Beatriz Meyer
400 Aniversario Luctuoso de Miguel de Cervantes
Leer El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha siempre me ha traído sentimientos encontrados. Desde mis primera aproximaciones al libro, que mi madre quiso fuera la edición completa (yo insistía en conseguir uno de esos libros resumidos y con sus respectivos “monitos”), publicada por Bruguera, y que mi hermana, excelente estudiante, sustrajo de mi desordenado librero para ponerle su nombre en la letra redondita y clara que nuestras profesoras del Colegio Madrid nos infundieron por ósmosis, supe que el anciano personaje no se hallaba muy a gusto en mi cercanía. Ni yo en la de él y su ayudante, al que imaginaba un tanto pringoso, maloliente y sudado, el famoso Sancho Panza, hombre de “muy poca sal en la mollera”, que en principio me cayó mal por abandonar a su familia para ir tras una ínsula y convertirse en gobernador de tan mal habido lugar. Quizás el humor agrio de la adolescente que fui me impidió disfrutar de los juegos lingüísticos y la gracia narrativa de las aventuras de ese inusitado par en su búsqueda de ideales por los campos ígneos de La Mancha. Recuerdo que intenté obligar a alguno de mis hermanos a platicarme algunos pasajes. Por supuesto que me mandó derecho con mi padre, que entendió muy bien mi desazón y me contó que ese señor acababa mal, como todos los que perseguían imposibles. Entonces sí me interesó el mamotreto recién ubicado en el librero de mi hermana. Para entonces ya tenía otras lecturas y otros autores que me imbuyeron el gusto por las aventuras de capa y espada, en particular Los Pardaillan, de Miguel Zevaco, cuyo personaje principal se hallaba muy alejado del enteco caballero de La Mancha. Y claro, ese Juan de Pardaillan, espadachín aventurero, que en la saga de 24 tomos se nos muestra como un galán siempre alegre, dueño tan sólo de un perro (Pipeau), un caballo (Galaor) y una espada a la que bautiza como Granizo, tenía la gracia de seducir a sus lectoras igual que el Amadís de Gaula sedujo en su momento al manchego caballero de la obra de Cervantes. La gallardía y generosidad de mi Juan de Pardaillan lo lanzan a aventuras que por supuesto competían en mi imaginación contra las del caballero andante más famoso de la literatura. Quizá mi gusto por las novelas de aventuras me incitó a retomar el Quijote varios años después, ya en la universidad. Y la relación entre nosotros mejoró. Por supuesto que en esa segunda incursión encontré muchos elementos que son, hasta la fecha, parte fundamental de mis más profundas convicciones en materia de creación literaria. Se necesitó tiempo y madurez para detectar, en las múltiples peripecias del manchego, en la prosa de Miguel de Cervantes, en su visión extraordinaria sobre la ficción y su influencia sobre la realidad, aquellas constantes que encontraría luego en muchas de las obras que llegaron a mi librero ya más por gusto que por obligación escolar.
Como bien comenta Mario Vargas Llosa en la presentación que escribió para la edición conmemorativa de los 400 años de la publicación de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, el tema de esta enorme novela es la ficción. En las dos partes que la conforman, la urdimbre fantástica de una mente trastornada por las novelas de caballería va modificando el entorno y a las personas que lo habitan mediante los subterfugios del juego, el disfraz y las imposturas de todo tipo. Es decir, en el Quijote vemos pasar todas las razones por las que el ser humano busca suplantar la terrible, insoportable —y a veces inamovible— realidad con fantasías. También, por supuesto, en cada encuentro, en cada lucha que el enardecido cerebro del valiente caballero de la Mancha emprende contra los monstruos y enemigos de los valores más altos de los hombres, el lector encuentra cómo y hasta dónde ha llegado su influencia en muchas de las grandes novelas de los siglos posteriores. La polifonía de esta magna obra alcanza autores de todos los ámbitos: Thomas Mann, Henry Fielding, Oliver Goldsmith, Laurence Sterne, William Shakespeare, Giovanni Meli, G. K. Chesterton, A. V. Lunacharski y Jorge Luis Borges. El reto que parece proponernos siempre que abrimos sus páginas es si somos capaces de aguantar el pacto de lo real o mejor rompemos la frontera entre realidad y fantasía, tal como lo hizo su personaje, don Alonso Quijano. A través de las historias que Cervantes nos plantea, vamos reconociendo los símbolos de su verdadera propuesta: en el mundo imaginario de Don Quijote de la Mancha se halla, viva e inmutable a través de los siglos y los lectores, la convicción de que en cada ser humano habita “un proyecto de humanidad heroica”. Y este prodigio construido con la palabra y la imaginación se desenmaraña y se revela en nuevas y sorprendentes formas ante cada generación de lectores, que reciben del trastornado personaje el delirio y los espejos, herencias que a la vez son primicias de nuevos mundos, los cuales se asoman por un instante —como siempre lo hizo Miguel de Cervantes— al futuro de una obra que se despliega una y otra vez con nuevas premoniciones sobre el lenguaje, el tiempo, los puntos de vista y la función del narrador, como lo describe Vargas Llosa.
