Antonio Bello Quiroz
El psicoanálisis, cuidadoso como se muestra cuando se trata de decir algo en torno a lo que se le confiere la categoría de acto, pocas veces se ha pronunciado sobre el suicidio.
Freud lo hace muy poco: se sabe de un solo documento en donde se expresa al respecto de manera explícita, se trata de un escrito recogido de las reuniones celebradas los miércoles por Freud y sus discípulos. Es de 1910 y se encuentra contenido en las Actas de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Ahí Freud señala: “No se debe olvidar que el suicidio no es sino una salida, una acción, un desenlace de conflictos psíquicos, y lo que corresponde explicar es el carácter del acto y de qué modo el suicida pone fin a la resistencia contra el acto suicida.”
En la propuesta de Freud se puede ver la ausencia total de postura moral. El suicidio, señala el maestro vienés con toda claridad, se trata de una salida entre otras al conflicto psíquico; sin embargo, dada su característica de acto definitorio de la vida, vale preguntarse, como lo sugiere el mismo Freud, sobre el carácter del acto y las formas en que se pone fin a las resistencias contra el acto suicida. Aunado a este interrogante se encuentra el cuestionamiento sobre las formas en que se vence la potente pulsión de vida o eros.
En la cita mencionada se encierra todo un entramado de sugerencias ante las cuales una pregunta se impone y apunta a uno de los centros de la discusión que se sostiene en las disciplinas de la “psi” y que ya señalamos: ¿esos conflictos psíquicos subyacen en todo sujeto o sólo en algunos? Sin duda alguna, uno de los descubrimientos torales del psicoanálisis, y por ello mismo fuente de frecuentes ataques, es la hipótesis que sostiene que el conflicto psíquico es condición de subjetividad, por tanto, de una u otra forma, subyace en todo sujeto.
Luego entonces, el suicidio es una salida abierta para todo sujeto y no sólo para quien es considerado, de cualquier manera, patológico. El esquema de aparato psíquico que Freud nos propone está organizado y gobernado por dos fuerzas que resultan antagónicas: una de ellas tiende permanentemente a descargarse (las pulsiones) y la otra se opone sistemáticamente a esas descargas (las prohibiciones).
El psicoanálisis permite ver que, con independencia de sus características culturales, sociales u otras, el sujeto permanentemente circula montado en ese conflicto, haciendo frente, de una o de otra manera, a una pregunta fundamental: ¿Qué me quiere el Otro? Es en esta pregunta en donde el Otro (la cultura, el orden social, quien regula el deseo, la Ley), al responder revela su carencia, su falla; ante la falla del Otro, el sujeto ofrece una respuesta: el suicidio es una entre ellas, donde el suicida ofrece su desaparición como respuesta.
Para intentar hacer una lectura más o menos clara de esta posición frente al suicidio habría que pasar, como señala Freud, por el intento de leer de manera diferenciada acción y acto. Desde el psicoanálisis, la lógica del acto suicida nos permite diferenciar al menos dos tipos fundamentales de suicidio: a) el acto suicida como síntoma; y b) el acto suicida radical.
Freud señala: “No se debe olvidar que el suicidio no es sino una salida, una acción…” Por tanto, el acto suicida como una “acción”, es decir como síntoma, acepta ser leído como acting out, término que, por cierto, no proviene del psicoanálisis sino que fue elaborado por Moreno en 1932 desde el psicodrama.
Este autor lo definió como un actuar irracional en la existencia pero terapéutico en el tratamiento. En ese sentido, en tanto que el acting es un acto realizado por el sujeto sin conocimiento claro de la o las motivaciones; podemos pensar que el suicidio en estado de depresión provoca el encuentro de una muerte no deseada. El suicida en esta situación pone en escena su odio al objeto, el deseo del sujeto se impone y el acting se expresa por sí mismo como síntoma pero sin verse afectado por la conciencia. Hablaríamos así de un acto sin sujeto.
En el acto suicida como síntoma, alguien resulta muerto, pero el acto carece de sujeto. En este sentido, la fuerza que propugna por efectuarse (pulsión) se realiza, la censura (prohibiciones) fracasa. Para el análisis del acto habría que intentar desmontar la fórmula del suicidio que nos señala que ahí se pone en escena el odio al objeto de deseo dándose, de manera paradójica, muerte a sí mismo.
Pero, ¿por qué agredirse al poner en escena el odio al objeto? Partamos de una evidencia que el psicoanálisis ha venido a poner al descubierto con respecto a la falsa dicotomía entre el yo y el otro: nadie puede engendrarse a sí mismo.
Así, el yo se constituye sólo con la intervención de Otro que limita los goces; es esa limitación lo que le hace ser, cierto, pero, paradójicamente, es eso mismo lo que hace que el yo esté sometido, alienado por siempre y sometido a la tensión de la relación con el Otro que, en tanto le constituye, le mantiene bajo amenaza de destrucción: aquel que lo hace también lo puede destruir.
Desde muy temprano en su andadura teórica, Jacques Lacan formula que: “El deseo del sujeto es el deseo del deseo de Otro.” El sujeto se constituye como tal en el lugar de Otro, en el discurso de Otro. La madre desea (o no) a su hijo antes incluso de nacer; el niño es desde ya producto del deseo de Otro y así buscará permanecer deseado, amado por Otro, con lo que puede mitigar la pregunta que al principio señalaba: ¿Qué me quiere el Otro?, sosteniendo así una ficción de vida. La suspensión o interrupción de este deseo del Otro que le constituye y sostiene se vive con un incremento de la tensión agresiva, hasta la muerte.
El segundo caso, en el suicidio radical, el sujeto se formula una razón (certeza) para morir. No se encuentra en el entretelón de una clínica de la desesperanza, ni se expresa de manera violenta el vínculo dramático de odio al Otro y luego a sí mismo. Los signos que se señalan como manifiestos en el suicidio no se presentan en tanto que el deseo de ser amado está satisfecho. La pulsión está ligada al lenguaje.
No hay desesperanza ni desvalorización personal. Incluso puede existir una intensa investidura libidinal hacia un objeto, es decir, establecer vínculos de amor al objeto. Sin embargo, el sujeto tiene un claro deseo de morir sustentado en una lógica de su muerte, una lógica que se muestra, en su principio, basada en una certeza. Su acto estaría dimensionado en el pasaje al acto.
Así, el suicidio se constituye como un acto que no es representación, un acto que no es de los semblantes. Para ilustrar lo dicho en estas últimas líneas es posible pensar, por ejemplo, en el suicidio del escritor japonés Yukio Mishima. Este tipo de suicidios marcados por el acto radical también son llamados suicidios éticos o melancólicos.








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