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El superviviente

· mayo 20, 2015

Elías Canetti

 

El momento de sobrevivir es el momento del poder. El espanto ante la visión de la muerte se disuelve en satisfacción pues no es uno mismo el muerto. Éste yace, el superviviente está de pie. Es como si hubiese antecedido un combate y como si uno mismo hubiese derribado al muerto. En el sobrevivir cada uno es enemigo del otro; comparado con este triunfo elemental todo dolor es poca cosa. Es importante sin embargo que el superviviente esté solo ante uno o varios muertos. Se ve solo, se siente solo y, cuando se habla del poder que este momento le confiere, nunca debe olvidarse que deriva de su unicidad y sólo de ella.

Todos los deseos humanos de inmortalidad contienen algo de manía de sobrevivir. El hombre no sólo quiere estar siempre; él quiere estar cuando los otros ya no estén. Cada uno quiere llegar a más viejo y saberlo, y cuando él mismo ya no esté se le ha de conocer por su nombre.

La forma más baja de supervivencia es la del matar. Así como se ha matado al animal del que uno se alimenta —que yace indefenso ante uno y se puede cortar en trozos y repartido como presa que uno incorpora a sí y a los suyos—, así también el hombre quiere matar al hombre que se interpone en su propio camino, que se le opone, que se yergue ante él como enemigo. Le quiere derribar para sentir que él aún existe y el otro ya no. Pero no debe desaparecer enteramente; su presencia como cadáver es indispensable para lograr este sentimiento de triunfo. Ahora sí puede hacer con él lo que quiera, mientras que a él no le puede hacer nada. Está tendido, permanecerá siempre tendido; nunca volverá a levantarse. Le puede quitar su arma; puede recortarle partes de su cuerpo y conservarlas para siempre como trofeos. Este momento de la confrontación con el que ha sido muerto colma al superviviente de una fuerza muy particular que no es comparable a ninguna otra. No hay instante que exija con tanta fuerza su repetición.

Porque el superviviente sabe de muchos muertos. Si estuvo en la batalla ha visto caer a los otros alrededor de él. Libró batalla con la intención consciente de afirmarse contra los enemigos. Era su objetivo declarado derribar al mayor número de ellos, y sólo puede vencer si logra hacerlo. Victoria y supervivencia para él coinciden.

Mas también los vencedores han de pagar su precio. Entre los muertos yace mucha de su propia gente. Amigos y enemigos entremezclados hacen el campo de sangre, el montón de muertos es común. A veces las batallas tienen lugar de modo tal que no se puede ya separar unos de otros los muertos de ambos lados: una fosa común puede entonces reunir sus despojos.

Entre estos montones de caídos el superviviente se yergue como afortunado y preferido. Que él aún conserve su vida mientras que tantos otros que hace un momento estuvieron con él la hayan perdido es un hecho monstruoso. Indefensos yacen los muertos, entre ellos está erguido él, de pie, y es como si la batalla se hubiese librado para que él sobreviva. Ha desviado de él la muerte, sobre los otros. No es que haya evitado el peligro. En medio de sus amigos encaró a la muerte. Ellos han caído. Él está de pie y triunfa.

Esta sensación de sublimidad la conoce quien estuvo en alguna guerra. Puede estar disfrazada por el luto hacia los camaradas; pero éstos son pocos, los muertos siempre muchos. La sensación de fuerza, de estar en pie con vida en contraposición a los muertos, es en el fondo más intensa que todo luto, es el sentimiento de ser elegido entre muchos cuyo destino es manifiestamente idéntico. De alguna manera uno siente ser el mejor simplemente porque todavía está vivo. Uno ha dado prueba de sí, de manera que vive aún. Uno ha dado mejor prueba que muchos puesto que todos los que yacen no viven. Aquel a quien le sucede sobrevivir así con frecuencia es un héroe. Es más fuerte. Tiene más vida dentro de sí. Las potencias superiores le son propicias.

——

Fragmento de Masa y poder, Muchnik Editores, Barcelona, 1982.

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