Jesús Bonilla Fernández
Ahora bien, en la entrega anterior si bien quedamos que es imposible encontrar una tradición de las tradiciones de Ernst Jünger, es evidente que sus ensayos, sus diarios y, por supuesto, sus novelas son inseparables de sus vivencias. Por hablar sólo de sus trabajos de ficción, como muestra están Juegos africanos y El tirachinas, Un encuentro peligroso, El teniente Sturm, así como también, aunque parezca inverosímil, Los acantilados de mármol, Las abejas de cristal, Heliópolis, Eumeswil, Visita a Godenholm, novelas que algunos críticos han adjetivado como utópicas.
Entre las ideas de Ernst Jünger, en cierta medida una conclusión consciente de su obra, a la vez que una filosofía metaética y metapolítica es la que se encarna en la figura del anarca. Ésta es representada soberbiamente por el historiador —y barman nocturno— Manuel Venator, protagonista de Eumeswil, novela publicada en 1977.
El tipo anarca corresponde más al del monarca que, al contrario de éste, el anarquista. Es decir, si la voluntad del monarca consiste en dominar a los otros, el anarca busca dominarse a sí mismo. Este planteamiento nos remite a la idea de autocracia expuesta por Epicuro, aunque el ideal humano propuesto por Ernst Jünger está consistentemente más elaborado.
Ya en 1929, por ejemplo, anota en sus Apuntes durante el día y durante la noche:
“Existe ciertamente una gran diferencia entre la anarquía de la mente y la del corazón. La mente se hace estéril en la misma medida que aniquila, puesto que se despoja de los contenidos que confieren expresión a su actividad. Rodeada por valores destrozados pierde su validez, no queda nada más que el triunfo estéril de las magnitudes vaciadas, nada más que el dominio mortal de los números. […] Para el corazón, en cambio, es válido el antiguo proverbio de que al intrépido no pueden enterrarlo las ruinas. También en él ha nacido el afán de aniquilación; sin embargo, cuando se separa de todo lo que lo rodea y quema los valores en su propia fragua, siempre queda en él aquel punto de conocimiento, invisible e imposible de captar, desde el cual la construcción puede empezar de nuevo y de forma milagrosa.
Lo anterior es sólo una noción de la sabiduría del anarca, quien como el propio escritor, debe ser un entendido de la historia, las ciencias naturales, las cuestiones del poder y las propias del corazón. Habría que entender que la sabiduría no es precisamente la racionalidad, y que el instinto y la inteligencia son dos cualidades continuas, sin contraposición, en el ser humano.
Ernst Jünger había sido miembro del Nandenvorgel, organización juvenil fundada a finales del siglo XIX y disuelta en 1933, cuyos miembros se comprometían a no llevar una vida sedentaria. Había prefigurado, asimismo, el ethos del anarca en La emboscadura, ensayo publicado en 1951. No es casual que en varios pasajes de su trabajo mencione el dicho español que enseña que nuestro propio equipaje lo llevamos cada quien el suyo propio.
En La emboscadura el autor presenta otra gran figura de nuestro siglo: el emboscado. Las dos anteriores son el soldado desconocido, héroe primigenio del estado mundial, y el trabajador, titán mítico que irrumpe en el mundo moderno y cuyo uniforme es la tecnología.
La presentación de esta última figura en 1932 significó acres polémicas manifiestas, en el plano literario, en el comentario que Claudio Magris hace en su novela-ensayo El Danubio: la pátina aristocrática de Ernst Jünger es estéril ante la ausencia de hambre y oscuridad.
La emboscadura, dice el pensador alemán, es una caminata alejada de los senderos comunes y allende los límites mismos del libro, el cual él resume en el siguiente sumario:
Las preguntas que se nos hacen van simplificándose y exacerbándose. Llevan a disyuntivas, como lo muestran las elecciones. La libertad de “decir no” es restringida sistemáticamente. Está destinada a dejar patente la superioridad de quien hace las preguntas y se ha convertido en un riesgo que se asume en un sitio tácticamente equivocado. Lo dicho no pretende ser una objeción contra su significado moral.
