Peter Handke
Ella, desde siempre, ¿desde niña ya?, sí, quizás desde niña ya, se había querido vengar del otro sexo. No había ningún motivo para estas ansias de venganza, ni uno. Por ejemplo, no había sido violada por su padre o por su abuelo o por un tío ni había sido engañada nunca ni había sido abandonada por un amante. Desde muy pronto, en su vida le bastaba con que un muchacho, un muchacho cualquiera, la mirara de algún modo determinado, ni siquiera de un modo especial, sólo con que advirtiera su presencia, al pasar —y para empezar era casi imposible no advertir su presencia—, y ella, como respuesta, pensaba: ay de ti. Venganza. Me vengaré. Dicho y hecho; incluso de niña ya. Una vez seducido el otro, a la emboscada, dejarle actuar hasta sus últimas consecuencias, dejarle salir de sí mismo, y luego, como si no hubiera ocurrido nada (y la verdad es que no había ocurrido nada, absolutamente nada, todo eran sólo apariencias y danzas de los velos), como si nada, marginado o “mandado a paseo”, a ser posible delante de espectadores, a ser posible masculinos, de entre los cuales uno, pretendiendo ser el nuevo elegido, pasaría a ser el siguiente en la expedición de venganza que ella había emprendido, y así sucesivamente hasta el día de hoy: del mismo modo que los pequeños condiscípulos de antes, deshechizados completamente por ella y expulsados de todo posible mundo infantil, fuera éste el que fuera, ya no se encontrarían en ningún mundo de hombres, cualquiera que éste fuera, así también, a los adultos de ahora, que día tras día se dedicaban a ella, en un abrir y cerrar de ojos, quería verlos luego expulsados, castrados para siempre. Que después de ella ya no supieran si eran hombrecitos o mujercitas, esto es lo que pretendía su venganza. Y no se trataba, le contó a Don Juan, de ansias de venganza, sino de placer en la venganza. Esta especie de placer, por lo demás junto con el placer sexual, en el mismo momento de juntarse con un hombre, fuera éste el que fuera, estaba inmediatamente ahí, y además satisfecho. Él fuera, fuera de ella. Al hombre ni siquiera le concedía el placer de darse cuenta del éxtasis de ella. Para él no había ocurrido nada, absolutamente nada. Para él, a quien al principio ella se había mostrado como la mujer del paraíso, desde los más profundos sueños de hombres, era esto: un duro despertar. “Yo era del demonio. Soy del demonio. Habré sido del demonio.”
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Fragmento de Don Juan (contado por él mismo), Alianza Editorial, Madrid, 2006. Título de la R.









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