Miguel Samsa
“La estabilidad de una nación se sustenta en la tendencia natural de los hombres al sometimiento, que con gusto renuncian a su libertad para asegurar un plato de comida caliente en su mesa. La rebeldía, en cambio, tiene que ser inoculada por medios violentos en sus espíritus y no recurren a ella sino después de haber caído en la más grande desesperanza”, sentenció Paolo Farnesio en El soberano como educador, publicado en Florencia hacia 1497.
Hijo ilegítimo de un funcionario eclesiástico, Farnesio llegó a ocupar cargos marginales en la corte de César Borgia hasta la muerte del soberano. Combinó sus experiencias como cortesano con sus conocimientos de la historia de la antigua Roma, en particular de los periodos de Calígula, Nerón y Tiberio, para formular sus ideas políticas.
El soberano como educador representa un caso inaudito en la teoría política renacentista y moderna: Farnesio justifica la autoridad absoluta del gobernante y el uso de métodos que actualmente consideraríamos dictatoriales al plantearlos como recursos indispensables para forjar el carácter y la autonomía de un pueblo. El punto de partida de su argumentación es la tendencia natural de los hombres a la servidumbre: la libertad representa una pesada carga de la cual buscan deshacerse lo más pronto posible y por ello son capaces de cederla a cualquier soberano que les garantice el mínimo bienestar material.
Así, adelantándose a la noción del “contrato social”, que utilizarán algunas centurias más tarde los filósofos modernos, Farnesio asegura que si bien Dios otorgó libre albedrío a todos los hombres, éstos no han hecho, a lo largo de la historia, más que cederlo a los soberanos en turno. Dirigir no sólo una República, sino incluso sus destinos individuales, “es una tarea harto engorrosa y angustiante para cada persona, por lo que siempre renunciarán gustosos a ella a cambio de la más mínima muestra de seguridad; incluso aunque dicha renuncia agregue a sus existencia opresiones y sufrimientos”.
Y sólo cuando el ejercicio del poder por parte del soberano amenace la vida misma de los súbditos y sus crías, aflora la rebeldía, como una habilidad recién adquirida y que exige, ansiosa, ser puesta en práctica. La defensa de la propia libertad y la desobediencia, por tanto, no son atributos naturales de los hombres sino habilidades adquiridas luego de un arduo y doloroso aprendizaje.
Este proceso de aprendizaje está a cargo del soberano: un gobernante justo y prudente, señala Farnesio, sólo refuerza la natural tendencia de los hombres a la servidumbre: la molicie y la inferencia de éstos se verán reforzados por la comodidad de sus existencias. En cambio, un soberano despótico, que disponga a capricho de las vidas y bienes de sus vasallos, hará florecer en ellos el descontento y la rebeldía, así como el deseo de un derrocamiento de las autoridades y también de construir una república más justa.
Los gobernantes tiránicos, entonces, tienen sobre sus hombros la tarea de educar a todo un pueblo y forjar su carácter. Para que los hombres anhelen la libertad es indispensable, primero, que hayan sufrido la peor de las tiranías, pues sólo de esa manera estarán dispuestos a abandonar el estado de servidumbre al cual tienden de manera natural.
Si bien la obra de Farnesio logró buena aceptación en la península itálica durante el primer cuarto del siglo XVI, la expansión de las ideas ilustradas y el auge de las teorías políticas modernas lo hicieron caer en el olvido. Aun así, estudiosos como Harold Chatwin o Jonathan Price plantean que Thomas Hobbes tomó de El soberano como educador las nociones básicas para su Leviatán. Incluso, es posible que también haya servido de referencia a Albert Camus para su Calígula.









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