La emboscadura representa una nueva respuesta de la libertad. Los hombres libres son poderosos, aunque constituyen únicamente una minoría pequeñísima. Nuestro tiempo es pobre en grandes hombres, pero produce figuras. La amenaza configura pequeñas minorías selectas. Junto a las figuras del Trabajador y del Soldado Desconocido aparece una tercera figura: el Emboscado. El miedo puede ser vencido por la persona singular si ésta adquiere conocimiento de su poder. La emboscadura, en cuanto conducta libre en la catástrofe, es independiente de las fachadas político-técnicas y de sus agrupaciones. La emboscadura no contradice a la evolución, sino que introduce libertad en ella mediante la decisión de la persona singular. En la emboscadura la persona singular se confronta consigo misma en su sustancia individual e indestructible. Esta confrontación expulsa el miedo a la muerte. Aquí, las Iglesias no pueden dar más que asistencia pues, en su decisión, la persona singular está solitaria y el teólogo puede, ciertamente, hacerla cobrar conciencia de su situación, mas no sacarla de ella.
El emboscado atraviesa por su propia fuerza el meridiano cero. En las esferas de la medicina, del derecho y del empleo de las armas la decisión soberana corresponde al emboscado, quien tampoco en la moral actúa de acuerdo con doctrinas y se reserva la aceptación de las leyes. El emboscado no participa en el culto del crimen. Él decide la naturaleza de su propiedad y el modo de afirmarla. Es consciente de la inatacable profundidad desde la que también la Palabra otorga una y otra vez plenitud al mundo. En eso está el cometido del “aquí y ahora”.
Manuel Venator anota que la más grande huida hacía la soledad del bosque, en la era cristiana, sucedió en Islandia. Gettir, el hombre más fuerte de la isla, no temía a los hombres, aunque los espectros le provocaban pavor.
La sangre de un individuo introdujo sustancia en la historia y por eso contamos los años a partir de esa fecha, instante en el cual el tiempo giró. El saber, como patrimonio heredado (la procreación es símbolo temporal y símbolo que vence al tiempo), socava los palacios de la tiranía, como hicieron los cristianos en las catacumbas, a pesar de que las catedrales se derrumben.
El ejemplo de Sócrates, asimismo, es un proceso eterno que fecunda siempre los espíritus audaces, aunque hoy encontremos en las calles y los parlamentos a los estúpidos que lo juzgaron. Los tribunales se impusieron, primero contra quienes despreciaron a los dioses, después contra quienes no admitieron dogma alguno. Ahora más vale abstenerse de atentar contra ninguna teoría, pues los prejuicios, así como las razones —fina piel de lo irracional—, una y otra vez exigirán sangre. Pensar que eso puede cambiarse, es una idea que caracteriza a las mentes superficiales, cuando la grandeza se obtiene siempre —una, otra vez—, cuando se vence a la vileza.
La verdadera sustancia histórica la adquiere el ser humano al confrontarse con su poder divino, es decir, consigo mismo, escribe el pensador alemán. Sócrates llamó daimonion al lugar profundo de su ser en el cual una voz sin palabras lo aconsejaba y lo guiaba. Ese lugar también podría llamarse “bosque”, lo sabe Ernst Jünger, quien cuestiona y responde:
“Para el hombre de hoy ¿qué significado puede tener el dejarse guiar por el ejemplo de los vencedores de la muerte, por el ejemplo de los dioses, de los héroes y de los sabios? El siguiente: el significado de participar en la resistencia contra el tiempo, y no sólo contra este tiempo de ahora, sino contra todo tiempo, el cual tiene su poder fundamental en el miedo. Todo miedo es en su médula miedo a la muerte, aunque se presente en una forma muy derivada. Si el ser humano logra crearse aquí un espacio, esa libertad se hará valer también en todos los otros campos en que rige el miedo… También esto es algo que se ha repetido siempre en la historia.”
En nuestra época se multiplican las imágenes que se mueven y menospreciamos las que se mantienen quietas, sobre todo debido a ilusiones ópticas, aunque eso no quiere decir que no existan poderes capaces de llevarnos a alta mar o al interior de los desiertos: lo mítico emerge siempre como un tesoro. Si en nuestro siglo se encuentra sentido en los mitos, es algo favorable, en el entendido de que son realidades intemporales que se repiten en la historia, y no la historia que sucedió en un tiempo anterior.
