Pierre Reverdy
La primera estrella encendida se reflejaba ya en
el cristal de la cabaña. Por un camino muy largo,
sin una piedra en que sentarse, sin un árbol que
lo cobijara de la noche inmensa y de los ruidos que
venían de tan lejos, el viajero huía de la vaga amenaza
del miedo. Su único refugio era siempre el espacio.
La luz había descendido, poco a poco, a las aristas de
la cruz, a la cima del calvario y sobre los ruinosos
escalones que se desmoronan en el foso de un crucero
donde el camino avanza cuesta arriba. Él veía la estela
luminosa de los pasos de alguien que había estado allí
durante mucho tiempo. Ese que siempre se ha marchado
ya cuando uno lo aguarda.









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