Miguel León-Portilla
Aunque casi parezca increíble, el empeño de dar a conocer las creaciones literarias de los antiguos mexicanos data sólo de aproximadamente un siglo. Mucho antes, durante las primeras décadas de la Nueva España, frailes humanistas y sabios indígenas sobrevivientes habían salvado de la destrucción y el olvido cuanto les fue posible de lo que llamamos “el antiguo legado”. En las centurias siguientes hombres como Sigüenza y Góngora, Boturini y Clavijero redescubrieron y al menos en parte estudiaron algunos de los viejos textos, pero por circunstancias adversas no lograron darlos a conocer en su forma original ni menos aún publicar traducción alguna de ellos. Sólo bien entrado el siglo XIX, y en un ambiente más propicio, comenzó a ser realidad lo que antes había sido proyecto o deseo. Así puede explicarse por qué el estudio y la nueva presentación de la literatura náhuatl se inició hace relativamente tan poco tiempo.
Punto de partida del moderno interés parece haber sido un hallazgo de don José María Vigil, al hacerse cargo de la dirección de la Biblioteca Nacional de México en 1880. Fortuna suya fue encontrar “entre muchos libros viejos amontonados”, como él mismo lo escribe, el códice o manuscrito que se conoce como Colección de cantares mexicanos.
Es cierto que ya había algunos pocos estudios acerca de otros códices indígenas de tema histórico y mitológico, redactados con glifos principalmente pictográficos e ideográficos, pero hasta entonces habían quedado olvidadas las recopilaciones de textos con poemas prehispánicos como los que se contenían en el recién descubierto manuscrito.
Otros documentos con transcripciones de poemas, discursos, narraciones e historias en lengua náhuatl, conservados en bibliotecas y archivos principalmente de Europa, iban a atraer bien pronto la atención de los estudiosos. Tomaron éstos nueva conciencia del valor de esos textos gracias sobre todo al redescubrimiento del manuscrito de la Biblioteca Nacional.
Mérito fue del americanista Daniel G. Brinton publicar por vez primera una obra en inglés en la que incluyó una selección de la Colección de cantares mexicanos, a la que dio el título de Ancient Nahuatl Poetry. Contó en la preparación de este trabajo con el auxilio de don Faustino Galicia Chimalpopoca quien preparó para él una versión parcial al castellano de los poemas. Y si es verdad que son deficientes, tanto la traducción de Chimalpopoca, como la que con base en ella publicó Brinton, reconozcamos que fue éste el primer ensayo de dar a luz una muestra de la literatura del México prehispánico.
Como no pretendemos hacer aquí la historia de los estudios y trabajos que continuaron apareciendo sobre la poesía indígena, recordaremos sólo los nombres de los principales investigadores que con diversos criterios se han ocupado de las fuentes documentales en las que ésta se conserva. Incansable descubridor y compilador de textos fue don Francisco del Paso y Troncoso. De él puede decirse que, gracias a sus hallazgos y a las reproducciones de códices y documentos que alcanzó a publicar, abrió mejor que nadie este campo casi virgen para provecho de los futuros estudiosos. Entre los extranjeros hay que mencionar al menos al francés Remi Simeon, autor del magno diccionario náhuatl-francés y asimismo traductor de algunos textos, al iniciador de este tipo de investigaciones en el ámbito alemán, doctor Eduard Seler, estudioso de buena parte de los Códices matritenses y comentador del Códice Borgia, así como a sus seguidores Walter, Lehmann, Leonhard Schultze-Jena, y a los investigadores contemporáneos Gerdt Kutscher y Günter Zimmermann.
En nuestro medio, y esforzándose por superar ignaras formas de resistencia que pretendían desconocer la autenticidad de los textos prehispánicos, no pueden dejar de citarse los nombres de Cecilio Robelo, Luis Castillo Ledón, Mariano Rojas, Rubén M. Campos y el del distinguido lingüista y filólogo Pablo González Casanova.
En fecha más cercana y destacando entre otros varios que podrían citarse, ha sido precisamente el doctor Ángel María Garibay K., quien con un criterio hondamente humanista y a la vez científico ha dado a conocer no poco de lo que fue la riqueza literaria del mundo náhuatl.
Gracias a sus numerosas publicaciones, entre las que sobresale su Historia de la literatura náhuatl, es posible afirmar ahora que las creaciones de los poetas y sabios del México antiguo han despertado ya enorme interés en propios y extraños. Antes las pocas ediciones que había de textos prehispánicos sólo atraían la atención de especialistas arqueológos, etnólogos e historiadores. Hoy en día la literatura náhuatl ha traspuesto ya los límites de un interés meramente científico y comienza a ser valorada, al lado de otras creaciones indígenas en el campo del arte, desde un punto de vista estético que busca la comprensión de las vivencias e ideas de hombres que, básicamente aislados de contacto con el Viejo Mundo, fueron también a su modo creadores extraordinarios de cultura.
En las obras de Garibay y de otros investigadores, son ya asequibles numerosas muestras de lo que fue la literatura y particularmente la poesía náhuatl. Conocemos también a través de los textos, algo de lo que fue la visión prehispánica del muudo y aun de lo que hemos llamado su pensamiento filosófico.
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Fragmento de la introducción del libro Trece poetas del mundo azteca, Publicado en línea, UNAM, México, 2016.









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