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El valor de nuestro cuerpo y el aborto

· agosto 17, 2018

Antonio Bello Quiroz

I

Los debates se encendieron nuevamente en torno al aborto, ahora en Argentina. El rechazo del Senado a su despenalización volvió a motivar las discusiones y muestra nuevamente la radicalidad de las posiciones.

¿Tiene algo que decir el psicoanálisis al respecto? Conocemos una carta muy dolorosa que Sigmund Freud le escribe a Lippman (en la versión de Elisabeth Roudinesco, en Freud en su tiempo y en el nuestro) ante la muerte de su hija Sophie por un legrado mal practicado: “Me parece que el destino desgraciado de mi hija comporta una advertencia que nuestra corporación no suele tomar con la seriedad necesaria. Frente a una ley inhumana y carente de empatía, que impone incluso a la madre que no lo quiere la prosecusión del embarazo, es manifiesto que el médico tendría que asumir como un deber la enseñanza de los caminos apropiados e inofensivos capaces de impedir los embarazos no deseados, en el marco del matrimonio.”

Aparte de estas líneas se conocen pocas referencias, sin embargo, lo que sí hace el psicoanálisis es poner el deseo en primer plano. En este sentido, la vida humana empieza con el deseo de la madre. Un hijo tiene un lugar anterior al momento de su gestación, es un hecho del lenguaje antes que biológico. La madre por venir lo es en cuanto a la posición y lugar que le da en su deseo al hijo incluso antes de la concepción. Jacques Lacan, en el seminario sobre La identificación, escribe: “la primera razón de ser, que ningún legislador hasta el presente ha hecho constatar para el nacimiento de un niño, es que se lo desee y que nosotros que conocemos bien el rol de esto —que haya o no haya sido deseado— sobre todo el desarrollo ulterior del sujeto”. El deseo de la madre, desde el psicoanálisis, es lo esencial para la humanización del sujeto.

El aborto, como todo lo humano, la sexualidad y la procreación por ejemplo, tendrían que verse fuera de las esferas biológicas; son hechos del lenguaje y por tanto estarían completa y radicalmente desnaturalizados.

Los debates se encienden desde lo religioso hasta lo jurídico. Los temas y cuestiones son conocidos: ¿cuándo empieza la vida?, ¿en qué casos es permitido y en cuáles no?, ¿se trata de la supresión de la vida, e incluso de un crimen o de un acto de libertad?, ¿a qué edad se puede o no opinar?, etcétera, y entre todas ellas habría que destacar la siguiente: ¿Alguien más que la propia mujer podría decidir sobre su cuerpo? El debate se da ahora, por fortuna, no sólo en la Argentina sino en todo el mundo gracias a las redes sociales. Algo en toda esta maraña queda claro: nadie en su sano juicio podría estar a favor del aborto. Nunca es una decisión simple, se trata de algo que ocurre por sí y, por tanto, tendría que dársele un lugar dentro de los circuitos de la legalidad para que no tenga que circular por el sórdido y terrible mundo de la clandestinidad.

Además del simbólico pañuelo verde, un eslogan que emerge de la presente querella dice: “Si no es hoy será después”, sosteniendo la idea de que una sociedad progresista no puede avanzar si no es a partir de garantizar una maternidad elegida y no impuesta. Mayores desgarraduras sociales se producirán en la medida en que se retrase otorgar la relevancia del deseo en la maternidad y el respeto a la decisión de cada mujer.

Entre todo lo que se escucha y se ve respecto al aborto, con la posibilidad de globalización y popularización que permiten las redes sociales, me continúa interrogando el enorme peso que aún tiene la ideología religiosa en la decisión y posición que se impuso como mayoría tanto en el Senado como en la sociedad argentina. En México no es distinta la situación: el peso de lo religioso mantiene a la mayoría de los ciudadanos en contra de la legalización del aborto. Se sigue argumentando la transgresión a no se sabe ya qué mandato divino al realizar un aborto.

 

II

El psicoanálisis inaugura el territorio del deseo en la existencia del sujeto. Surge a partir del reconocimiento y la escucha de un microcosmos interior hasta ese momento silenciado. Introduce la dimensión del inconsciente en la vida psíquica de los sujetos. La originalidad del descubrimiento freudiano se ubica en la posibilidad de reconocer que ese microcosmos (donde se juega la dimensión inconsciente) nada tiene que ver con un imaginario macrocosmos; esa relación sólo genera un mundo de fantasía. En 1910 este descubrimiento marca una distancia radical entre Freud, quien propone el valor del inconsciente vinculado a la sexualidad, y Carl Jung, que sostiene la determinación subjetiva de los arquetipos en un extravagante inconsciente colectivo.

Es cierto que la humanidad se constituyó como reflejo del universo, como imagen especular de la bóveda celeste. Es cierto que en la antigüedad un macrocosmos determinaba el funcionamiento de lo social. Sin embargo, el hombre, con la modernidad, ha sido expulsado de los cielos. Por ejemplo, si en la antigüedad la muerte moraba en el macrocosmos (era una cuestión metafísica, divina o maligna), llegaba del exterior, con la modernidad, en cambio, la muerte habita nuestro cuerpo. El sujeto es portador de su propia muerte, al sujeto moderno se le revela la existencia de una muerte interior. El pensamiento científico, positivista, incluso en la modernidad, parece aún habitar las fantasías cosmológicas. Es decir, la ciencia opera como una religión, y se sostiene desconociendo la existencia del universo interior, silenciado a lo inconsciente.

Escribe Jacques Lacan en el seminario sobre La ética del psicoanálisis: “Hubo durante largo tiempo un alma del mundo, y el pensamiento pudo merecerse en alguna relación profunda de nuestras imágenes con el mundo que nos rodea […] la investigación freudiana introdujo todo ese mundo a nuestro interior, lo envió definitivamente a su lugar, a saber nuestro cuerpo y a ningún otro lado.” El estruendo que produjo el vaciamiento de los cielos sigue retumbando en nuestro tiempo, introduce una dimensión desconocida en nuestro cuerpo, nos hace evidente lo indecible, lo enigmático de él.

Subrayo el significante nuestro cuerpo en tanto que con esta operación se reconoce una dimensión subjetiva en la relación que cada sujeto tiene con su cuerpo. Nuestro cuerpo es el topos, el lugar del deseo. La posición que cada sujeto tenga con su cuerpo sólo le compete a cada sujeto. En la mujer que decide abortar se encuentra implicado en primer término su cuerpo.

Dicho en una categórica fórmula: en la decisión de abortar sólo hay responsabilidad de la mujer que lo decide. De igual manera que en el suicidio no hay más responsable que el suicida. En tanto que el cielo está vacío, y la ciencia de alguna manera permite pensarlo, no hay más una imaginaria ley divina o algo de orden natural en lo humano; por tanto, la responsabilidad de lo que se hace con el cuerpo corresponde únicamente de cada sujeto.

A las instituciones del orden social les correspondería garantizar en la mayor medida posible el ejercicio libre e informado de esa responsabilidad. Nadie está a favor del aborto, el psicoanalista no lo podría estar. Sin embargo, tarde o temprano se tendrá que despenalizar esta práctica que ocurre en el silencio, en la clandestinidad, alejada de los circuitos simbólicos que organizan una sociedad.

El paso fundamental para dejar atrás el oscurantismo es reconocer el valor del deseo como esencial en el ejercicio de la maternidad.

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