Miguel Samsa
Pocos filósofos del periodo presocrático tuvieron tanta relevancia como Eleuteria de Samos (497-412 a.C.), una de las más controvertidas discípulas de Pitágoras, cuya obra, censurada por su mismo maestro y sus colegas, ejerció una notable influencia en Claudio Ptolomeo, Hypatia y en Aristóteles.
Como es bien sabido, para el pensamiento pitagórico el principio ordenador de la physis era de naturaleza matemática: la armonía del Cosmos era resultante de la proporción existente entre los números, principio que aplicaba también a sus estudios sobre música.
Eleuteria, enfocada en el estudio de la música, observó que en la armonía de las composiciones las pausas tenían tanta importancia como las notas tocadas. Desde este punto, llegó a plantearse que la armonía musical tenía su origen y principio rector en el silencio, en la adecuada distribución de éste a lo largo del desarrollo de una melodía.
El silencio, en tanto ausencia o cese del sonido, es también —concluyó— la posibilidad de su existencia y su condición ordenadora. En su tratado Sobre los principios de la Armonía, Eleuteria fue un paso más allá de la teoría musical: así como ocurría con la melodía, que obedece asimismo a una proporción matemática, pasaba también con la physis: las proporciones numéricas que la regían eran el resultado de una ausencia. El número era imposible sin su misma ausencia, que le abría la posibilidad de ser. Por tanto, así como el silencio era la condición indispensable para la existencia del sonido, la Nada lo era para el número y para los entes concretos.
Lo novedoso del pensamiento de Eleuteria radicó justamente en este punto: considerar la Nada no sólo como una categoría indispensable del pensamiento sino también como la condición de existencia de los seres. Y, además, como una entidad matemática, que debería ser expresable de manera semejante a los demás números.
Pensar la Nada como un número, y de manera específica como el número que posibilita la existencia y progresión de todos los demás, representó un desafío no sólo para la escuela pitagórica, sino también para todos los presupuestos de la filosofía desarrollada en Grecia hasta ese momento.
Faltaban aún varios siglos para que los hindúes establecieran una formulación matemática para el cero y muchos más para que esta noción fuera reintroducida en Europa a través de los árabes. Y considerando incluso la tajante concepción de Parménides de Elea, quien postuló que el No-Ser no puede ser ni siquiera pensado, la propuesta de Eleuteria resultó por demás descabellada.
La filósofa no sólo fue expulsada de la escuela y —según algunos biógrafos como Jámblico y Porfirio— desterrada de la isla de Samos, sino que además su tratado fue quemado en la plaza pública, en un acto insólito para las esotéricas actividades de los pitagóricos.
Sólo sobrevivió la copia que la misma Eleuteria logró llevar consigo hasta Heraclea, donde pasó el resto de su vida dedicada a observaciones astronómicas y estudios matemáticos. Si bien siguió empeñada en la formulación de la Nada como entidad matemática, su trabajo tuvo escasa circulación en la antigua Grecia tras la condena por parte de los pitagóricos.
Sin embargo, la obra parece haber sido consultada de manera asidua por Aristóteles —que se reservó cualquier mención a la autora— y en la cual es posible que se haya basado para sus consideraciones sobre el reposo. Asimismo, Claudio Ptolomeo habría seguido de manera puntual algunos de los presupuestos teóricos de Eleuteria, tanto en el plano matemático como en el de la teoría musical.
Ferdinand Le Clézio (1905-1964), en su Orígenes de la ciencia europea, plantea la hipótesis de que la muerte de Hypatia, atribuida durante siglos a los cristianos, habría sido una represalia de un grupo de filósofos neopitagóricos, radicado en Alejandría, ante las investigaciones que la matemática realizaba en ese momento a partir del tratado de Eleuteria.









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