El autor de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha es uno de los escritores lingüísticamente más extraordinarios del idioma español. La variedad del lenguaje usado en su obra nos da cuenta de registros tan variados como el habla no sólo de nobles (como era costumbre en los libros de caballerías), sino de campesinos, gente baja, delincuentes, barberos, campesinas y damas educadas. Divierte pensar en su autor, atento a algún coloquio de verduleras o a los diálogos de los marineros. La avidez por el lenguaje es, quisiera creer, uno de los más importantes “contagios” que me transmitió la lectura más o menos temprana de esta obra extraordinaria.
Quizá los lectores primeros de Don Quijote de la Mancha se rieron del derrengado personaje, pero se identificaron con él. Seguramente a muchos les tocó enterarse de sus hazañas como si hubieran sido ciertas, por haberlas recibido en forma de chisme, de boca en boca. Sólo unos cuantos de los contemporáneos de don Miguel de Cervantes sabían leer y de seguro no tenían fácil acceso al texto. Como ocurre actualmente, que mucha gente conoce la historia y los personajes a través de películas, obras de teatro, resúmenes que se consiguen por internet. Pocos, estoy segura, leen el Quijote en la secundaria o en la prepa. Pero, como bien dice mi amigo Sebastián Gatti, parafraseando a Martín de Riquer, un experto en el libro de Cervantes: “Todo el mundo tiene derecho a descubrir al Quijote.” Es decir, la época de la vida en la que se empieza a disfrutar su lectura es lo de menos. Cada quien sabe cuándo y dónde.
En mi caso, regreso a sus páginas cuando necesito un baño de humor y de esperanza en cantidades abundantes. Aun cuando el más importante de los personajes femeninos del Quijote técnicamente no exista (Dulcinea simboliza la misión del caballero andante, pero en realidad está fuera de su vista; según los expertos, simboliza el ideal de refinamiento, candor, fragilidad y belleza que debe acicatear y consolar al hidalgo en sus continuas derrotas), hay otras que poseen inteligencia y voz fuerte. No en balde escogí a la Dorotea como el personaje de un cuento antologado en 2005 por la Editorial Educación y Cultura para celebrar los 400 años de la publicación de la primera parte del Quijote. El relato Los pies de mi Dorotea trasladó a la moza cervantina a un multifamiliar del siglo XXI, conservando, claro está, las características del personaje original. Muchos de los personajes femeninos de Cervantes son respondones, rebeldes y libres (como Marcela, que para ser libre escogió “la soledad de los campos”). La Doro, por ejemplo, también era valiente. Tanto, que se atreve a reclamar sus derechos al hombre que se los arrebató junto con su honra y el respeto a su clase social. Aunque no ama a Fernando, le exige que la haga su esposa para dejar de ser un objeto desechable y regresar a ser la mujer digna que era. Lo interesante aquí es que ella reclama ese derecho. No lo implora, no lo llora. De esta forma Cervantes nos adelanta las luchas feministas del futuro, así como los personajes fuertes y trágicos quizá de la literatura de los siglos venideros.
Actualmente disfruto leer —así, sin compromisos— pasajes del Quijote seleccionados al azar. Me gusta pensar que don Miguel de Cervantes me habla a través de las palabras del personaje que lo hizo inmortal y eterno.









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