Jesús Bonilla Fernández
“Estamos persuadidos de que un hilo recorre todas las cosas; en él están enhebrados, como cuentas, todos los mundos: y los hombres, y los hechos, y la vida sólo nos llegan en virtud de ese hilo.”
La frase es de Emerson, pertenece a su opúsculo Montaigne o el escéptico y figura como uno de los epígrafes de A conciencia (Tusquets, 1990), las memorias de John Updike, quien al parecer encontró ese hilo una apacible noche de primavera, mientras esperaba su equipaje extraviado paseando por los barrios de su infancia en Shillington, Pennsylvania.
Updike es autor de gran cantidad de libros. Destacan Parejas, El centauro y la tetralogía de Conejo. Ha ganado los más prestigiados premios de la literatura norteamericana, el National Book Award, el National Book Critics Award y en dos ocasiones obtuvo el no menos prestigioso Pulitzer.
Conejo es rico genera una voraz depresión en el lector con su veraz descripción de una dominical tardeada de golf entre el ruido de las copas y las groseras competencias sexuales. Rematan estas imágenes el paquete de condones en el buró matrimonial y la transmisión de la serie Los ángeles de Charlie. Sólo un personaje como Conejo, hábil atleta, ducho en el vacío de la vida americana, podía resistir aquella realidad. Sólo con la religión de sus amantes el personaje puede gozar esa fiesta americana y ser inmune a la época que vive, a la crónica del mundo moderno, con sus protagonistas exitosos en lo que algún día podremos llamar en buena ley el fracaso americano.
Pero no voy a hacer una reseña de las novelas de quien fue un consumado reseñista (de hecho su estilo define para mí lo que debe ser la reseña literaria) sino mencionar la sabiduría expresada en ellas.
A conciencia consiste en seis ensayos personales donde el instructor relata y ensaya —a la manera de Montaigne, que no trataba de explicar las cosas sino darse a conocer a sí mismo— su vida como especimen humano, como representante, en su rareza y singularidad, de todas las vidas del mundo igualmente extrañas: “Dasein. El primer misterio que afrontamos es ‘Por qué yo’. El siguiente es ‘¿Por qué aquí?’ Dasein… Miles de millones de conciencias sedimentan la historia hasta los bordes, y cada una de ellas es el centro del universo. ¿Qué podemos hacer ante esa verdad impensable, salvo gritar o refugiarnos en Dios?”
Buceando en su ser, John Updike apunta cuáles han sido los detalles externos que han amalgamado sus yoes: su enconada lucha contra la psoriasis —enfermedad genética en la que las células de la piel se reproducen a mayor velocidad de la normal provocando manchas blancuzcas— que le obligaba a tomar interminables baños de sol y la repulsiva convivencia con la tartamudez, de alguna forma vencida a nivel físico y con los millones de palabras publicadas en reseñas y crónicas del New Yorker, en sus relatos y novelas y en su poesía.
Otro detalle es el tiempo, al que él mismo dilucida en su conciencia: en Shillington era más delicioso. En otro sentido, el tiempo es también la sustancia que absorbe su preocupación metafísica por los estragos del olvido. La carta a sus nietos —uno de los ensayos personales del libro— está saturada de esa preocupación, está llena de sabores, atmósferas, genealogías de su aquí, Shillington, su país, su mundo, su universo, con la certeza de que sólo la memoria podrá conservar esos elementos y la idiosincrasia del yo, por llamar a eso de alguna manera.
En el ensayo sobre su actitud ante la guerra de Vietnam se comporta también como un conservador bastante sincero, antipose que él sugiere diametralmente opuesta a la de Norman Mailer, Kurt Vonnegut, Jane Fonda y otros famosos pacifistas de los años sesenta. “Hay dos formas —dice— de vivir felizmente con un gobierno: aceptarlo o desdeñarlo, identificarse con él y congratularse de su política, o despreciarlo como se desprecia una reyerta indigna que no tiene nada que ver con uno. De ambas cosas era yo incapaz.” Para él, así como no tiene nada de ingenio ni de humano —por carecer de la sempiterna ambigüedad que nos caracteriza— decir que el “universo sucedió”, y que “cuando nos morimos nos morimos”, no tiene el menor atractivo intelectual declarar que Johnson o Nixon eran plutócratas nefastos: “La verdad tenía que tener más vericuetos, más entradas y salidas.”
