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Elogio del cuerpo

· septiembre 28, 2016

 

Sara Paola Mateos Gutiérrez

 

Como lo señala Francisco González Crussí, en la visión occidental de la historia del cuerpo humano podemos ver un largo camino que se inició con su adoración, con los antiguos griegos, que actualmente subsiste, aunque las motivaciones sean distintas. La admiración y la atracción se debían al hecho de ver al cuerpo como portador de inmensa belleza, de placer estético, y de cuyo cuidado dependía el desarrollo pleno del hombre. En ese contexto, pues, es de suponer que la sexualidad tuviera un papel relevante y fuera más libre (basta recordar la celebración “faloforia”).

La Edad Media estuvo marcada por grandes contrastes. Con el advenimiento y difusión del cristianismo, la tendencia general fue de una desvalorización del cuerpo, herencia de filósofos como Platón, que lo definía como cárcel y tumba del alma; o, más adelante, la negación de Plotino y Porfirio para perpetuar sus cuerpos “degradantes e indignos” en pinturas. También se le consideró objeto de pecado y mancha, por lo que su tortura se volvió imprescindible para la purificación. Debido a esto, hubo una gran ausencia de interés por estudiarlo (pese a que las disecciones se retomaron en el siglo XIII), de tal suerte que las explicaciones falsas acerca de su funcionamiento abundaron.

Con la inauguración de la modernidad y los incesantes avances logrados en varias áreas, el estudio científico del cuerpo cobró gran auge. Es aquí cuando se consolidó la visión anatómica dominante. Las ilustraciones se hicieron con más realismo, los procedimientos para conservar cadáveres mejoraron, al tiempo que el arte, sobre todo la pintura y la escultura, sintió el influjo de la precisión cada vez mayor con que se conocía el cuerpo.

Posteriormente, en la época industrial, desde el establecimiento de las primeras fábricas hasta los monopolios de nuestros días, lo que se pensaba del cuerpo cambió. Si bien se ha vuelto a venerar, se hace en función de concebirlo como un objeto preciado del que pueden ser extraídas diversas partes que reemplacen las de otros, o como susceptible de generar grandes ganancias en torno a su arreglo. La paradoja es que bajo esta aparente veneración, al mismo tiempo se le sigue considerando una vestidura, a lo sumo una carta de presentación, que mucho tiene que ver con la vetusta disputa de supremacía entre racionalidad y corporalidad, donde esta última, por sus notas de corrupción, transitoriedad y sensibilidad, suele perder.

Si nos preguntaran qué es lo que más nos produce asco, seguramente responderíamos cosas relacionadas con lo más natural: nuestro cuerpo y su funcionamiento, tales como vómito, sangre (de menstruación), mucosas, bilis, excremento, sudor, olor de orina, etcétera, considerándolo repugnante en sí mismo. Sin embargo, más bien habría que entender que el cuerpo no es una simple envoltura desechable, una vestidura contingente a nuestro verdadero ser (“inmaculado”), sino nuestra constitución misma. El cuerpo, en tanto apertura, nos abre al mundo y permite contactar las cosas, resguardándonos al establecer una barrera entre lo externo y lo interno. Con él obtenemos la certeza de nuestra existencia intransferible, de ser un algo palpable, una pesadez que nos sitúa en una realidad concreta.

La revelación de nuestro ser íntimo fluye a través de la actividad corporal. Así es que dejamos impresiones en el mundo; no sólo huellas de los pies en la tierra que pisamos, secreciones o residuos como los huesos, sino que marcamos también las acciones trascendentes con rastros imperceptibles, dejando algo de nuestra energía, de nuestra piel, sudor y esfuerzo. Al mismo tiempo, en nuestro rostro se vislumbran los vestigios del paso del tiempo, las cicatrices de nuestra historia.

