Roberto Martínez Garcilazo
“… actúa siempre como un discípulo de Antonino; evoca su constancia en el cumplimiento de la prescripciones de la razón: la igualdad de su ánimo en todas las situaciones; su santidad; la serenidad de su rostro; su extrema dulzura; su desprecio de la vanagloria; su aplicación a penetrar el sentido de las cosas; cómo él no dejaba pasar ninguna cosa sin antes haberla examinado y comprendido bien; como estudiaba cuidadosamente los caracteres y las acciones de los hombres”.
El párrafo anterior pertenece al libro Pensamientos y su autor es el emperador romano Marco Aurelio (121-180), el filósofo estoico que gobernó el imperio durante los albores del cristianismo.
Este fragmento aparece citado en la página once de otro libro noble: Marco Aurelio y el fin del mundo antiguo, cuyo autor es Ernest Renan (1823-1892). Esta edición fue publicada por Porrúa en la colección Sepan Cuantos (número 587).
Marco Aurelio y el fin del mundo antiguo constituye la última parte de una obra monumental, integrada por siete volúmenes, titulada Historia de los orígenes del cristianismo.
La obra que actualmente conocemos como Vida de Jesús es el primer volumen de la erudita y bella Historia de los orígenes…
El mérito mayor, el teológico, de la Vida… lo constituye la tesis de que Jesús no fue hijo de Dios sino un hombre de carne y hueso, un mortal, “un hombre sublime”.
Regresemos al Marco Aurelio y el fin del mundo antiguo. En el prólogo, en la página xv, leemos:
“Fue el autor de los Pensamientos un adepto a la severa profundidad de los filósofos, que no de la frívola superficialidad de los retóricos. Con un vasto bagaje cultural y espléndidas condiciones naturales logró la perfección de la política liberal. Fue demócrata en el mejor sentido de la palabra; se convirtió en tutor de los débiles, creó la pretura tutelar para los huérfanos y comenzó a garantizar derechos al esclavo; dio garantías al derecho criminal, estableció normas para la familia y dejó definitivamente consolidado el imponente muro del Derecho Romano. Y hasta quiso suprimir los circos y los gladiadores. Realizó en su mandato el ideal platónico: que el mundo sea gobernado por los filósofos”.
En este aspecto, debemos señalar que Marco Aurelio concibió al Estado como la institución por excelencia, aquella que procuraba el respeto a la ley pero también la benevolencia hacia los débiles. El filósofo conocía las flaquezas de los hombres. Por medio de la cotidiana observación de las acciones humanas y de la valoración de los sucesos construyó una concepción del hombre en la que conviven la miseria y la grandeza. Esta concepción es el fruto excelente de su divisa: ‘Penetrar el sentido de las cosas’.
Para Marco Aurelio el mundo posee orden y sentido:
“El mundo puede ser caos, agregación y disgregación sucesivos. O el mundo es unidad, orden y providencia. En el primer caso, ¿cómo desear permanecer en semejante nave a la deriva? En el segundo caso: respeto y tengo confianza en Aquel que me gobierna.”
No deja de ser inquietante el acto decisorio que antecede a la dicotomía: el hombre elije el mundo en el que vive. No existe Dios; existe el hombre inconmensurable.









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