Miguel Samsa
La máxima de que la historia la escriben los vencedores aplica incluso para la historia de la Filosofía. Muy escasas son las noticias que se conservan sobre las disputas en el ámbito de las ideas políticas durante los siglos XVI y XVII. El escenario más familiar es de una casi homogénea —si no es que unánime— tendencia a apoyar las tendencias democratizadoras y republicanas, de un generalizado rechazo a las monarquías absolutas.
Sin duda, el impacto y divulgación que las ideas de la Ilustración francesa tuvieron a partir de la Revolución de 1789 y de las posteriores guerras napoleónicas generaron este escenario intelectual.
De ahí que la obra de autores como Máximo Reinaldi (Nápoles, 1592-Niza, 1678) sea casi desconocida para nosotros. A semejanza de Nicolás Maquiavelo, a quien siempre consideró como uno de sus mentores, Reinaldi vivió obsesionado por la turbulencia política italiana: para ambos pensadores, Italia requería de un monarca fuerte, capaz de poner fin a las guerras e invasiones por parte de las potencias europeas.
A la par, desarrolló una fuerte desconfianza hacia los comerciantes y burgueses, la nueva clase social en ascenso a la que, aseguraba Reinaldi, no le importaba en absoluto entregar territorios o establecer acuerdos con dinastías extranjeras si con ello veían favorecidos sus negocios.
De ahí que considerase peligrosos los nuevos postulados teóricos que colocaban el origen del poder político en el acuerdo entre los ciudadanos, en detrimento del principio de la autoridad divina como origen de todo poder terrenal.
Así, dedicó todo su esfuerzo en combatir los principios teóricos de la naciente Ilustración y defender, en cambio, a la Monarquía como “la forma de gobierno más natural, estable y benéfica para los pueblos”.
En su Tratado sobre el buen manejo de los pueblos, Reinaldi alude a constantes referencias históricas para sustentar que los gobiernos representativos, que limitan la autoridad del soberano, son inestables y conducen necesariamente a la ruina de los pueblos. Dedica numerosas páginas a la historia antigua de Grecia y Roma, además de citas constantes de la Política, de Aristóteles, las Vidas paralelas, de Plutarco y de Los doce césares, de Cayo Suetonio. Y a semejanza de Maquiavelo, aunque sin la agilidad estilística de este pensador, presenta numerosos casos de la vida política italiana que le fue contemporánea.
En su visión de la historia antigua, las polis griegas, gobernadas de manera democrática, estuvieron siempre bajo el asedio del Imperio persa, defendiéndose apenas gracias a temporales alianzas entre ellas. No fue, asegura el pensador napolitano, sino hasta el ascenso de una figura como Alejandro Magno que los griegos pudieron derrotar a los persas, someterlos y extender su influencia hasta la lejana India. Y algo semejante, asegura, ocurrió con Roma, largo tiempo asediada por los cartagineses y sumida en luchas intestinas bajo un gobierno republicano, “inestable y que impedía el desarrollo de su auténtica grandeza” hasta que Julio César transformó a la República en un Imperio.
Para Reinaldi, incluso, las propuestas de otorgarle poder político a los ciudadanos y crear gobiernos representativos, sólo generarían mayores conflictos. Entre ellos, “el ascenso al poder soberano de personas sin las virtudes ni las capacidades naturales para gobernar; que no han sabido dirigir más que sus propias familias y negocios, y a quienes el ejercicio repentino del poder político les nublará la visión; o que verán en él, y en la brevedad de ese mandato, la única oportunidad para enriquecerse ellos mismos y a sus parientes, aun a costa del bienestar de su reino”.
Plantear la posibilidad de una forma de gobierno representativa, donde el soberano fuese elegido por la totalidad o un sector de los ciudadanos, implicaba un regreso a la antigua clientela romana —según Reinaldi—, con lo cual los ciudadanos no serían leales al soberano sino tan sólo a su patrón. “Y en tales condiciones, la lealtad del pueblo estaría regida por sus estómagos antes que por sus principios: quien les garantice la mayor manutención, así sea sólo a modo temporal, se asegurará su lealtad. ¿Qué diferencia habría entonces entre las guerras entre las diferentes dinastías europeas que destrozan ahora nuestro territorio y las disputas por granjearse el favor del pueblo en estas hipotéticas repúblicas representativas?”
Tras la llegada de Fernando Joaquín Fajardo como virrey de Nápoles, en 1675, Reinaldi, empobrecido, enfermo y caído en desgracia, abandonó su ciudad natal. Fue acogido en Niza, donde pasó sus últimos años retirado por completo de la vida pública.









No Comments