Yves Bonnefoy
El siglo XIX vio producirse uno de los grandes hechos de la historia del espíritu y nos legó la tarea, poco asumida después —en todo caso, de ningún modo en el plano donde sería preciso que lo fuera—, de medirlo, de apreciar sus peligros, de percibir sus aportes posibles.
Este hecho es la banalización del descreimiento y el efecto que tuvo sobre el trabajo de los poetas. Lefranc de Pompignan o Voltaire, en el siglo anterior, poca religión tenían, pero tampoco tenían mucha poesía. En sus poemas, poco advertidos del día a día de su existencia, el ocaso de la preocupación por Dios iba a la par del empleo cada vez más resueltamente retórico de la palabra ritmada con la que intentaban preservar la apariencia; y en los márgenes de esta literatura tan satisfecha de sí, la sensibilidad propiamente poética, la que sabe percibir la trascendencia en las situaciones y las cosas de la realidad empírica, la que sin embargo no se sentía en condiciones ya de apoyarse en artículos de fe, tenía entonces que errar —atónita, asustada, poco capaz aún, sin embargo, de una verdadera recuperación— en las sorprendentes situaciones de esas novelas de la época que se llamaban góticas.
Tras lo cual, en la proximidad del romanticismo y todo el tiempo que éste duró, una sensibilidad finalmente agotada por la excesiva verbalidad del clasicismo tardío se consideró de nuevo verdadera poesía, pero lo fue para dejarse inflamar por un fervor religioso que retardó, en la mayor parte de aquellos que se pretendían poetas, la toma de conciencia de los cambios que se producían más profundamente en el espíritu. Hugo, al final de su vida, escribía La Fin de Satan [El fin de Satán] y Dieu [Dios], poemas aún impregnados por el sentimiento de lo sobrenatural. Y el romanticismo alemán experimentaba por el lugar simplemente terrestre —bosques, montañas— un atractivo cuyo fondo le parecía ser una divinidad que identificaba en medio de la creencia tradicional.
Algo totalmente distinto se produjo a partir de 1840 en los escritores y en los artistas cuyas intuiciones y el sentimiento de responsabilidad espiritual continuaban, no obstante, sin encontrar sentido a los problemas de la fe: pero entonces era para constatar, conscientemente esta vez y con cierta inquietud además, su síncopa. El más intenso y profundo entre los grandes espíritus de esta nueva época, Baudelaire, se plantea la pregunta por la existencia de Dios pero debe resignarse a comprender, al menos en momentos que están en el centro de su atención, que no cree. Ocurrirá lo mismo, de manera más resuelta pero no por eso más radical, con Mallarmé, con Rimbaud. Estos poetas saben mantener sus ojos sobre las cosas próximas, objetos de la vida cotidiana o aspectos del ser sensible, en la profundidad de los cuales la percepción de una trascendencia es un hecho de simple evidencia; sin embargo, la creencia en algo más que esta realidad que se da en lo inmediato se apaga en ellos, y se encuentran allí, en tan sólo algunos poemas, los acontecimientos que permiten pensar que afectarán muy profundamente a la sociedad entera.
¿Por qué? Primero porque este desmoronamiento del “principal pilar”, como dirá Mallarmé, sugería comprender sólo como mito, “gloriosa mentira”, lo que era artículo de fe, y esto es correr el riesgo, peligrosamente, de perder de vista esa clase de verdad que se descubre en la meditación de los símbolos. A pesar de que en lo sucesivo se presienta y por lo tanto se quiera y sepa reunir el nivel más difícil de su capacidad significante, éstos no estarán más ahí para permitir a ciertos conceptos unirse a aspectos de la vida más íntimos que otros en su deseo seguramente indecible; no se sabrá ya retener del instrumento simbólico más que su empleo por una imaginación banalmente deseante, de manera que muchas analogías, hace poco hogares de símbolos, se prestarán, por ejemplo, a las fantasías más fácilmente sexuales, como en la literatura “gótica”. Un primer nivel atorado del inconsciente aflora en la conciencia: es el comienzo de una revisión, quizás un poco demasiado precipitada, de los juicios de valor.
