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El silencio

· mayo 7, 2015

Antonio Bello Quiroz

Nunca rompas el silencio

si no es para mejorarlo.

Ludwig van Beethoven

Hablar es siempre un imperativo: lo que se dice se muestra, aunque no se sepa nunca lo que se muestra. Lo que se muestra, en lo que se dice, es “esa cosa”. Se muestra eso que no alcanza a decirse con el lenguaje. El lenguaje nunca alcanza para decir aquello que nos habita; el lenguaje nunca alcanza: le hacen falta palabras. Por eso el silencio, el silencio que no es silente, está lleno de lenguaje, de impotencia de lenguaje.

Los poetas saben de esa impotencia del lenguaje, por ello tienen que hacer neologismos, como los delirantes. El psicoanalista lo sabe (quizá no sepa otra cosa): quien guarda silencio se habla.

El silencio está siempre presente, la mitad o más de nuestra vida la pasamos en silencio, por más molesto que esto sea. Los silencios producen en cada cual efectos que nos son siempre soportables.

¿Qué es el silencio? En psicoanálisis es fundamental, es ni más ni menos la esencia del descubrimiento freudiano, el silencio es la esencia del inconsciente, es, el silencio, en donde mayor tiempo se pasa cada ser humano, por más esfuerzos que haga para evitarlo. Podría ensayar aquí una fórmula: el silencio es lo propio de lo humano.

La posibilidad de que algo sea escuchado es que haya silencio. Los griegos decían que para que un discurso se pudiera sostener requería de que el cuerpo adquiriera control. Les faltó decir que para que la palabra pudiera fluir requería del silencio. Si no hay silencio, no hay significación de la palabra, ni la imagen, ni nada. El silencio es fundante y fundamental.

Lo sabía el educador Paulo Freire, el que en clase está callado no está, como se piensa, en actitud pasiva, receptiva, como tampoco estamos en posición pasiva quienes estamos la mayor parte de nuestra vida en silencio.

Quien escucha manifiesta un deseo, por lo menos escuchar lo que el otro dice. Sería fantástico tener una casa de escucha. Sin restricción, sin censura, ni prejuicios, una casa como el rincón de mor, donde Momo, aquel personaje de Michel Ende se especializaba en escuchar el sufrimiento de los demás sin querer remediarlo. En esto último radica el secreto. Quien escucha está abierto a la voz de otro, pero otro como diverso, quien escucha sólo lo que quiere escuchar no escucha nada.

Es como los maestros que asienten con la testa si el alumno dice lo que esperan, pero con esa misma sanciona severamente todo lo que su alumno diga en contra; simplemente no escucha nada. En realidad no es una escucha sino la intención de imponerse a su interlocutor, reducirlo. Quizá por ello tengamos tantos adolescentes hartos de no ser escuchados.

Saber no decir nada es un arte. Saber no decir nada cuando la ocasión no lo exige es una manera de recordar en acto que de eso, esencial para quien habla, no se sabe nada. En psicoanálisis, y lo digo sólo por señalar, guardar silencio, en el momento preciso, es hacer función de semblante. Se trata de un simulacro de mutismo, pero desde luego que no se trata de una hipostasis, como lo quería Emmanuel Levinas, no es un fingimiento sino una plena oportunidad de que el paciente hable de lo profundo de su sufrimiento.

El silencio es, potencialmente, lo contrario a hablar. El hablar, en este caso el escribir, es una forma de decisión; cada signo, cada significante, ubica a un sujeto ahí donde se dice. Hablar es cosa seria. Hablar es mantener la Cosa viva. Hablar es entrar en tensión; quizá por ello se recurra, en algunos casos, al silencio.

Se impone hacer una distinción entre lo que comúnmente llamamos silencio, que, por un lado, tiene que ver con lo que pulsionalmente nos acicatea, digamos, el silencio interno, eso que no revelamos y tampoco revelamos a los demás y que, sin embargo, nos impele (no importa el contenido, según Freud, lo que no podemos decirnos, ni a los demás, lo que reprimimos, es el silencio de la muerte que nos habita), en latín se llama sileo; y por el otro lado, el callar, que se dice taceo, que tiene que ver más con aspectos propiamente psicológicos como inseguridad, ignorancia o cualquiera de esas pavadas.

Las histéricas de Freud, las que convulsionaban, las que se paralizaban, eran enfermas de silencio; se enfermaban por callar, por no poder decir de su sufrimiento sexual. El psicoanálisis se inventó, hay que decirlo, como un puente entre el silencio y la palabra. Se trata de un dispositivo para que se deje de callar y se sumerja en el silencio.

La adicción, como podemos deducir, es a-dicción, sin palabra. La adicción es un llamado a la palabra, eso que nos humaniza, las adicciones son silencios dolorosos que nos convocan a escuchar.

¿Podríamos hablar de enfermedades del silencio? Sabemos que muchos padecimientos circulan en silencio, el cuerpo habla ahí donde las palabras no alcanzan: alcohol, exceso de alimentos, tabaquismo, drogas duras, ciberadicciones, parejas tóxicas (como se dice), religiones, son formas de hablar en acto de aquellas cuestiones que, por reprimidas, no se pueden poner en palabras. Manifestaciones del silencio, quizá llamadas a la escucha.

Estas expresiones no lo son sino de violencia, si la palabra no adviene, como ocurre en la adicción, entonces no hay espacio sino para el acto. La violencia es el sucumbir de la palabra.

Pero, ¿el hablar demasiado, sin ton ni son, como se dice, garantiza la sanidad? La religión se ha valido de ese efecto terapéutico que, sin duda, conlleva la confesión; el hablar y hablar y hablar en realidad es una forma de enmascarar el silencio (sileo) que no se deja escuchar, incluso para quien habla.

Michel Foucault, por ejemplo, en el primero de sus tres tomos de la Historia de la sexualidad nos los deja ver: la mejor manera de callar sobre la sexualidad, esa que nos habita y nos hace ser humanos, es hablar demasiado de ella.

 

 

Para el silencio con John Cage:

https://www.youtube.com/watch?v=0TUW8NcvoaQ

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admin

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