Pablo Manuel Rojas Aguilar
El ensayo, como género literario, ha recibido multiplicidad de definiciones a lo largo de la historia. La Real Academia de la Lengua Española, por ejemplo, lo define como un “escrito, generalmente breve, sin apartado ni extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia”. Para Ortega y Gasset “es la ciencia menos la prueba explícita”. Alfonso Reyes lo llamó el género centauro debido a las distintas formas que adquiere su estructura, dependiendo de la finalidad con la que éste se realiza y Montaigne lo comparaba con asar una carne.
Todas estas ideas y definiciones parecen indicar el carácter contingente del término ensayo, del ser del ensayo; y es que parece que su construcción simbólica responde a la apropiación significativa de una época, de una sociedad y de la tiranía de los grupos de poder.
Comencemos por definir el ser de las cosas, el cual, para Laclau, es discursivo, histórico y, por lo tanto, cambiante. No es una irradiación de la existencia, menciona Buenfil, sino una construcción social (simbólica) de dicha existencia. En consecuencia, el ensayo no nos es dado como una entidad meramente existencial; antes bien, se nos otorga de maneras múltiples, dentro de articulaciones discursivas. Dicha construcción social involucra una serie de mediaciones culturales, lingüísticas en la historia y el espacio. Como tal, está contaminada por las pasiones humanas de quienes legitiman los saberes: los grupos de poder; es decir, quienes deciden qué es válido y qué no como ensayo en los diferentes ámbitos.
Michael Halliday escribió en su Gramática sistémico funcional que los miembros de una comunidad de práctica (académica, literaria, entre otras) construyen sus ensayos usando el lenguaje, las estructuras, las normas, de tal modo que cubran las expectativas de un determinado contexto. Es decir, para pertenecer a un grupo, se debe escribir como dicen los Otros (instaurados en el poder); entonces, redactar una tesis, un artículo para revista debe hacerse de acuerdo con las normas que legitimarán los textos a fin de que tengan un valor.
Dada la multiplicidad de significaciones atribuidas al significante “ensayo”, éste se distorsiona y en ciertos casos pierde su identidad referencial, volviéndose un recipiente vacío que cada comunidad de práctica intenta cargar de significado de acuerdo con sus intereses y finalidades. No obstante, esta práctica, al ser resultado de un constructo social histórico, está amenazada por el exterior. Por ejemplo, en el ámbito de la crítica literaria, Donald W. Bleznick nos dice que “el ensayo puede definirse como una composición en prosa, de extensión moderada, cuyo fin es más bien el de explorar un tema limitado que el de investigar a fondo los diferentes aspectos del mismo”; mientras que en ámbito del hacedor, Díez-Canedo lo significa diciendo: “El ensayo viene a dar denominación literaria al escrito, difundido hoy preferentemente gracias a la prensa periodística, en el que se discurre, a la ligera o a fondo, pues no son la inconsistencia y la brevedad condiciones esenciales suyas, sobre un tema de cualquier naturaleza que sea”.
Sin embargo, si un crítico literario o un ensayista (llamémosle también literario) leyera los ensayos, por ejemplo, de estudiantes de preparatoria, notará que la estructura y las formas lingüísticas son establecidas por lo que los profesores les exigen: manifestar sus opiniones, sus actitudes sobre un tema (siguiendo, por supuesto, los lineamientos establecidos en los programas de estudio). Lo anterior debido a que estos textos responden a un fin específico (aprobar una materia) y, por lo tanto, no sería válido desacreditarlos; así como tampoco sería válido desacreditar los de la crítica literaria o de los hacedores, pues todos se articulan desde diferentes horizontes, advirtiendo los latidos de cada comunidad de práctica. En consecuencia, cada fijación de significado en cada comunidad hegemónica es igualmente válida.
Si bien la dificultad de definir qué es un ensayo se manifiesta en los diversos ámbitos, e incluso dentro de ellos mismos (manifestando su carácter abierto y contingente), existen ciertas equivalencias o similitudes en los distintos espacios ideológicos. Benedetto Crece, a pesar de que rechazaba la homogeneidad en la estructura del género ensayístico debido a sus diferentes finalidades (ensayo literario, académico, crítica, entre otros), tachándola de algo impropio y extraño a la realidad de las distintas obras, reconocía la necesidad de ciertas equivalencias que sirvieran de orientación: no de reglas que limitaran, sino de características que unieran. En este sentido, frente a la dificultad de una definición satisfactoria, el ensayo nos proporciona gran riqueza en características comunes, en similitudes en el plano sintagmático, las cuales se entretejen retroactivamente a fin de instaurar el significante rígido o “point de caption” (como lo llamó Lacan) que representará el potencial de significado (sin la posibilidad, por supuesto, de abarcarlo totalmente). Así, a pesar de las diferencias —ubicadas en el eje paradigmático, que vendrían a dificultar la ya de por sí onerosa articulación de elementos que se resignifican, imposibilitando el cierre del significado atribuido al significante— me atrevo a decir que la forma, el contenido del ensayo son, acaso, los mismos (aunque con finalidades distintas): aquellos que Montaigne proporcionó.
Dicho todo lo anterior, la búsqueda de una única definición o caracterización del ensayo parece una empresa humanamente imposible; pues pretender otorgar una sola significación a este término implicaría abarcar todos los ámbitos en los que éste pudiera aparecer; así como bosquejar la historia de este nombre con la finalidad de reconstruir las varias significaciones discursivas en las que ha tenido lugar y aniquilar todo exceso de sentido que pudiese distorsionarlo. Y es que ningún significante es enteramente autocontenido, puesto que siempre habrá algo en el exterior que le impida constituirse enteramente a sí mismo; siempre habrá algo que impida que alguien alcance su centro sin que se escurra entre sus dedos.
Lo que sí podemos evidenciar son las hegemonías; esto es, podemos caracterizar los géneros ensayísticos de cada comunidad de práctica, cuyas voluntades dispersas giran en torno a un mismo fin.
Si se tratara de brindar mi preferencia, yo me quedaría con aquella breve y contundente definición del ensayo que evocó Marcel Bataillon en su Erasmo y España, y comprenderlo y realizarlo como un “género de libre disertación sin rumbo fijo”.









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