Ya señalé que como novelista Updike es un excelente observador del comportamiento humano, basta leer cualquiera de las anécdotas de Conejo para darse cuenta. La descripción desmenuzada que hace de the american way of life muestra que éste es aberrante pero contiene elementos del comportamiento universal de nosotros. En A concienca el ensayista pretende con éxito hacerse la misma clase de análisis con la que construye sus personajes: reconoce que su primer amor e inspiración artística fue el Ratón Mickey y no deja de decirnos, con su conciencia horrorosa, propia del escritor, que “a la luz de la mañana se puede escribir airosamente, sin la menor aceleración del pulso, sobre lo que en la oscuridad no puede contemplarse sin recurrir a Dios en un acceso de pánico”. Además, cuando habla de sus experiencias matrimoniales es tajante; como el personaje de Parejas asiste, cada domingo por la mañana a la iglesia, y sus esposas lo han dejado ir solo: él se ha sentido infiel por ello.
Updike establece una relación en su ser, entre religión y literatura: la religión, para él es imperfecta como la literatura ante el sentimiento trágico de la vida. Al contrario, la nada que pretende narrar es implacable, es perfecta. Pero John Updike describe inmutable la diaria cotidianidad como si sólo pasara por ahí en un viaje y describiera sus impresiones sin externar juicio alguno, porque escribir es embellecer, es verbalizar y codificar el mundo, es distorsionar y aligerar la vida: “escribir es… como blasfemar”. Siete años después de aquella apacible noche el escritor nos ha dejado estas impresiones. Ha tejido con aquel hilo varias versiones de su trama, a conciencia.
Aquellos que gustan del género autobiográfico y de los vericuetos literarios no deben perderse este libro del también traductor de Borges al inglés, aunque como él dice, en una actitud que regocijaría al mismo Montaigne: “Yo he absorbido la convicción de que en la duda debemos comportarnos, si no como monos, sí como salvajes; de que nuestros instintos y apetitos son mejores guías para una vida sana que el consejo de otros seres humanos.”
En su novela Busca mi rostro (Tusquets, 2004) Updike busca otro rostro, el de Hope, quien lo desnuda ante Katrhyn, una joven crítica de arte sin pudor ante la vida íntima de la pintora y sus sucesivas parejas. Toca el turno de narrar la vida americana relativa al arte abstracto y pop en una fabulación inspirada en las obras de Jackson Pollock (Zack McCoy), Andy Warhol (Guy Holloway) y la esposa del primero, Lee Krasner (Hope).
Updike, en A conciencia, narra otra de sus grandes pasiones, el dibujo y en general las artes plásticas y en Busca mi rostro aprovecha la voz de Hope, por cierto el personaje femenino más consistente del autor (a pesar del rostro de Foxy, en Parejas, el paradigma literario de la mujer), para externar su crítica a lo que vendría a representar la mayoría de edad del arte pictórico americano.
Por supuesto que en el lienzo de Updike no podía faltar la intensidad del bien y del mal, este último representado por “la criatura”: lo excesivo, lo mundano, la lujuria, la embriaguez, el egoísmo, la crueldad: lo demasiado humano.
¡Corre, Conejo!
Alcoholes
Fue en la cama donde ella sintió por primera vez que a él le estaba llegando la hora de la muerte. Su pene empezaba a marchitarse en el momento en que ella se habría corrido si él hubiera aguantado un poco más, al tiempo que en su cuerpo, situado encima de ella, se producía un evidente relajamiento del tejido muscular. John Updike, Las viudas de Eastwick
Hay un momento crucial en la vida de un hombre: una voz le indica que ya no vale la pena fingir. Tras ese momento no hay justificación posible. Se ha hecho enteramente libre para decirse la verdad al tiempo que ha sido proclamado enteramente responsable de su mentira. Rafael Argullol, El cazador de instantes









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