Antonio Bello Quiroz
Erixímaco durante su intervención en el diálogo de Platón denominado El banquete o sobre la erótica señala que “la medicina es la ciencia de las eróticas del cuerpo”. Desde luego que la medicina actual no cumple en nada con esta visión, dado que si algo se niega a tratar es de los sufrimientos del cuerpo. Sin embargo, Lacan nos dice que no podría existir mejor definición para el psicoanálisis.
Efectivamente, si el psicoanálisis, en su clínica y su teoría le ha dado un lugar a alguna erótica del cuerpo es a la femenina. Se trata de la primera terapéutica que le da voz a la singularidad de la mujer, que había sido relegada y confinada en el dolor del cuerpo que no era escuchado. En ese sentido, no es descabellado decir que el psicoanálisis es un discurso que abre un lugar para lo femenino. Para lo indecible de lo femenino. Ocurre en principio con Freud, quien inventa el psicoanálisis al quedarse a escuchar al cuerpo que habla en sus síntomas de la sexualidad reprimida de las histéricas, y más tarde con Lacan, que reinventa el psicoanálisis escuchando la locura erótica de las psicóticas.
El psicoanálisis es justamente un discurso, el único, que le da lugar al no-todo (dado que el inconsciente dice no-todo, como señala Serge Andre en su libro Qué quiere una mujer) y coloca a lo femenino como figura mayor de ese no-todo; es decir, se trata de un discurso que de entrada se reconoce en la imposibilidad de decir que encarna al sexo femenino. Se trata, en cuanto a lo femenino, de un discurso que no hace sentido. Al respecto, citando a Perrier y Granoff con su libro El problema de la perversión en la mujer, Serge Andre señala: “En cuanto a lo que ella puede desear, como lo afirma la sabiduría ancestral, uno nunca está seguro de ello. De ahí la inevitable oscilación entre el culto a la mujer como misterio —enigma— y el odio a la mujer como mistificadora —mentira—. Pero estas dos posiciones no hacen más que mantener el desconocimiento de lo que constituye la verdadera cuestión de la feminidad, pues ambas postulan que la mujer sería como un escondite que ocultaría algo.”
Siendo así, vale preguntarse sobre cuál ha sido el lugar de las mujeres en el movimiento psicoanalítico. Élisabeth Roudinesco, en su extenso trabajo biográfico Freud en su tiempo y en el nuestro titula un capítulo efectivamente “Entre mujeres”. Ahí menciona que a partir de los años veinte las mujeres han estado cada vez más presentes en el movimiento psicoanalítico; lo están y son voces muy relevantes a partir del debate sobre temas que les resultan particularmente significativos: la sexualidad femenina, la maternidad, la infancia y su análisis, etcétera. Al mismo tiempo, en lo social hay movimientos donde reclamaban un lugar como ciudadanas.
Destacan, de entre estas mujeres que se suman al movimiento psicoanalítico, dos que rompen con algunos códigos en la naciente invención del psicoanálisis. En principio, no son judías (una es alemana y la otra francesa) y no se hacen valer en el movimiento como esposas o hijas. Se trata de Lou Andreas-Salomé y María Bonaparte. Ambas consiguen integrarse al “círculo de los miércoles” y reciben el simbólico anillo de iniciados del Ring.
Lou Andreas-Salomé desde pequeña se resistió al lugar que le asignaba el discurso opresor de la religión, oponiéndose férreamente al matrimonio, considerándolo como limitante para sus pretensiones intelectuales. Nacida en San Petersburgo, ella se marcha a Zurich para estudiar religión, filosofía, filología e historia del arte. Por motivos de salud, viaja posteriormente a Roma. En esa ciudad, en 1882, Lou entra en contacto con Nietzsche y, según menciona José Antonio Marina, así relata el suceso: “Yo estaba en Roma con mi madre. Tenía algo más de veinte años. Deseaba fervientemente aprender. Conocí a Paul Reé, quien me habló de un amigo suyo a quien admiraba, Friedrich. Una mañana, en San Pedro, mientras Paul trabajaba dentro de su confesionario. Nietzsche vino hacia mí y me pregunto: ‘¿En virtud de qué estrellas hemos ido a encontrarnos los dos aquí?’.” Cinco años después Lou contrajo matrimonio con Carl Andreas, sólo después de que el filólogo y orientalista alemán amenazó con suicidarse si no aceptaba. Ella aceptó, pero con la cláusula de que el matrimonio no se consumaría. Diez años más tarde, en 1897 conocerá a quien se entregaría en cuerpo y alma, el poeta Rainer María Rilke.
Su encuentro definitivo con el psicoanálisis se produce en 1911, cuando acude al Tercer Congreso de Psicoanálisis que se llevó a cabo en la ciudad de Weimar, donde conoce a Freud, quien rápido pudo reconocer la genialidad de Andreas-Salomé y al mismo tiempo mostró recelo de la belleza deslumbrante de la mujer. En el libro Freud en su tiempo y en el nuestro, Roudinesco destaca que, para Lou, “el amor sexual como una pasión física que se agota una vez saciado el deseo […] sólo el amor intelectual, fundado en una absoluta fidelidad, es capaz de resistir al tiempo”. De este tipo de amor intelectual es del que se alimentó la relación entre la psicoanalista y el doctor vienés, quien después de cada sesión de los miércoles la llevaba a su hotel, y después de cada cena la llenaba de flores.
Marie Bonaparte, veinte años más joven que Lou Andreas-Salomé, ostentaba los títulos de princesa de Grecia y de Dinamarca, se sentía orgullosa de su origen y se hacía llamar “la última Bonaparte”. Conoció a Freud en 1925 por referencia de René Laforgue, cuando ella estaba al borde del suicidio. Freud se mostró reticente a tomarla como paciente; la consideraba frívola. Por fin terminó por aceptarla en su diván por casi tres años y ella reconoció que esa intervención del maestro vienés la salvó del suicidio y de otras prácticas autodestructivas. El genio clínico de Freud se despliega ante esta mujer como con Lou se puso en juego la profundidad teórica. Ella se volvió referencia importante en el debate que sobre la sexualidad femenina que se abría (para no cerrarse más) al seno del movimiento psicoanalítico. Roudinesco, en el libro citado, señala que Marie “distinguía en sustancia tres categorías de mujeres: las reivindicativas, que procuran apropiarse del pene del hombre; las obedientes, que se adaptan a la realidad de sus funciones biológicas o su rol social, y las esquivas, que se alejan de la sexualidad”.








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