Miguel Samsa
Inusual y desconcertante para su época ha sido la figura de Cistístrato, retórico del siglo V aC. empeñado en confrontarse tanto con Sócrates como con los sofistas y a quien se le puede considerar, con justas razones, como el antecesor del escepticismo que más tarde habría desarrollado Pirrón de Elis.
Jacobo Rabinovich, en su Breve relación de los filósofos olvidados (Barcelona, 1937), recoge algunas noticias de Cistístrato, quien a semejanza de su oponente favorito, tampoco habría escrito obra alguna. Las bases de su doctrina —si se le puede adjudicar tal denominación— habrían sido recogidas y transmitidas por sus escasos seguidores, quienes tuvieron que salir de Atenas y dispersarse ante el acoso de los integrantes de la Academia platónica —convencidos de que Cistístrato habría sido el principal instigador de las denuncias que derivaron en la detención, juicio y ejecución de Sócrates, acusaciones carentes de fundamento a juzgar por un incidente que será mencionado más adelante.
Cistístrato habría postulado la imposibilidad de una real y absoluta comunicación entre los individuos, pues cada uno de los términos del lenguaje no es más que un pálido reflejo de lo que cada persona pretende transmitir o es capaz de comprender. ¿Qué intenta uno transmitir al pronunciar una palabra cualquiera? ¿Sólo una abstracción comprensible para cualquier otro hablante del mismo idioma —con lo cual el lenguaje es tan sólo un molde, una especie de patrón que cada individuo complementa con sus propias percepciones y recuerdos—? ¿O es el lenguaje un código que facilita, de manera efectiva, el intercambio de todas y cada una de las facetas contenidas en sus palabras?
Si el lenguaje permitiera una comunicación precisa, clara e inequívoca entre los individuos, Homero no habría muerto atormentado por el enigma que presuntamente le habrían presentado los pescadores. Lo cual es evidencia de que la comunicación es siempre ilusoria y que las relaciones humanas se sustentan siempre en sobreentendidos.
De ahí que Cistístrato acechara constantemente a Sócrates en sus recorridos por la ciudad con la intención de salvar de sus interrogatorios a los atenientes que, concentrados en sus tareas cotidianas, eran sorprendidos por el filósofo con la supuesta intención de hacerles “parir” el conocimiento por sí mismos.
¿Cómo pretendía Sócrates alcanzar LA VERDAD ABSOLUTA sobre nociones como la justicia, la belleza, el bien, cuando ni siquiera se podía estar seguro de que términos tan elementales como “perro” o “flor” significaran exactamente lo mismo para dos personas distintas?
Sócrates, en opinión de Cistístrato —a juzgar por lo que Rabinovich recuperó de este personaje—, menospreciaba las imágenes, emociones y sensaciones que en cada individuo evocaba un término y que influían, de manera determinante, en la comprensión de su significado. La supuesta definición absoluta a la que obligaba a llegar a sus interlocutores luego de arduos interrogatorios, era tan sólo una ilusión.
Para Cistístrato, la mejor muestra de esto era la labor de los sofistas a lo que Sócrates despreciaba tanto. El relativismo en el lenguaje que ellos fomentaban no era más que el resultado de la imposibilidad de compartir las ideas y emociones de cada uno de los hablantes. Eso permitía los artificios y juegos con los cuales los sofistas podían influir en las opiniones de sus escuchas, algo que Cistístrato no veían muy diferente de lo que Sócrates hacía con sus interrogatorios callejeros.
Cuenta Rabinovich que en alguna de las confrontaciones entre Cistístrato y Sócrates, éste, enfurecido, le había replicado: “si aseguras que es imposible comunicarnos, ¿por qué no callas tu boca y llevas la vida de las bestias?” Cistístrato, después de algunos segundos, habría abrazado a Sócrates y, sonriente, se alejó. Jamás volvió a pronunciar palabra alguna y, semanas después de ese encuentro, sus seguidores lo vieron salir de Atenas antes del amanecer.









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