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El terabyte nuestro de cada día

· marzo 31, 2017

 

Fabiola Morales Gasca

 

Ha asistido a la mejor fiesta de su vida la noche del sábado. Es domingo por la mañana, o más bien es mediodía. A duras penas se levanta; le duele el cuerpo. Va al baño y luego corre por el celular para ver los nuevos estados de sus redes sociales. Un insoportable dolor de cabeza le desgaja su mundo. Aún duda si es cruda por el exceso de alcohol de la noche anterior o la necesidad de actualizar la información. ¿Qué le duele más? Si la respuesta es la segunda, no se apure: tiene la enfermedad común del XXI.

Vivimos aplastados por los terabytes inútiles de información que circulan en las redes. La nube está cargada del nuevo mal del siglo: exceso de información. En cada larga jornada lo vivimos en agonía.

Antes de los noventa era un sueño para cualquier investigador tener valiosa información de libros o artículos lejanos. Era casi imposible tener información actualizada sobre temas de alta especialización o general; para ambos casos se acudía a la biblioteca. El ritual consistía, además de acudir al sitio, buscar en tarjetas por nombre de autor, título de obra o la materia; después de hallar la información, el problema era ver cómo se llevaba dicha información a casa. Gracias al internet la epopeya que pasaban los investigadores por un poco de información actualizada queda en la historia. Ahora tenemos todo a través de unas cuantas pulsaciones sobre nuestro celular. Podemos hallar cientos o miles de páginas con la información requerida en segundos.

¿Cómo es que un sueño de hace algunas décadas ha terminado como una pesadilla que nos devora diariamente?

Estudios aportados por el neurólogo ruso Levon Badalian (1929-1994), dedicado a la neurología infantil, advertían ya sobre el daño que el exceso de información provoca en el desarrollo neurológico y cerebral de los niños, el cual es el principal causante de trastornos del aprendizaje. Tiempo después el psicólogo británico David Lewis acuñó el término Information Fatigue Syndrome (Síndrome de Fatiga por Exceso de Información). El lector probablemente ya ha experimentado en carne propia los estragos de esto.

El Síndrome de Fatiga por Exceso de Información es la manifestación del elevado nivel de estrés de los usuarios que a cada minuto verifican la información llegada a través de sus teléfonos móviles. Se incluyen en segundo término periódicos, televisión, libros y faxes. Por supuesto, la red de redes actúa como la principal responsable de la avalancha de información que nos invade minuto a minuto. Tras su incorporación a la vida cotidiana en los años noventa, el intenso crecimiento en el año 2000, el rápido aumento de conectividad de gadgets a internet, se logró de la conectividad de un elemento indispensable en nuestra vida moderna.

La conectividad cobra un alto precio: producir en el cerebro un estado psicológico de hiperexcitación y ansiedad por el océano de información que recibe. Otros estados, como el miedo y la inseguridad son asociados por no poder manejar la inmensa cantidad de información. Pero lo más grave es la incapacidad analítica. Es decir, el análisis y la reflexión se anulan, llevando por consiguiente a erróneas conclusiones y toma de decisiones equivocadas. En otras palabras: la infoxicación es un exceso de información que supera nuestra capacidad de aprovechamiento.

¿Por qué ocurre esto? Contrario a lo que se cree, contar con más datos, estar conectado de forma permanente y tener la más reciente información, no significa que se comprenda mejor lo que sucede.

Debemos de tener en cuenta que las cantidades, los sucesos, las anécdotas, las cifras o los hechos en sí sólo son la materia prima de la información. Es decir, la información está integrada por datos. Por ejemplo, en los noticieros matutinos de radio se nos puede dar a conocer el hecho de que hay tráfico pesado en ciertas zonas de la ciudad; en la televisión mostrarían imágenes de las calles llenas de automóviles. Pero hasta ahí sólo tenemos una parte de la realidad, mas no toda. Ahora bien, la información completa y correcta de un noticiero responsable abarcaría no sólo exponer las calles. Una nota que nos diga qué originó dicho congestionamiento vehicular, las rutas alternativas y hasta nos de una hora aproximada para el desahogo de tráfico sí sería una completa información, no un desfile de datos que no nos proporcionan mucha ayuda para aplicarla en nuestro contexto real. La información va más allá de datos: es la capacidad de responder preguntas que expliquen dichos datos. La información requiere necesariamente del pensamiento. Frente a la televisión todo parece contundente.

Así que, estimado lector, tal vez ya empiece a darse cuenta de que más del 70 u 80 por ciento del terabyte de cada día que recibe es sólo de datos. Desde los años cincuenta se empezó a investigar el impacto que tienen las secuencias rápidas de imágenes, sonidos y locución para convencer a los consumidores o electores (ver Vance Packard en Las formas ocultas de la propaganda).

Las secuencias veloces de imágenes y datos no permiten hacer el proceso reflexivo, que llevaría a comprender el porqué de los sucesos. Saturado nuestro hemisferio izquierdo, el lado lógico del cerebro, por el exceso de datos, no deja actuar al hemisferio derecho, que corresponde al análisis. No hay suficiente tiempo de analizar y comprender dichos datos para generar buena información. Algunos neurólogos también coinciden en que el exceso de datos actúa en nuestro cerebro como estimulante, produciendo el mismo placer que algunas drogas producen en el cuerpo.

Tal vez ahora ya tengamos la explicación de por qué es tan placentero estar conectado a su celular cada cinco o diez minutos.

¡Sálvese! Estamos a tiempo. Tomar datos de un lado y de otro, distinguir entre una cosa y otra, y determinar cuál es la diferencia entre ambas nos permite generar opinión. Ser inteligentes nos faculta de la capacidad de discernir qué es lo correcto para poder diferenciarlo de lo que no lo es. Sólo analizando los datos podemos formar nuestros propios criterios y principios que nos regirán. Para desintoxicarnos del mal del siglo es necesario alejarse un poco de las redes sociales y todo medio que nos dispare sin misericordia gruesas balas de datos. Debemos tomarnos tiempo suficiente para analizar lo que se nos da y empezar a fundamentar nuestro criterio. Asimilar y analizar son procesos que hemos olvidado. Sólo a través de estas facultades podremos romper el círculo que el sistema nos impone. Sólo con inteligencia y creatividad generaremos conocimiento y la sabiduría vivir en este siglo.

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