Pablo Manuel Rojas Aguilar
Montado en un armatoste tirado por cuatro caballos de fuego, Astolfo observa, cauteloso, el valle áspero y profundo que se hunde entre las vastas y excelsas montañas de la luna. Una espesa nube de polvo blanquecino asciende, de manera precipitada, como consecuencia de los pasos, que se revuelven, de los animales olvidados por el hombre:
Asnos de Tres Patas (cuya séxtuple mirada solía disipar la corrupción de los injustos); Aplanadores, nivelando los terrenos quebrados de la luna, con el peso abismal de sus patas cónicas (similar al de diez elefantes); el triste Behemoth, con su desaforada grandeza y sus sedientas fauces, anhelando beber el Jordán entero… Y toda clase de bestias que habitaron los lugares ignotos de la tierra, y que fueron olvidadas por la malograda inteligencia del hombre. La consecuencia terrible del olvido fue el tétrico encierro de las magníficas bestias en la luna; donde también se encuentra el tiempo perdido en la tierra, las promesas engañosas de los amantes, y la belleza líquida que se escurre de la torpe pluma del poeta.
En medio del polvoriento valle, la rústica reunión es agreste: el Gallo Celestial inflama su hermoso plumaje de oro para emitir un canto violento que sacude los cielos y destroza los tristes tímpanos de Garuda, el docto pájaro que declaraba a los hombres el origen del universo, y que fue lanzado a los cielos por su atroz apariencia (mitad hombre, mitad águila). Acometiendo los más crueles ultrajes, se observa a los Gnomos: enanos barbudos, toscos y grotescos, luchando ferozmente por arrebatarse una simple moneda de cobre (la única que ha permanecido de los demasiados tesoros). Levantándose en el aire con poderosas alas, se observa a los Grifos, cuyo robusto cuerpo (mayor al de cien águilas y de ocho leones) les sirve para lanzarse en picada desde las altas cumbres borrascosas, a fin de intentar cazar a los Centauros, los impulsivos y libidinosos seres (mitad caballo, mitad hombre) que respondían las embestidas de los Grifos con violentas pesuñas y lunecidas rocas… En medio de todos, con una desesperación fulminante, Kuyata, dotado de cuatro mil ojos, orejas, lenguas y patas, observa y escucha de manera simultánea el espectáculo hilarante, mientras sostiene en su lomo la roca de rubí, donde se posaba el ángel que sostenía la tierra…
Astolfo, conmovido, acaso por contemplar el planeta que había dejado, semejante a una enorme luna que iluminaba los cielos; o quizá por recordar las sagas antiguas en que miró a los excelsos seres emparentados con los dioses, tomó su libro mágico y leyó en voz lenta un conjuro, tan suave que ni él mismo pudo escuchar. Y las sagradas bestias abandonaron su materia orgánica para convertirse en piedra, la perpetua droga que resiste el paso del tiempo sin apuro.
Bajo una acacia, la única oriunda de la luna (la liebre que se lanzó al fuego para que el Buda no muriera de hambre) tritura, en un fatídico mortero, las mágicas piedras que habrán de constituir el elíxir de la inmortalidad.









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