La realidad de nuestras acciones recae en un cuerpo vivo y cambiante que las hace y, simultáneamente, se hace a sí mismo. En el acto amoroso, sin ir más lejos, se pone en juego nuestra sensibilidad, porque amar a alguien no es sólo amar su personalidad o un ideal, sino también su cuerpo, su condición carnal. Por ello es que, en la lejanía, en una situación límite como la guerra, recordamos el cuerpo de la persona amada, no abstracciones. Es un poco como aquel poema No es nada de tu cuerpo, y, sin embargo, lo es, porque la voz poética puede describir a detalle las formas y texturas de la otra persona. Gracias a él también es que accedemos al placer y al dolor que los sentidos pueden experimentar, a todo pathos que moldea y configura nuestras experiencias.

Por un lado, los racionalistas e idealistas radicales creen poder sustraerse, mediante el ejercicio de la razón, al engaño de sus sentidos y a la inferioridad de los instintos animales. Por el otro, los empíricos y materialistas se atienen sólo a lo real, a lo perceptible positivamente hablando. En el fondo, late también la insistencia de la dicotomía cartesiana, como si al ser Res cogitans y Res extensa hubiera que privilegiar alguna. Pero, ¿no habría que notar, más bien, como ya lo señalaba Maurice Merleau-Ponty, que básicamente se pude existir de dos maneras: como cosa o como conciencia, pero que el cuerpo deja ver una unidad implícita como a su vez la constituye el pensamiento y el lenguaje? No es que tuviera un cuerpo como si me pudiera deshacer de él y seguir siendo yo, sino que me confundo en él, “soy mi cuerpo”, un sujeto encarnado que gracias a ello puede establecer relaciones con la temporalidad y la espacialidad.

El cuerpo, al cargar con una cantidad numerosa de sistemas simbólicos, significa en todo momento, proyectando y comunicando sentidos. A diferencia de los autómatas, aún permaneciendo quieto anuncia, deja entrever algo, aunque no sea sino el leve parpadeo de un revoloteo interno. Al ser objeto también de la extenuación, desgaste y desarrollo, nos deja percibir cambios cuantitativos y cualitativos en el sujeto, abarcando desde la aparición de arrugas o disminución de la flexibilidad, hasta las volutas que sufre la re-construcción de nuestro “yo”.

La evidencia inmediata que me aparece del otro es su exterioridad, con la cual me formo una primera imagen de su carácter, de su forma de ser, como él a su vez lo hace conmigo. Por eso es que podemos compararnos con un libro o, para hablar con más exactitud, con un legajo de hojas blancas. El libro será conforme vayamos escribiendo la historia, y a veces estará escrita con símbolos dolorosos y marcas profundas (tatuajes, piercings, incisiones) que buscarán la diferencia, la fijación de límites que hagan sentirnos como únicos entre la miríada de libros. Si estos símbolos se escriben en la cubierta-cuerpo, se debe a que ella es el primer acercamiento con el mundo. Lo que los otros ven al principio son nuestras tapas y solapas, pocas son las que pueden leer la historia, y por eso ponemos especial cuidado en la letra de su título, en la textura y dibujos que acompañan la portada, como una afirmación de nuestra identidad.

Al ir escribiendo nuestra historia en el cuerpo, el objetivo es que los demás (no siempre todos), puedan apreciar estos distintivos y marcas, a veces queriendo significar la inconformidad o rebeldía que experimentamos, la búsqueda de autonomía o la satisfacción por sentir que nos pertenecemos, que en verdad podemos decidir sobre algo nuestro. Otras indican el cierre de ciclos y la apertura a nuevos, y algunos más se realizan porque es un fenómeno difundido cuyo sentido se limita al embellecimiento. Como sea, este libro no puede más que escribirse por él mismo, incluyendo el tamaño de los párrafos, el título de sus capítulos, la referencia a otros libros, el desarrollo de la trama, incluso a veces el lugar del punto final.

En suma, pues, esta disociación entre cuerpo y conciencia es posible de hacerse gracias al lenguaje y a un esfuerzo del pensamiento abstracto, pero yo no sería yo sin este cuerpo, ni mi sustancia pensante o razón, al menos en este mundo, puede deambular por sí sola. Ambos forman una unidad articulada y desbordada por la multiplicidad de afecciones, sensaciones y pensamientos, aunque no siempre reparemos en ello.

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