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Elegante y libre

· noviembre 19, 2016

Alberto Manzano

 

EL PAÍS 11/11/16

 

Conocí a Leonard Cohen con su famosa gabardina azul y un sombrero gris de ala ancha —no fue en Casablanca, aunque si hubiera nacido 30 años antes, estoy convencido de que hubiera dicho: “Vuelve a tocarla, Sam”—. Ella habría sido Marianne, la mujer de su juventud y de su casa en Hydra, la musa rubia nórdica que le dio su profundo amor, sin pedir nada a cambio.

Cohen pasó ante mí con paso lento y se detuvo frente a una catedral gótica cuyas agujas se pierden en las alturas —aunque prefiere el románico: “Es más bajo, está más cerca del corazón” me dijo—. Fue en Barcelona, el 17 de noviembre de 1980. Entré en el Hotel Colón, donde el poeta se alojaba, y puse en sus manos un cargamento de libros que había escrito y traducido sobre su obra, algunos, autoeditados, en máquina ciclostil, o fotocopias, que vendía en la calle, en Las Ramblas, a la salida de conciertos y dejaba en depósito en algunas librerías.

Entonces, clavándome la mirada, me dijo: “Te invito a comer, ¿quieres acompañarme?” Por supuesto, no probé bocado. Una gitana se acercó a nuestra mesa pidiendo limosna, y Leonard le dio unas monedas —un turista norteamericano, sentado a unas mesas de distancia, le increpó diciendo que no tendría que haberlo hecho, que era mala gente y sólo se aprovechaban de la compasión que despertaban en los turistas, a lo que Leonard respondió que era su dinero y hacía con él lo que quería.

Después de un par de copas y chisposa charla, nos fuimos a la prueba de sonido que tenía que hacer en el Palacio de Deportes, donde esa noche daba un concierto de presentación de su disco Recent Songs. En los camerinos, acordamos vernos al día siguiente para desayunar. Cuando nos despedíamos, ante mi asombro, me invitó a subir al autobús de gira, camino de Toulouse, donde ofrecía su siguiente concierto.

Un mes después, ya estaba plantado frente a la puerta de su casa en la isla griega de Hydra, donde el bardo canadiense estaba pasando las navidades con sus hijos, Adam y Lorca, que tenían ocho y seis años respectivamente. Me recibió en bata, barba de varios días y el rostro demacrado por la fiebre y el ayuno —estaba pasando una fuerte gripe tras el esfuerzo de la recta final de la gira.

Lorca fue a buscarme una botella de coñac a la nevera y Adam me dedicó un dibujo con naves espaciales. Yo le había llevado unas barras de turrón duro, de almendra, y un disco de Paco de Lucía, en el que nuestro genial guitarrista interpretaba temas de García Lorca. Leonard puso el vinilo en su tocadiscos monoaural, y después de escuchar varios cortes, me dijo: “Pero, Alberto, ¿dónde está el cantante?” Ignoraba que Lorca también había hecho arreglos musicales para piano basados en el repertorio popular español, ante cuyo descubrimiento exclamó: “¡Bravo, Lorca!”

En 1984 me envió su nuevo libro, Book of Mercy, para que lo tradujera, diciéndome que estaría de gira al año siguiente para presentar su álbum Various Positions. Me faltó tiempo para llegar a Milán con el fin de consultarle algunas dudas que me habían surgido en la traducción —siempre utilizábamos este método.

Unos días después, estábamos sentados en las escaleras de una ciudad costera española bajo el denso silencio nocturno de una fresca brisa. Me dio el título para un poema que quería que yo escribiera: “Para los que no pueden hablar”, con estas palabras: “Alberto, tú y yo no necesitamos hablar. Nuestros corazones hablan por nosotros.”

Le vi dormirse en el suelo con sus botas camperas como almohada, con un machete encintado bajo su calcetín.

Leonard es humilde, elegante y libre. Camina rápido y habla despacio. Dice lo que piensa y mañana te dirá otra cosa. He visto sus serenos ojos verdes perseguir a las mujeres, sus rodillas rotas por la meditación. Está enamorado del espíritu de Juana de Arco, y encendió una vela a María Magdalena —“nadie se acuerda de ella”, me confesó—. Es un hombre del pasado, que vive el presente, contemplando el futuro. Leonard, el poeta sagrado de nuestra generación. El maestro del lenguaje interior. El profeta del corazón. O, como dijo Santiago Auserón, “el cantor del fuego sagrado”.

 

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