ahí la proliferación de tutoriales que te enseñan cómo extirpar una muela sin la supervisión de un especialista o cómo hacer un nudo corredizo para suicidarte sin miedo a fallas desastrosas.
Por supuesto, las redes sociales, el internet y los dispositivos electrónicos, como cualquier otra herramienta, están supeditados a la racionalidad de los usuarios. Pero el bombardeo es tal, y la desinformación es tanta y tan diversa, que resulta difícil discernir mediante la razón lo que entra por múltiples vías sin orden ni control. Relación aún más complicada para las nuevas generaciones que han crecido con esta tecnología y que no han observado el cambio de un paradigma de transmisión de la información a otro. Los jóvenes cada vez dudan menos de la información que se les muestra en internet. Y cada vez más, también, pierde relevancia quién emite el mensaje. El mensaje que está ahí, y si está en las redes es porque pertenece al linaje de lo confiable. Navegan en la red, a menudo, sin darse cuenta de que se trata de una fuente de información globalmente manipulada, sesgada y tremendamente persuasiva. Además, por supuesto, de la adicción que generan.
En suma hay, en muchos casos, me parece, una ciega confianza en los dispositivos electrónicos. Llegamos a depender tanto de ellos que nuestra vida como hombres se ve facilitada pero también disminuida. Yo aún recuerdo con orgullo el número de teléfono del trabajo de mi papá: 4-05-86, número al que a los 5 años, cuando aprendí a usar el teléfono que era de disco, le marcaba para hacerle bromas que él continuaba con cariño y paciencia y que siempre atendía, aunque yo le llamara mil veces seguidas. Ahora ya no necesitamos memorizar números ni nombres. Gran parte de nuestra vida cotidiana está depositada ahí, en los dispositivos: lo podemos conservar “todo”. ¿Dónde quedará el placer de memorizar un número que te permitirá recordar una época que ya se ha ido? ¿A qué trasmundo ha sido condenada la belleza de lo invisible? ¿Podrá un niño cualquiera, en 30 años, valorar en su justa dimensión aquella frase que de tanto repetirse está a punto de entrar en la ominosa gaveta de los lugares comunes y que más o menos decía así: lo esencial es invisible a los ojos? Es, por supuesto, El principito, que vuelve con su estela azulada a recordarnos que no se trata de mirar mucho, sino de mirar bien. Si lo tenemos presente todo (en caso de ser posible), si nos valemos, sin criterio, de esa suerte de memoria externa, ¿qué sentido tendrán después aquellos versos de Rosario Castellanos que dicen: solo recordamos lo que amamos, lo demás jamás estuvo vivo? En suma, que el uso de estos dispositivos puede hacer de las artes de la memoria un recurso anticuado que ya está disminuyendo, de hecho, nuestra capacidad de concentración y el ejercicio de algunas otras facultades como la memoria y la asociación.
Esa tradición, frecuente en la antigüedad como lo testimonian los poemas de Safo, de vincular lo amado con lo bello natural, quizás está, como las máquinas de escribir de la maestra Consuelo, en desuso. El humano impulso de añorar y de vincular lo amado con lo bello está en crisis, porque tenemos videos, videollamadas, llamadas de voz, mensajes, correos, Instagram… Incluso Facebook actualiza tus recuerdos. En fin, estamos tan hípercomunicados y nos parece tan grato que corremos el riesgo de sustituir la cercanía personal con el vínculo electrónico, y el placer de recordar de manera espontánea con aplicaciones que nos señalan lo que hemos vivido. Y que Facebook, por ejemplo, asume qué fue importante y qué es uno lo desea recordar porque tuvo, en su momento, muchos likes.
Fotos y fotos, y más fotos en solitario. Sentado, parado, de espaladas, acariciando una tortuga. O con los bóxers un poco abajo, a ver si Facebook no censura mi foto, ¡qué terror, no hay que contravenir las buenas maneras de las redes!
Fotos tomadas con nuestras propias manos sin necesidad de otro que sostenga la cámara. Brazos que se estiran mecánicamente para tomar más fotos, más y más rápido, como si el tiempo verdaderamente pudiera congelarse. Como si entre más fotos —mil, dos mil, tres mil—, la realidad quedara ahí o fuera más real y más auténtica. O como si lograra transmitir de manera fiel qué o quiénes somos. La idea de felicidad, siempre la misma, muchos dientes, muchas sonrisas y hermosos paisajes manipulados. El error ya no cabe en nuestras cámaras ultracontemporáneas. ¡El nuevo iPhone tiene tres fabulosas cámaras, hay que captarlo todo! Y gracias a ellas tampoco cabe en nosotros el olvido o la nostalgia y el esfuerzo de recordar cómo era aquello que amamos y nos sorprendió en una tarde remota, que luego se volvió (¡y qué bueno!) invisible. Desgraciados de nosotros que hemos olvidado lo que Borges sabía muy bien: el valor que tiene el olvido.
Por eso, creo yo, es de elogiarse el error que nos permite rectificar y reconocer que lo humano no es una máquina precisa. Y también quisiera hacer un elogio del saludable olvido. Qué grato no tener todo ante la vista, entre nuestras manos. Qué grato ese olvido que camina con nosotros. Aún más, qué grato reconocer que a pesar del tiempo los nombres y los recuerdos quedan, invisibles, pero en nuestra memoria. Incluso más bellos de como podrían aparecer en una foto vieja. Una imagen que quizá tuvo numerosos likes de personas que están muy lejos de comprender el misterioso valor de su sentido.









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