Antonio Bello Quiroz
Si bien es cierto que la muerte nos acompaña velada durante toda la vida, desconcierta que sea el propio sujeto quien decida recorrer el velo y encontrarse con la más presente de las posibilidades. El suicidio se nos presenta como un enigma a lo largo de la historia. Se trata de un acto que en diversas dimensiones conmueve y cuestiona a la sociedad, la detiene en seco y la confronta con la insuficiencia de toda explicación. No hay discurso que pueda dar cuenta del acto; el psicoanálisis tampoco se lo propone.
El suicidio es esencialmente un acto, y por tanto se sitúa por fuera de la palabra, fuera de la dimensión del lenguaje; un acto que nos muestra lo real del lenguaje. Por la vía del acto se tramita una angustia que no encontró las vías del síntoma o la obsesión. El psicoanálisis nos permite reconocer tres dimensiones del acto: el acting out, el pasaje al acto y el acto. El suicidio, siendo del orden de la experiencia, se muestra en estas tres dimensiones.
El 22 de febrero de 1989, en San Diego, California, Sándor Márai, extraordinario escritor húngaro, se suicida.
En el psicoanálisis encontramos una expresión del acting out (es la expresión que se utiliza para hablar del Ageren —actuación— freudiana) ligado al suicidio en la carta que Dora deja a sus padres amenazando con quitarse la vida. El acting out se ubica en relación con las tentativas de suicidio donde se hace un llamado al Otro; el sujeto se juega aquí en su dimensión inconsciente organizado desde esa otra escena que es su fantasma.
El suicidio como pasaje al acto circula por otras dimensiones. El Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano de Dylan Evans nos dice que la frase “Pasaje al acto” proviene de la psiquiatría clínica francesa, que la utiliza para designar los actos impulsivos de naturaleza violenta o criminal que eventualmente indican el inicio de un episodio psicótico agudo. Por mucho tiempo se ha utilizado “pasaje al acto” también para traducir el Ageren, pero Lacan, en el seminario sobre la angustia, va a establecer la diferencia entre acting out y pasaje al acto. En ambos casos se trata de un último recurso contra la angustia, sin embargo, quien realiza un acting out aún permanece en la escena mientras que el pasaje al acto implica una salida o caída de la escena. Así, mientras el acting out es un mensaje simbólico dirigido al Otro, un pasaje al acto es una huida respecto del Otro.
El pasaje al acto es un movimiento de salida de la escena, negando en acto la existencia del Otro que lo sostenga en su angustia. Se trata, dice Lacan, de una “salida vagabunda al mundo puro”. En el pasaje al acto del suicida, el sujeto se libera de los significantes mediante su muerte. El suicidio es, dice Lacan en Psicoanálisis, Televisión y Radiofonía, el único acto de éxito sin fracaso.
En el Seminario 5, Las formaciones del inconsciente, el psicoanalista francés nos dirá que el sujeto, mediante el pasaje al acto suicida, se hace más signo que nunca. Escribe: “es precisamente a partir del momento en que el sujeto está muerto que se vuelve un signo eterno para los demás, y los suicidas más que otros. Es precisamente por eso que el suicidio tiene a la vez esa belleza aterradora que lo hace tan terriblemente condenado por los hombres, y esa belleza contagiosa que hace que las epidemias de suicidios sean algo que en la experiencia es todo lo que hay de más dado y de más real”. En el pasaje al acto, el sujeto se precipita fuera de la escena del mundo. No opera de manera inconsciente desde la otra escena, como en el acting, sino que pasa a la otra escena.
En el pasaje al acto el mensaje o llamado al Otro está ausente, más bien el suicida pretende escapar del Otro que lo vincula a una trama simbólica, reduciéndose en la experiencia al estatuto de objeto que cae como desecho de la escena simbólica.
Sándor Márai fue uno de los escritores más reconocidos del siglo XX. La calidad de su prosa hace que sus novelas sean traducidas a muchas lenguas. Nacido en el emblemático 1900, tras la Segunda Guerra Mundial, con la llegada de los nazis y el comunismo a Hungría, y con la destrucción de la burguesía liberal, donde él se encontraba viviendo más o menos cómodo, junto con su mujer Ilona Matzner, termina por abandonar su amada Budapest en 1948. Deambularon por algunas ciudades de Europa hasta exiliarse definitivamente en San Diego, California, en los Estados Unidos.
En su exilio, Márai escribe cinco diarios. El escritor es casi olvidado por el mundo, se encuentra casi ciego, enfermo y acompaña a su amada esposa (a quien llama Lol) hasta sus últimos días.
A partir de las últimas décadas su obra recobró el lugar que merece y ha sido llevada al cine y al teatro. El mundo del escritor, su vínculo con el Otro, se empezó a fracturar con su obligada salida de Hungría. En sus diarios recuerda, 40 años después, la ocupación de Budapest: “Hoy hace cuarenta años que se destruyó el yo que fui y cobró forma ese otro que soy en la actualidad. El mismo que ahora se desmorona.” Aunque la idea del suicidio aparece con frecuencia en sus novelas, es a mitad de 1984 que escribe: “Estoy enfermo y, a mis ochenta y cinco años, merezco marcharme.” Reconoce que sus pilas se agotan, está cansado y frágil.
Su mayor temor, al iniciar este último diario, es perder a su amada mujer quien le acompaña desde 1923. Con ella ha vivido las penurias y pérdidas de una vida. Tuvieron un hijo, Kristófka, quien murió seis meses después de nacido. En abril de 1985 Lol, su amada esposa, sufre una caída y se rompe el brazo. En noviembre de ese mismo año es trasladada al hospital, a una unidad para enfermos terminales: tiene cáncer. Márai escribe el 11 de noviembre: “irnos juntos, sin dolor, es mi última esperanza”. Diez días después escribirá en su diario: “Si se va, ya nada tendrá sentido.” Al inicio del año siguiente, en enero de 1986, anotará: “L. ha muerto.”
La muerte de su amada Lol lo hace caer en el mutismo. Sólo hasta el 20 de febrero vendrán los autorreproches y escribirá: “La furia. Nada de enternecerse, de meditar. Sólo la furia. A veces bramar de pura rabia. Porque ha muerto. Enfurecido con el médico porque no pudo ayudarla. Enfurecido con Dios (si existe) porque tampoco la asistió, y enfurecido con Dios (si no existe) porque no existe cuando se necesita su intervención. Enfurecido con la gente, porque no la ayudó. Enfurecido conmigo, porque no fui capaz de hacer algo más. Enfurecido con ella, porque murió.”
El 18 de febrero de 1986 se compra un revólver y, aunque declara que no piensa en suicidarse, toma clases para aprender a usarlo bajo la idea de saber que podría acabar con el deterioro y no quedar en manos de los médicos a quien abomina como a la peste, les llama “perros con título”.
Está solo, únicamente es visitado por Janos, su hijo adoptivo. En julio de ese 1986 Sándor Márai es operado de la próstata, y nuevamente el silencio.
El 1 de enero de 1987 escribe: “me lo han robado todo”. En un año murió Lol y sus tres hermanos. Aún faltaban más pérdidas. El 23 de abril la entrada a su diario es: “Janos ha muerto.” Es para Márai como un puñetazo en el pecho y escribe: “ya no quiero escribir ni vivir, sólo irme en paz. Sería un gran regalo no despertarme más.”
En la última anotación del diario del escritor, el 15 de enero de 1989, se lee: “Ha llegado la hora.” El 22 de febrero se pegó un balazo. Se hace caer de la escena.








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