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Elegía cubana

· diciembre 2, 2016

 

 

Nicolás Guillén

 

Cuba. Isla de América Central, la mayor

de las Antillas, situada a la entrada

del golfo de México. Larousse Ilustrado

 

Cuba, palmar vendido,

sueño descuartizado,

duro mapa de azúcar y de olvido…

 

¿Dónde, fino venado,

de bosque en bosque y bosque perseguido,

bosque hallarás en que lamer la sangre

de tu abierto costado?

Al abismo colérico

de tu incansable pecho acantilado,

me asomo y siento el lúgubre

latir del agua insomne;

siento cada latido

como de un mar en diástole,

como de un mar en sístole,

como de un mar concéntrico,

de un mar como en sí mismo derramado.

Lo saben ya, lo han visto

las mulatas con hombros de caoba,

las guitarras con vientres de mulata;

lo repiten, lo han visto

las noches en el puerto,

donde bajo un gran cielo de hojalata

flota un velero muerto.

Lo saben el tambor y el cocodrilo,

los choferes, el Vista

de la Aduana, el turista

de asombro militante;

lo aprendió la botella

en cuyo fondo se ahoga una estrella;

lo aprendieron, lo han visto

la calle con un niño de cien años,

el ron, el bar, la rosa, el marinero

y la mujer que pasa de repente,

en el pecho clavado

un puñal de aguardiente.

 

Cuba, tu caña miro

gemir, crecer ansiosa,

larga, larga, como un largo suspiro.

Medio a medio del aire

el humo amargo de tu incendio aspiro;

allí su cuerno erigen,

deshaciéndose en mínimos relámpagos,

pequeños diablos que convoca y cita

la Ambición con su trompa innumerable.

Allí su negra pólvora vistiendo

el joven de cobarde dinamita

que asesina sonriendo,

y el cacique tonante, breve Júpiter,

mandarín bien mandado,

que estalla de improviso, sube, sube

y cuando más destella,

maromero en la punta de una nube,

¡ay! también de improviso baja, baja

y en la roca se estrella,

cadáver sin discurso ni mortaja.

Allí el tragón avaro,

uña y pezuña a fondo en la carroña,

y el general de charretera y moña

que el Olimpo trepó sin un disparo,

y el doctor de musgosa calavera,

siempre de espaldas a la primavera…

Afuera está el vecino.

Tiene el teléfono y el submarino.

Tiene una flota bárbara, una flota

bárbara… Tiene una montaña de oro

y un mirador y un coro

de águilas y una nube de soldados

ciegos, sordos, armados

por el miedo y el odio. (Sus banderas

empastadas en sangre, un fisiológico

hedor esparcen que demora el vuelo

de las moscas.) Afuera está el vecino,

rodeado de fieras

nocturnas, enviando embajadores,

carne de buey en latas, pugilistas,

convoyes, balas, tuercas, armadores,

efebos onanistas,

ruedas para centrales, chimeneas

con humo ya, zapatos de piel dura,

chicle, tabaco rubio, gasolina,

ciclones, cambios de temperatura,

y también desde luego,

tropas de infantería de marina,

porque es útil (a veces) hacer fuego…

¿Qué más, qué más? El campo roto y ciego

vomitando sus sombras al camino

bajo la fusta de los mayorales,

y la ciudad caída, sin destino,

de smoking en el club, o sumergida,

lenta, viscosa, en fiebres y hospitales,

donde mueren soñando con la vida

gentes ya de proyectos animales…

 

¡Y nada más? —preguntan

gargantas y gargantas que se juntan.

Ahí está Juan Descalzo. Todavía

su noche espera el día.

Ahí está Juan Montuno,

en la bandurria el vegetal suspiro,

múltiple el canto y uno.

Está Juan Negro, hermano

de Juan Blanco, los dos la misma mano.

Está, quiero decir, Juan Pueblo, sangre

nuestra diseminada y numerosa:

estoy yo con mi canto,

estás tú con tu rosa

y tú con tu sonrisa

y tú con tu mirada

y hasta tú con tu llanto

de punta —cada lágrima una espada—.

Habla Juan Pueblo, dice:

—Alto Martí tu azul estrella enciende.

Tu lengua principal corte la bruma.

El fuego sacro en la montaña prende.

Habla Juan Pueblo, dice:

—Maceo de metal, machete amigo,

rayo, campana, espejo,

herido vas, tu rojo rastro sigo.

Otra vez Paralejo

bien pudiera marcar con dura llama

no la piel del león domado y viejo,

sino el ala del pájaro sangriento

que desde el alto Norte desparrama

muerte, gusano y muerte, cruz y muerte,

lágrima y muerte, muerte y sepultura,

muerte y microbio, muerte y bayoneta,

muerte y estribo, muerte y herradura,

muerte de arma secreta,

muerte del muerto herido solitario,

muerte del joven de verde corona,

muerte del inocente campanario;

muerte prevista, prevista,

ensayada en Las Vegas,

con aviones a chorro y bombas ciegas.

Habla Juan Pueblo, dice:

—A mitad del camino,

¡ay! sólo ayer la marcha se detuvo;

siniestro golpe a derribarnos vino,

golpe siniestro el ímpetu contuvo.

Mas el hijo, que apenas

supo del padre el nombre al mármol hecho,

si heredó las cadenas,

también del padre el corazón metálico

trajo con él, le brilla

como una flor de bronce sobre el pecho.

Solar y coronado

de vengativas rosas,

de su fulgor armado,

la vieja marcha el viejo niño emprende:

en foso, almena, muro,

el hierro marca, ofende

y en la noche reparte el fuego puro…

Brilla Maceo en su cenit seguro.

Alto Martí su azul estrella enciende.

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