Antonio Bello Quiroz
En estos momentos no hay situación más trascendente en México que la elección de Andrés Manuel López Obrador como próximo presidente del país, ganador con una muy amplia ventaja sobre sus adversarios. En Puebla, mientras tanto, nada más sucio que la jornada electoral. En todo el país se trató no sólo de una elección, fue más bien una expresión del hartazgo contra una forma de hacer política que ha terminado con la estrepitosa caída del partido que ha guiado la vida política, económica, cultural, social e incluso ideológica de un país. Nadie hacía o vivía de la política en México sin que haya tenido en la ubre priista a su madre nutricia. El priismo, por más de 80 años, ha mantenido alienada a una nación y esta reciente elección es un punto de partida para una transformación radical de las condiciones de sociales del país. Lo es no sólo por la elección de un nuevo presidente, que promete una cuarta transformación, sino también por la recomposición de las fuerzas políticas que colocan al que ha sido partido hegemónico casi en la extinción.
Es obvio que la mía no es una columna de análisis político, sin embargo, el psicoanálisis no puede ser ajeno a su época, y tampoco es un discurso ajeno a la reflexión política, más aún, a la reflexión del lado oscuro de la política.
El psicoanálisis ha ejercido una posición crítica en cuanto a la posición que ante el poder asume la política. Ahí, en la política de nuestro tiempo, se encuentra agazapado el viejo discurso del Amo, por más que se disimule con los ropajes de los republicanos o los demócratas. Este viejo discurso del Amo, que Lacan leyó en su dimensión estructural justo antes de los movimientos estudiantiles del Mayo del 68, se ha revestido, tal como lo hiciera el mejor de los ilusionistas, de una demagogia tal que le ha sido permitido pasar como el benefactor y dador de lo que los dominados o esclavos esperan de él, sólo para seguir ocupando el lugar del Amo.
El psicoanálisis y la política se han visto involucrados en diversos niveles tanto por Freud como por Lacan. Desde el análisis que Freud hace en 1915 con De guerra y muerte, señala que el Estado, poderoso exigente de sacrificios de goce y detentador del monopolio de la violencia, establece que al individuo, a quien se le exige obediencia al mismo tiempo que se le imponen sacrificios y censuras, quede totalmente expuesto a cualquier situación desfavorable y cualquier rumor inmanejable.
El psicoanálisis, y así lo podemos ver desde textos como Tótem y tabú de Freud, no ha dejado de pensar lo que ocurre en la constitución de las sociedades y sus relaciones con el poder, la ley y los vínculos de los sujetos con la autoridad y la obediencia. En El malestar en la cultura Freud hace un profundo análisis de la infelicidad del hombre en su relación con la civilización y nos muestra la vigencia en la vida política de la máxima hobbesiana “Homo homini lupus”.
Por su parte, Jacques Lacan nos permite pensar la política en dimensiones subjetivas; incluso llegará a decir, en el seminario La lógica del fantasma de 1967: “incluso no digo ‘la política es el inconsciente’, sino nada menos que ‘el inconsciente es la política’”. Esta afirmación nos posibilita ir más allá de pensar la política en sus consideraciones materiales de ejercicio en atención a las quejas del ciudadano, colocado convenientemente en posición de víctima. Esa política que se vende en el mercado, con el que se hacen grandes negocios; esa política donde se maquilan, se maquillan y se venden candidatos; ese nivel rudimentario de la política que se convirtió en un medio para enriquecerse de mil maneras con el dinero público. No, el psicoanálisis nos permite (y quizá en ello radique su supuesta complejidad) pensar la política en otras dimensiones, otras dos por lo menos.
Pensar la política más allá de lo material e inmediato de su ejercicio, a partir de la expresión “la política es el inconsciente”, implica otros niveles. Por un lado comprender que la política se hace con sueños, fracasos, fantasmas y angustias. Es decir, algo de la subjetividad se juega en la acción política: esto es, el sujeto se encuentra articulado desde el lenguaje, por la palabra, y esto lo hace sujeto al Otro que le precede. El Otro (el lenguaje, la ley, la cultura, etc.) que es el lugar de la palabra y que deja al sujeto en condición de dividido y con la interrogante ¿Qué quiere el Otro de mí? Lo que hace necesario la política como una vía para construir una respuesta a la cuestión que se le plantea al sujeto en el núcleo de su condición subjetiva o inconsciente. Es por estas razones que vemos tantas historias ligadas a la política donde se presenta como una acción restaurativa e incluso de reivindicación, como la del pastorcito que llegó a presidente o la del presidente que en su niñez fue bolero, o quizá la de quien sufrió un agravio y encuentra en la política una forma de cobrarlo, etcétera. La misma historia de López Obrador, tiene estos matices (como la de Evo Morales en Bolivia o Lula da Silva en Brasil), un luchador social que viene desde abajo y desde la honestidad y perseverancia consiguió, como el héroe, sortear todos los obstáculos que los poderosos le pusieron y ahora es electo presidente de México. En resumen, en este nivel podemos pensar a la política como síntoma.
Pero va aún más allá esta expresión de Lacan: “la política es el inconsciente”. En un nivel más profundo, Freud incluye algunos elementos conceptuales que resultan relevantes para pensar la frase de Lacan, en particular los conceptos de identificación y represión. Con la modernidad y la emergencia de la democracia como forma de gobierno se construye la ilusión de igualdad; sin embargo, en una y otra vez que se ensaya (la democracia) se muestra que la verdad nunca es Una, está hecha de opiniones contrarias, se muestra fragmentaria como de por sí es. Más aún, la historia ha demostrado que es en la búsqueda de la unidad e igualdad que promete la democracia donde se instauran nuevos amos; así ocurrió con el socialismo, el comunismo y todos los ismos: un discurso que ordene es lo que reclaman los movimientos políticos, no importa si son de derecha o izquierda: es el anhelo de lo absoluto lo que se reclama en la participación política. Aún no nos toca ver en Occidente prácticas políticas que no sean a partir de la instauración de un nuevo amo; quizá valga intentar a nivel singular el “no sometimiento a ningún ideal”. Nada era más nocivo a los ojos de Freud que “el parloteo sobre el ideal”. Ocupar el lugar del ideal es un vicio que no se erradica fácilmente de lo humano.








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