Roberto Martínez Garcilazo
Escribe Susan Sontag que la enfermedad es el lado nocturno de la vida, que es la otra ciudadanía, que nos es dada como opción. Y que, agrega en “Las metáforas de la enfermedad”, tarde o temprano todos nosotros seremos obligados a habitar esa otra ciudad.
Cierto. Pero en esta argumentación estamos ante una fuerza ineluctable, ante el destino, no ante un ejercicio de elección de la muerte que —paradójicamente— existe.
La autodestrucción es consecuencia de la ruptura del equilibrio del sistema termodinámico cognitivo.
El incremento del coeficiente pasional sobre la cifra de la racionalidad, que desorganiza el sistema de la conciencia humana (recordemos a Rimbaud, que habla sobre el deliberado desorden de los sentidos como un factor sine qua non para la contemplación poética de la verdad).
La autodestrucción, ergo, es la vía sagrada de reconstitución de la correspondencia universal.
Es un sacrificio en el que la conciencia hipercrítica de la creación se inmola para permitir —para no obstaculizar— el flujo del río de los pobres de espíritu, de la plebe, del pueblo de Dios.
El hombre se da muerte con su mano para reintegrase al oscuro magma de la energía telúrica.
En la segunda mitad de la década de los años treinta del siglo pasado el poeta Malcolm Lowry vivió en Cuernavaca, Morelos.
En aquella ardiente localidad escribió la novela Bajo el volcán (narra el último día de la vida de un hombre ebrio atormentado por la culpa). Pero también en Cuernavaca escribió una serie de poemas que son microcosmos fractales de su narración magistral.
En el Talmud se lee que el hombre debe arrepentirse de sus pecados un día antes de su muerte.
“R. Eliezer dice: arrepiéntete un día antes de tu muerte. Sus discípulos le preguntaron, ¿acaso existe alguien que conozca el día de su muerte? Les contestó: —Por eso precisamente el hombre debe arrepentirse hoy, porque quizá mañana ya habrá muerto. Luego, todos los días de la vida del hombre deben dedicarse al examen y al arrepentimiento.”
“Una vida sin examen no merece vivirse”, es frase que Platón atribuye a Sócrates y es también —evidentemente— una reformulación de la imperativa sentencia del Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”.
Atendiendo a los clásicos, Geoffrey Firmin, el personaje literario de Lowry, transformó el mezcal en un enteógeno y a la ebriedad —esa locura voluntaria, según Jenofonte— en una experiencia de lo sagrado.
Leamos a Lowry:
Oración para los borrachos
Dios concédeles la bebida a esos hombres ebrios que se despiertan al amanecer, destrozados por la noche y farfullando aterrorizados sobre las rodillas de Belcebú. Cuando, acechando, esos hombres espían, una vez más, a través de las sucias ventanas de sus covachas y miran el terrible, el imposible puente del nuevo día. Dios concédeles la bebida.
Y otro más del libro Un trueno sobre el Popocatépetl, publicado por Era en el año 2000, con traducciones de Rafael Vargas, José Emilio Pacheco y Jaime García Terrés.
El idioma del dolor humano
Rilke y Yeats
Ayúdenme a escribir
Abran las puertas
Que hasta el orden conducen
Y rescaten mi alma
De esta jaula
En que mi voluntad
Brama entre rejas.
La autodestrucción es el retorno al equilibrio en-el-filo-de-la-navaja. Leamos esto del Talmud:
“En la noche del sábado, cuando el hombre regresa a su casa procedente de la sinagoga le acompañan dos ángeles custodios, uno bueno y otro malo. Al entrar en su casa, al ver encendida la lámpara del sábado y preparadas la cama y la mesa, el ángel bueno dice: ¡Ojalá ocurra lo mismo el próximo sábado!; y el ángel malo se ve obligado a responder: Amén. Pero si la casa no está debidamente preparada para honrar el sábado, el ángel malo exclama: ¡Ojalá ocurra lo mismo el próximo sábado!; y el ángel bueno no tiene más remedio que responder: Amén.”
Y ahora, dejemos de leer y salgamos a la calle; caminemos —mejor aún, bailemos— bajo la luz eterna del sol.









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