Antonio Bello Quiroz
El psicoanálisis nace con la modernidad, se inventa en contrapunto de ese efecto del discurso de la ciencia que surge en los siglos XVI y XVII, vinculado a Galileo y Descartes fundamentalmente, que propone una captura del mundo en un saber universal que rechaza la singularidad de cada sujeto. Surge con la modernidad, pero no podría sino reconocerse en deuda con el nacimiento de la tragedia griega y la singularidad de la escena.
El psicoanálisis trabaja con el hombre trágico, ese que emerge como reacción a la modernidad y sus mandatos de homologación y universalización positiva. Asume sin coartadas que la vida humana es irremediablemente trágica: sólo desde ahí es posible extraer la dicha y la alegría (goce) de vivir. No en la adaptación o funcionalidad con los otros, sino en la distinción que le garantiza su propia singularidad. De esta manera, aunque parte de reconocer y asumir la condición trágica, no se trata, en el psicoanálisis, de un discurso pesimista o nihilista sino de uno apuntalado en el deseo inconsciente. Ése que Freud pudo aislar en La interpretación de los sueños de 1900. El sueño como la escena donde, desfigurados, desplazados o condensados, se expresan los deseos que no son accesibles a la conciencia. El sueño es un disfraz del deseo, tal como enseña Freud en la Traumdeutung: “En todos los tiempos han gustado de disfrazarse con los atributos de la locura aquellos que tenían algo que decir y no podían decirlo sin problemas.”
Freud recurre una y otra vez a la tragedia como prueba de sus teorizaciones. La ciencia, el discurso de donde proviene, no le ofrece elementos para poder dar cuenta de sus descubrimientos. No le queda más remedio que recurrir a la mitología, la literatura, la ficción. Al inicio de La interpretación de los sueños Freud utiliza un epígrafe de Virgilio; se trata del verso 312 del libro VII de la Eneida: “Flactere si nequeo superos Aqueronta movebo”, traducido como: “Si en contra de él no puedo mover el Cielo, moveré el infierno.” Mi interpretación sobre el uso de este epígrafe es que Freud, hombre de ciencia, no obtiene de ese “su cielo teórico” elementos para pensar sus descubrimientos, por lo que se ve llevado a mover a los dioses infernales: la mitología, la ficción, la tragedia. Freud no duda en reconocerse más deudor de los poetas que de la medicina o la ciencia.
Freud, qué duda cabe, inaugura un nuevo territorio donde buscar las motivaciones de las acciones humanas: le llama desde 1917 realidad psíquica. Se trata de la realidad subjetiva que inaugura un nuevo sujeto, un sujeto dividido, desgarrado, desdoblado: trágico. Realidad subjetiva que se encuentra organizada a partir del deseo y determinada por las leyes del lenguaje. La realidad así, se encontrará dividida y no solamente el sujeto. El psicoanálisis revela que las acciones humanas se determinan más allá de la conciencia; interviene el deseo inconsciente, que es producto de esa división subjetiva.
Sabemos que la tragedia griega es una obra dramática en la que el protagonista se ve conducido, por fuerzas que le son ajenas, a cumplir con una fatalidad o desenlace justamente trágico, funesto en muchos casos, y no puede escapar. Se trata de un destino que no se escogió y al mismo tiempo es irrenunciable. Freud, sabemos, realiza una lectura de la tragedia de Edipo para poder darle cuerpo teórico a un punto esencial en la constitución del sujeto: el parricidio. El maestro vienés hace del complejo de Edipo una formación humana universal, ligada al destino.
Entre la tragedia griega y el hombre trágico moderno hay una significativa distancia. En la primera el fata, el destino, está determinado por los dioses y sus pasiones; en el segundo, la ausencia de dioses le hace vivir en permanente angustia ante la imposibilidad de alcanzar la felicidad, y al mismo tiempo lo irrenunciable de su búsqueda. En la tragedia, el destino inescrutable es el núcleo de la acción y, en cada sujeto, en particular en el neurótico, se expresa en una compulsión de repetición. Son estas repeticiones (hay que decir que de carácter inconsciente) las que colocan al sujeto en la misma posición sin que el sujeto pueda reconocer lo que le lleva a esa condición. En este sentido Freud escribe, por ejemplo, en Más allá del principio del placer: “Se conocen individuos en quienes toda relación humana lleva a idéntico desenlace: benefactores cuyos protegidos se muestran ingratos pasado cierto tiempo, y entonces parecen destinados a apurar entera la amargura de la ingratitud.” Y más adelante nos da más ejemplos de esta “condena” a la repetición: “amantes cuya relación tierna con la mujer recorre siempre las mismas faces y desemboca en idéntico final”. Nos muestra que el inconsciente es repetición.
Que al sujeto le pase siempre lo mismo no es cuestión del destino, ésta es la apuesta que el psicoanálisis introduce en la tragedia moderna. Se trata, dirá Freud, de la repetición inconsciente. Freud se sirve de la obra trágica de Sófocles para sacar a la luz los deseos incestuosos y parricidas que moran en el interior de cada sujeto, desconocer el deseo es como una condena a su repetición ciega, silenciosa y mortífera.
La modernidad nace justamente en el momento en que un sujeto admite la culpa; nace con un sujeto que operaría como héroe trágico, que sabe que ser es ser otro. El Edipo en Freud no es algo pensado en el sentido de lo que le permitiría al sujeto el goce; se estructurará, por el contrario para poder reconocer lo que le está prohibido, su incesto y su crimen hacen posible la transmisión de una prohibición. Si Edipo se acuesta con Yocasta y mata a Layo es justamente, como dirá Lacan, porque le falta un Edipo.
Sigmund Freud se va a referir a otra tragedia clásica, en este caso al Hamlet de Shakespeare. Hace al personaje del drama el prototipo de neurótico moderno, atravesado por el Edipo, el que se queda paralizado ante su deseo. Hamlet nos muestra su reiterada postergación del acto de matar a Claudio, el hombre que había matado a su padre, vista como un acto sintomático. Hamlet hace todo excepto vengarse del hombre que eliminó a su padre y se acostó con su madre. Hamlet no mata a Claudio porque él hizo lo que en su deseo estaba edípicamente hablando: matar a su padre y acostarse con su madre. Freud califica a Hamlet como histérico por su sentimiento de culpabilidad, la búsqueda de castigo y el rechazo hacia Ofelia como objeto sexual.
Edipo y Hamlet son dos tragedias que se anudan en la vida del neurótico moderno, aunque en el primero la tragedia es de destino y en Hamlet la tragedia es de carácter. Así lo escribe Freud en su Autobiografía: “El destino fatal y el oráculo no eran sino las materializaciones de la necesidad interior; que el héroe pecará sin saberlo y contra sus propósitos era, evidentemente, la expresión correcta de la naturaleza inconsciente de sus aspiraciones criminales. Comprendida esta tragedia de destino, no había más que un paso para el esclarecimiento de la tragedia de carácter de Hamlet […] en efecto, Hamlet se enfrenta con la tarea de vengar en otro los dos crímenes que constituyen el contenido de la aspiración del Edipo; ello vuelve posible que su propio, oscuro, sentimiento de culpa le paralice el brazo.” Mientras que en Edipo, sin saberlo, la fantasía infantil es traída a la luz y realizada, en Hamlet permanece reprimida y sólo sabemos de ella por sus efectos inhibitorios.
Al hombre moderno le agobia la fatalidad, le aqueja la parálisis de la culpa trágica. El psicoanálisis, como ningún otro discurso, opera a partir de dejar hablar a la culpa que produce saberse vivo.








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