Simultáneamente, o más bien de un modo consecuente, las ciencias de la materia van a imaginarse el campo libre, con sus efectos secundarios proliferando sin control en una sociedad invitada a producir y consumir objetos ellos mismos sólo materia, sin enraizamiento en la interioridad de la vida como era todavía el caso de la mesa hecha con una madera en cuyos nudos y fibras el bosque aún respiraba. Las ideologías podrán oponer su gusto por la generalidad desierta, su abstracción, al universal concreto al que se accede si la reflexión no olvida la reserva de sentido del instante vivido. Cuando el siglo se acaba, con sus trenes que silban en los túneles e incluso, poco después, con esos primeros aviones que despegan, ya es la guerra moderna, y el totalitarismo se establece en el pensamiento político. Los trastornos que afectan la relación con la trascendencia tendrán aspectos que se pueden estimar profundamente benéficos pero también numerosas consecuencias que evidentemente no lo son.
De manera que, al menos en algunas mentes, puede tomar forma una pregunta muy precisa, la que confiere a la poesía una función y una importancia totalmente nuevas. ¿Hay que pensar en la trascendencia sólo en términos sobrenaturales? ¿No es evidente que hay una trascendencia tangible, y activa, en el infinito interior de una brizna de hierba o en la sugestión que produce en la existencia cotidiana una simple escudilla sobre una mesa o los niños jugando, riendo en un camino donde la noche cae poco a poco? La transformación de la relación de lo humano con la trascendencia ¿debería fatalmente producirse de la manera que pronto se constata, un trato sin profundización recíproca entre la creencia tradicional, requerida por figuras, dogmas, preceptos, y este descreimiento que, sensibilizado tanto como pensado, es a pesar de todo susceptible de dejarse invadir por los misterios del mundo y de la vida?
Esta pregunta fue planteada, evidentemente se plantea todavía hoy, y cada vez más. En su espacio, que permaneció abierto a tantas posibilidades, presto atención a las contradicciones en las que se debatía Baudelaire y me apresuro a pensar que este debate que tuvo lugar en él, entre sí mismo y sí mismo —entre, diría, el yo [moi] construido por el pensamiento conceptual y el Yo [Je] que se acuerda de la unidad que éste oculta y hasta censura—, fue un crisol donde brilló un oro que es inmensamente importante percibir. Esta atención a una obra de poesía me incita a pensar que el siglo XIX, desde el punto de vista que menciono y que considero fundamental, no sólo fue el siglo de Michelet o, en el ocaso, de Marx y de Nietzsche, casi el de Freud, sino también, al menos en Francia, del autor de las Flores del mal.
¿Por qué Baudelaire? Y bien, porque si “Dios ha muerto”, como se dice para significar la retirada de lo divino de las significaciones y figuras de los medios con los cuales estructuramos la realidad empírica, no es sin embargo necesario, vuelvo a ello, que se pierda en esta última o solo se diluya allí el sentimiento de trascendencia. La poesía es la que permite, la única que lo permite, responder con eficacia a esta necesidad de preservación. En un ser en el mundo instituido por lenguas como las nuestras, occidentales, desde el principio altamente conceptualizadas, las definiciones de cosas, las categorías de pensamiento, sus encadenamientos lógicos o no son otras tantas ocasiones para olvidar lo que cada una de ellas en su generalidad no puede sino perder de vista, la existencia particular en su instante y en su lugar, en su finitud (en su infinito, además). Pero el menor pedazo de pan, la menor nube en el cielo siguen siendo eucarísticos, hecho que los pintores a veces saben significar. Y que la poesía, más radical que el arte, al ser cuestión de palabras, puede, ella, no sólo expresar sino también volver a descubrir, cuando el hablar conceptual que la rodea y que ella recusa amenaza borrarle hasta la memoria.
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Fragmento del ensayo con el mismo título del libro El siglo de Baudelaire (Fondo de Cultura Económica de Argentina, Colombia, 2017).









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