El bosque significa, en su quietud, el ser atemporal, mientras la nave, y sus estelas en las aguas, representa el ser temporal. Bosque es el lugar de la libertad, piensa Ernst Jünger, donde el ser humano duerme y restituye su orden al despertar y reparar en su propio poder. El ser humano se redescubre periódicamente a sí mismo, es el ritmo superior de la historia.
El mundo histórico en el que nos hallamos se asemeja a una embarcación que se desplaza con un movimiento rápido y que unas veces exhibe rasgos de comodidad confortable y otras veces muestra signos de terror. Unas veces es Titanic y otras veces es Leviatán. Lo que se mueve sirve de señuelo a los ojos y por ello a los más de los pasajeros de la nave les queda oculto que ellos habitan al mismo tiempo en un mundo diferente, en el cual reina una quietud total. Es tan superior el segundo de estos reinos al primero, que parece contener a éste dentro de sí como un juguete; es tan superior a él como lo es una de esas innumerables epifanías que acontecen. El segundo de esos reinos es patria, es paz y seguridad, cosas que todos nosotros llevamos dentro. A esto es a lo que damos el nombre de “bosque”.
La emboscadura tiene un propósito metapolítico, domeñar el tiempo, para lo cual es necesario abjurar del miedo. No se orienta a las fugaces cosas que pasan, las fachadas políticas y sus agrupaciones, sino a amenazas que permanecen y vuelven una y otra vez con más fuerza y mayor rapidez.
Ir al bosque es consecuencia de una actitud metaética, una proscripción por ejemplo. Anteriormente era común que ésta fuera precedida por algún homicidio. Ahora, explica Ernst Jünger, sucede de manera casi automática: nadie puede saber si mañana mismo pertenecerá a un grupo que se considere fuera de la ley.
Nuestros antepasados proscritos eran seres acostumbrados a pensar por sí mismos, como no ocurre ahora por el hecho de estar insertos en colectivos y constructivos, dependientes de enchufes, alimentos enlatados, etcétera.
Pero la emboscadura no debe entenderse como una actitud anárquica ante la técnica moderna, sea ésta política o de cualquier especie: “el bosque es un lugar espiritual”. Además, existen bosques en todas partes, lo mismo en los desiertos de la soledad que en las ciudades de la colectividad.
La Esfinge pregunta a Edipo si sabe el nombre del extraño que se mueve en el tiempo. Esa interrogación, según Ernst Jünger, es la que hace la nada al ser humano, es la pregunta por sí mismo. ¿Existe algo en ti que no haya sido devorado por el tiempo?
Simultáneamente se multiplican los aparatos, es decir: el arsenal de las armas del tiempo. En esto estriba el error de pensar que los aparatos, y en especial la técnica de las máquinas, aniquilan el tiempo. Acaece lo contrario: los aparatos crecen sin medida y se nos arriman muy cerca porque otra vez ha vencido el plazo de la pregunta hecha al ser humano. Los aparatos son los testigos que el tiempo necesita para mostrar de manera sensible la superioridad de su poder. Si el ser humano da una respuesta correcta, perderán su brillo mágico los aparatos y se plegarán dócilmente a su mano.
La emboscadura es la primera línea en nuestra marcha hacia la muerte. Está demasiado cerca de la aniquilación, sin embargo, cuando se supera, el bosque, riqueza del mundo, se presenta en su plenitud sobrerreal. Liberados de tiempo —como sucede cuando nos transformamos en destino para nosotros mismos al escuchar las combinaciones cambiantes de la música—, proscritos, condenados, emboscados conocemos nuestro poder indestructible, sustancia indivisa.
En uno de sus últimos ensayos, La tijera, el pensador alemán señala que también la muerte es sustancial, mientras el morir, accidental: transcurre en el tiempo, sucede de formas múltiples y cambiantes.
Todos los sistemas intentan suprimir el significado metafísico de este asunto, en función de amaestrar al ser singular para beneficio de las colectividades.
Éste es el ethos, el élan, al cual, sin tiempo, otorgó sentido Ernst Jünger, quien después de todo, a lo largo de su longeva vida, logró sacar la cabeza de más de un lazo —como el capitán Richard en Las abejas de cristal— y probó más de un cebo sin morder el anzuelo.









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