Antonio Bello Quiroz
Desde el mes de febrero pasado Noam Chomsky, quien es considerado un influyente pensador contemporáneo, señaló que lo que movía a los simpatizantes de Donald Trump era el miedo y que quizás eso llevaría a la presidencia de Estados Unidos al candidato republicano. Los hechos han dado la razón al lingüista y activista político nacido en Filadelfia.
Quizá sean muchos los factores que causaron la “sorpresa” mundial generada con el triunfo de quien en todo momento se mostró como un candidato discriminador, racista y misógino. Entre ellos se menciona la apertura a Cuba que generó Obama a partir de su visita a la isla, o la situación bélica en Siria, las políticas internas de salud, etcétera. Pero para este crítico de la política estadunidense el miedo ha sido un factor de peso. Miedo que ha generado la ruptura o división de la sociedad norteamericana ante la presión de las políticas neoliberales.
El académico señala que el activismo de Donald Trump estuvo basado en ideas de pérdida y miedo. El miedo esencial de los racistas sería ver que desaparece la imagen que ha estado por generaciones en su cabeza: una sociedad dirigida por blancos. Incluso, Chomsky ha llegado a comparar a Trump con Hitler en el llamamiento que hacía en sus arengas de campaña para cumplir una “misión divina”, erigiéndose como “salvador” de la nación norteamericana. Trump enarboló en campaña, efectivamente, una cruzada de transfiguración religiosa desde la política al adoptar como estandarte, dice Chomsky, “al cristianismo como base de la moralidad nacional y a la familia como base de la vida nacional”. Ante esto la población en general, y los grupos más vulnerables en particular, se reconocen sin esperanza alguna de mejorar sus condiciones de vida, lo que nunca antes había ocurrido, según señala el lingüista.
En suma, según este pensador del MIT (The Massachusetts Institute of Technology), “las personas se sienten aisladas, desamparadas y víctimas de fuerzas más poderosas, a las que no entienden ni pueden influenciar” (AlterNet.com). Así, el triunfo de Trump en Estados Unidos fue propiciado por el miedo infundido por el poder económico y de coerción que sustentan los grupos ultranacionalistas y los fundamentalismos religiosos que pretenden mantener una supremacía blanca al frente de la nación más poderosa del mundo.
Pero, ¿qué es el miedo?
El miedo es una primera respuesta ante la angustia. El grado superlativo del miedo es el pánico que llevaría al individuo a un estado particular de enloquecimiento y desorientación. Una pregunta se impone aquí: ¿Cuál es el objeto de ese afecto que, en una situación de límite, lleva al sujeto a perder el control? En el pánico, podemos decir desde el psicoanálisis, la angustia toma el cuerpo del miedo. Es en la fobia donde se hace coincidir la angustia y el miedo. En la fobia existe la presencia de un miedo invasor, una sensación intensa de soledad, como si de golpe se pasara a otro escenario.
Una de las formas más recurrentes para inducir el miedo es amenazar con un escenario desolador, con la pérdida de todos los “privilegios y placeres” a los que se está acostumbrado, con la retirada súbita de la tranquilidad y un estado de desolación insoportable. La política con frecuencia recurre a estas prácticas para infundir miedo en la población y orientar el voto hacía quienes se presentan como “salvadores” de la catástrofe. En este punto basta recordar el eslogan dirigido contra Andrés Manuel López Obrador que lo señalaba como “un peligro para México”.
Para el psicoanálisis el miedo, el pánico y el vértigo son formas de aprehensión del mundo, nos ubican en la época que nos toca vivir. No podríamos estar aquí si no es acompañados de estas formas de captar lo que habitamos y nos habita. En nuestra época nos encontramos que, como señala Roger Caillois en su libro Fisiología de Leviatán, “ninguna prohibición se halla bien delimitada […] La sociedad no existe más que para el control y la administración”. En una sociedad contemporánea, pongamos que en Estados Unidos, pero en todas las sociedades modernas de Occidente, las palabras son usadas, no por el sentido que tienen sino por el efecto que producen. La palabra así se revela como instrumentalizada con la finalidad de obtener el control de una sociedad, la palabra es utilizada para producir el efecto del miedo.
El pánico está ligado al dios Pan, esa divinidad animalizada, ese dios-chivo vagabundo que, con reputación de fauno o sátiro, impone a los pastores un “miedo terrible”: anuncia un colapso. El dios Pan infunde a los pastores un pavor mortal. Cuando lo que se esperaba de él es que les protegiera, les confronta con el surgimiento de un objeto inverosímil cuya existencia no se ignoraba. Algo fuera del tiempo y fuera del sujeto surge imponiendo un miedo monstruoso, algo que no se esperaba pero que se conoce.
Bien podemos ver a Trump como una de las versiones de Pan, la más terrible, la del dios-animal descrito por la mitología como sumamente feo, a tal grado que al nacer su madre huye despavorida. Es presentado como algo salvaje: “cuerpo de varón hasta la cintura, piernas y pies de chivo, y de éste tiene orejas, cuernos y cola” (Ángel Ma. Garibay K). Asimismo, Robert Graves, en su libro Dioses y héroes de la antigua Grecia nos dice que cuando Pan era interrumpido en su sueño “soltaba un grito tan terrible que el pelo de aquella persona se ponía de punta, como las púas de un erizo, presa del miedo que hoy llamamos pánico”. Trump gritó, vociferó como bestia que es despertada y confrontó a la sociedad votante en Norteamérica con quienes presentó como causantes de sus males, le puso nombre y apellido al mal: el migrante, la mujer, el negro, el otro, que serían los que se benefician de los impuestos pagados por ellos.
Los Estados Unidos, y el mundo entero se han mostrado en shock, sobrecogidos por un “miedo monstruo”, como le llama Paul-Laurent Assoun en su libro Las fobias: “Miedo monstruo, en sentido propio, ya que es confrontación actual en presencia del monstruo que, si se muestra, provoca un miedo fuera de lo común. El monstruo es la demostración de lo que es insostenible para la percepción —como provocador de pánico—. Desencadenamiento monstruoso de angustia.”
Ante esta presencia amenazante, ahora en la posición de cumplir sus amenazas, sólo hay dos actitudes: el sujeto “presa del pánico” pierde el sentimiento del espacio y solamente encuentra salvación en la huida o bien se queda ahí arriesgándose. “Pan genera el pánico de ‘entrar en escena’ de golpe y porrazo, con lo que ‘teatraliza’ la realidad”, señala Assoun en la obra mencionada.
Algo más: Pan es considerado por Caillois como un “demonio de mediodía”, es decir, como alguien que, como Hitler, “ataca a plena luz del día”, se hace del poder no por la fuerza o por la vía violenta (el lado oscuro) sino por las reglas establecidas por el propio sistema.
Nunca mejor aplicado el apotegma que dice que cada país tiene el presidente que se merece.








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