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El último de los locos: el crimen como lo más real del amor

· septiembre 3, 2015

Antonio Bello Quiroz

 

La gran industria del cine nos ha hecho pensar que el llamado séptimo arte sólo sirve como entretenimiento, como una forma socializada de salir por un rato de la realidad y distraernos con historias que no comprometan al espectador; sin embargo, el cine es mucho más que eso. Se trata esencialmente de un discurso que, como hijo que es de la modernidad, nos muestra las fracturas del discurso dominante, nos permite desbarrancar los mitos que se nos imponen en el discurso hegemónico impulsado y promovido a su vez por la industria cinematográfica. Coincide, el cine, en su nacimiento con otro discurso que opera como síntoma, es decir, como lo que incomoda al discurso dominante: me refiero al psicoanálisis, que nos muestra de la manera más descarnada la inconsistencia y lo errabundo de la condición humana.

En la colaboración de esta ocasión quisiera valerme de estos dos discursos para abordar dos temas que incomodan a las buenas conciencias, el suicidio y el homicidio, pero más aún: si estos dos eventos desconciertan, lo hacen mayormente cuando el escenario es la familia.

Con un ambiente sombrío, por más que la historia se ubica en pleno verano, la atmósfera del film de Laurent Achard, Le Demier des fous (Francia, 2006), presentada en español bajo el título de El último de los locos, es cruda, sin contemplaciones para con el espectador. Nos cuenta el drama de Martin, un niño de diez años que deambula en la finca familiar mostrándonos su derrumbe interior como reflejo del derrumbe familiar que ocurre ante sus ojos. Su familia está conformada por un hermano mayor, Didier, homosexual que se ve confrontado con su ser al enterarse que su novio se casaría, revelación de la que Martin se entera oculto en el granero donde se entrevistan los amantes. Una madre que se encuentra internada en una habitación de donde nunca sale por una enfermedad no especificada pero cercana a la locura. Una abuela dominante que se impone sobre un padre gris, sin autoridad y sin poder mostrar el más mínimo contacto afectivo con sus hijos. Martin está solo y desolado. Es endeblemente sostenido sólo por Malinka, la sirvienta árabe, su gato, y una amiga, Catalina.

Desde muy temprano en su andadura teórica, el psicoanalista Jacques Lacan formula que “el deseo del sujeto es el deseo del deseo del Otro”. El sujeto se constituye como tal en el lugar de Otro, en el discurso de Otro. En el film podemos ver a Martin preguntando sobre su lugar. Se le escucha decir a la asistente: “¿Malinka, me tendré que casar?”

El psicoanálisis enseña que en la constitución del sujeto la madre desea o no a su hijo antes incluso de que éste haya nacido: le da así un lugar en su deseo; el hijo ocupa ya un lugar no sólo en términos biológicos sino esencialmente en términos de deseo. Así, buscará permanecer deseado, amado por el Otro, con lo que se puede mitigar la pregunta angustiante: ¿qué soy para el Otro, qué me quiere el Otro?, sosteniendo así una ficción de vida. La suspensión o interrupción de este deseo del Otro que le constituye y sostiene se vive con un incremento de la tensión agresiva, que lo llevaría a lo que se ha dado en llamar “patologías del acto”, acciones autodestructivas, adicciones, estados melancolizantes, e incluso hasta la muerte como se observa en el crimen o el suicidio.

En una escena de la película se nos muestra la ausencia de lugar de Martín en el deseo de la madre: el niño entra subrepticiamente a la habitación de enferma de su madre y él le llama “mamá”, y lo que obtiene a cambio es un silencio de muerte y una mirada vacía.

Pocos son los momentos en donde se percibe a Martin “conectado” a la vida, sonreír; lo hace esencialmente con la sirvienta, quien con sus cantos árabes lo arrulla. También en ocasiones ocurre que se contacta con su hermano, sobre todo a partir de la lectura, y con su amiga Catalina. Sin embargo, estos últimos sostenes mostrarán pronto sus deficiencias para garantizarle el reconocimiento de sí mismo.

Si la vida no encuentra apuntalamiento en el Otro, la muerte, habitante habitual de lo humano, nuestra única certeza, pronto se aparece en lo real. La primera vez aparece por conducto de su hermano Didier, que ya muestra su falta de contención: su gato está ante un hurón moribundo; Martin le pregunta a su hermano qué hacer (reclamo de un lugar, un saber estar en el mundo) y el mayor le dice: “remátalo, usa esto”, dándole una especie de hoz para consumarlo. Martin se lleva al animal, pero no lo hace.

La idea de la muerte, con esa crudeza, con esa posibilidad de poder él ejecutarla ya está instalada en su infantil mente. Más tarde, entra en la antigua habitación de su madre y abre uno a uno los cajones de un viejo armario —cada uno vacío excepto uno—, se encuentra con una pistola abandonada, la ve, la acaricia y cierra el cajón.

Dos de sus endebles figuras de identificación se le caen de manera dolorosa, por las vías de la sexualidad y la muerte ni más ni menos. Su hermano, al enterarse de que su amigo-novio se va a casar, entra en un espiral de autodestrucción, de la mano del alcohol y la violencia, que ya no puede sostener, se va de la casa haciendo evidente en lo real el abandono en que se encuentra Martin. Regresa sólo para quemar sus libros de poesía ante la decepción que le produce un maestro que duda de la originalidad de su obra (a Didier se le caen también sus semblantes: el novio y su poesía). Alcoholizado se encierra en el granero; al día siguiente Martin lo encontrará muerto: se suicidó. Su amiga Catalina, tan sólo tres años mayor que él, pero suficientes para encontrarse en pleno “despertar de la primavera”, se va al bosque con amigos más grandes dejando al inocente Martin solo y desolado.

No encuentra respuestas a sus preguntas sobre su lugar en el mundo. Nadie le dice nada para mostrar que falla. Así, podríamos decir que el sujeto en cuestión bascula únicamente en dos de las “pasiones del ser” que señala Lacan: el amor y el odio, faltando la ignorancia que lo llevaría al titubeo, al entre-dicho, en fin, a la vida.

Al final de la película podemos apreciar que la pulsión está ligada de manera directa, sin fallas, al Otro, vía la certeza. No hay desesperanza ni desvalorización personal. Incluso puede existir una intensa investidura libidinal hacia un objeto, es decir, establecer vínculos de puro amor al objeto. Sin embargo, el sujeto tiene un claro deseo de morir sustentado en una lógica de su muerte, una lógica que se muestra, como se señala, en su principio basada en una certeza.

Ante la muerte de su hermano, Martin vuelve a entrar a la habitación de enferma de su madre: la encuentra completamente desnuda, tendida en la cama; él toma del suelo un vestido blanco, como de novia, y la cubre, sale de la habitación. Al día siguiente toma la pistola de debajo de un colchón donde la había ocultado. Por la mañana, su padre por primera vez lo busca a gritos, aparece la abuela y lo empieza a buscar, la madre, sonriente (viva), se asoma a la ventana y al enterarse de que Martin no está decide salir, por primera vez, de su habitación para buscarlo. Ahora lo buscan, ahora lo llaman, demasiado tarde… Ya en el patio los tres reciben un balazo desde el granero: Martin, convertido en “una tormenta que mata”, les ha disparado. Ahora ya tiene un lugar.

El miedo, pequeño cazador, el miedo…

 

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